Cuatro mujeres poetas y un acompañante

El alma desnuda. Antonia Pozzi. Versión y prólogo de Herme G. Donis. Impronta, Gijón, 2015. 143 pp.

cubierta-ec3b1-ac3b1ma-desnuda-2La obra de la italiana Antonia Pozzi (1912-1938), breve como su propia vida, se condensa en un solo libro, Parole. Diario de poesía 1930-1938, que su padre dio a la imprenta tras el fallecimiento de la poeta en lo que pareció, si no un suicidio instantáneo, sí una muerte buscada entre barbitúricos y el frío de una noche de diciembre pasada a la intemperie. Unos amores difíciles, un talante depresivo y la posible inadaptación de una sensibilidad extrema a la atmósfera de la Italia fascista y de una Europa abocada a la guerra pueden postularse entre las causas de esa muerte voluntaria. También, quizá, la falta de fe en el poder cauterizador de la propia poesía. No sabemos qué dirección hubiera tomado la de Pozzi si hubiera tenido que confrontar las