Cuentos al amor de la libertad

En feliz coincidencia, Antonio Rodríguez Almodóvar recibe el Premio de las Letras Andaluzas Elio Antonio de Nebrija y publica sus Cuentos al amor de la lumbre (Alianza Editorial) en una edición conmemorativa del 40º aniversario de su primera aparición.

Érase una vez un país llamado España que, a principios del lejano siglo XX, estaba inmerso en un proceso de regeneración cultural próspero, brillante y esperanzador. Ocurría en aquel país, entre otras cosas, que una nueva pedagogía luminosa y libertaria se estaba instalando en el magisterio. Los maestros empezaban a sacar a los niños y niñas de las aulas, los llevaban al campo para que vieran con sus propios ojos la lengua de las mariposas, les hablaban de la igualdad de derechos entre hombres y mujeres y les alentaban a que se expresaran con la música, la pintura o la poesía, para así hacerles ver que sólo el arte puede consolarnos y redimirnos en los momentos más oscuros de la existencia. Vivían aquellos niños de aquel país, además, escuchando cuentos: los que les contaban sus abuelos y bisabuelos, los que les contaban sus maestros, y los que ellos mismos se contaban en sus juegos. Aquellos niños, pues, hablaban y escuchaban y contaban.

Ocurría también entonces que quienes habitaban las ciudades querían aprender del saber de quienes habitaban los pueblos y que quienes habitaban los pueblos sabían que tenían un saber valioso, un saber que no estaba en los libros. Así que se produjo, casi como un milagro, un trasiego de saberes entre el campo y la ciudad, entre los libros escritos y los libros no escritos que los más mayores guardaban en su memoria. Y llegó un momento en que uno de aquellos maestros sabios, uno llamado Juan de Mairena, llegó a decir con satisfacción: “en nuestra literatura, todo lo que no es folklore es pedantería”.

Y esa afirmación habría llegado a fulminar la pedantería y la estrechez de miras de la cultura española si no hubiera ocurrido lo que ocurrió. Y fue que un grupo de soldados desalmados, violentos y envidiosos, comandados por el soldado más bajito, más cobarde y de voz más aflautada y ridícula, decidió acabar con todo ese guirigay de felicidad cultural. Y quemaron los libros, y encarcelaron, mataron o expulsaron del país a los maestros, y sembraron tanto miedo y tanta hambre que a los abuelos se les quitaron las ganas de contar cuentos, y a los niños de escucharlos y de jugar, y todo el país, todo el país, guardó silencio.

El silencio duró cuarenta años.

Al cabo de los cuales un joven llamado Antonio Rodríguez Almodóvar se hizo con una grabadora magnética (una de esas con cintas de casete que teníamos que recomponer dando vueltas con el bolígrafo bic), y con ella al hombro empezó a preguntar y a preguntar a chicos y grandes por los cuentos silenciados. Y empezó también a revisar los repertorios de cuentos que los folkloristas más solventes habían compilado antes del silencio. Y empezó a darse cuenta de que los cuentos no habían sido del todo olvidados, sino que estaban en el fondo de nuestro arcón memorial esperando a ser rescatados, desempolvados. Así que cogió todos esos cuentos y les dio brillo y voz y alas. Y así pudo dar a la luz los Cuentos al amor de la lumbre y los Cuentos de la media lunita, que desde entonces hasta ahora (cuarenta años después de aquel renacer) han acompañado la curiosidad de cientos de miles de niños y niñas y han vuelto a hacer posible la conversación entre abuelos, padres e hijos.

Antonio Rodríguez Almodóvar relaciona la aparición editorial y la acogida entusiasta del público de sus libros con tres circunstancias: la llegada de la democracia, el rescate del folklore desde el propio rescate de Machado y del pensamiento de Juan de Mairena, y el estudio de algunas obras clave en el mundo del cuento de tradición oral, especialmente los Cuentos populares españoles de Aurelio Espinosa y la Morfología del cuento del soviético Vladimir Propp, cuya “sospechosa” sombra marxista nos iluminó a un par de generaciones universitarias, y resultó decisiva para que el propio Rodríguez Almodóvar sufriera la expulsión de la sacrosanta universidad en 1974.

No sé hasta qué punto Rodríguez Almódovar es consciente de su papel trascendental en la recuperación de la mejor memoria pedagógica de este país. Su trabajo supone un rescate extraordinario de aquel brillante krausismo educativo que entre finales del siglo XIX y principios del siglo XX lideró una verdadera regeneración cultural y al que, hoy por hoy, tendríamos que atender mejor y con más sentido común para alcanzar a comprender que estos tiempos de falsa libertad que ahora corren intentan pervertir el valor de los cuentos tradicionales como herramienta para el aprendizaje y la felicidad.

A este respecto, expresa en el prólogo Rodríguez Almodóvar su temor por que “algunos cuentos puedan ser hoy objetados por ciertas modas culturalistas, como la de la corrección política”, haciéndose eco así de los prejuicios morales que se ciernen sobre el cuento folklórico. El devenir de una buena parte de la sociedad española derrapa en este asunto, y el origen de ello está probablemente en el desconocimiento de la verdadera naturaleza y del verdadero funcionamiento de la narrativa de tradición oral.

En primer lugar, ignoramos -y eso es imperdonable- que el cuento folklórico no es un género doctrinal ni sermonario, sino (y ante todo) un relato arquetípico que coloca al ser humano -al niño, cuando lo oye- ante conflictos esenciales que -ajenos a contingencias históricas- puede resolver de forma simbólica. En tal sentido, los cuentos ofrecen siempre una herramienta, un recurso ante problemáticas universales y atemporales. Hablan del miedo, del amor, de la muerte, de la libertad, de la esclavitud, de la culpabilidad, de la solidaridad, etc., etc., etc.

En segundo lugar, ignoramos también (y eso, sobre todo, es debido a la manipulación que sobre el folklore han ejercido los sistemas totalitarios y represores: en España en concreto, la Dictadura de Franco) la diversidad y ductilidad ideológica que el repertorio narrativo tradicional ofrece. La mayoría de los cuentos tienen su contracuento, muchas veces cercenado en su difusión por ese control censor del que hablo. A La bella durmiente, por ejemplo, se le reprocha actualmente el presentar un paradigma de mujer pasiva y sometida, ignorando que en la desmemoria obligada quedó su contracuento, El bello durmiente, donde el arquetipo femenino vinculado al arrojo, la valentía y el libre albedrío se desenvuelve en todas sus posibilidades.

El bello durmiente fue precisamente uno de esos cuentos rescatados por Rodríguez Almodóvar en sus primeras pesquisas. Como lo fue también La mata de albahaca, ese hermoso, feminista y divertidísimo relato sobre el que García Lorca y Falla construyeron una deliciosa farsa titiritera. Tras estos Cuentos al amor de la lumbre hay un sagaz compilador, Rodríguez Almodóvar, pero también un riguroso investigador y, sobre todo, un hombre comprometido con legarnos ese testigo de la mejor pedagogía, aquella que los ogros y las brujas no pudieron destruir. No se lo permitamos nunca más. Leamos a nuestros hijos los cuentos tradicionales.

Autor

  • María Jesús Ruiz

    María Jesús Ruiz (Día de San Juan de 1962) es profesora de la Universidad de Cádiz, investigadora y escritora. Colabora en CaoCultura desde sus inicios con artículos sobre patrimonio cultural inmaterial, muchos de ellos recogidos en los volúmenes 'El mundo sin libros' (Lamiñarra, 2018) y 'Lo contrario al olvido' (Lamiñarra, 2020). 'Culantrillo llama a la puerta, poética del romancero infantil' (UCLM, 2023) y 'Poética del buceador' (Garvm, 2025) recogen sus últimas investigaciones sobre literatura de tradición oral. Ha editado parte de la obra teatral y poética de Alejandro Casona, y es autora del libro de relatos 'La música me hacía llorar' (Versátiles, 2022) y de la novela-ensayo 'Higinia: Pardo Bazán, Pérez Galdós y el Crimen de Fuencarral' (Huerga y Fierro, 2024). Más información en: https://asonante.webnode.es/

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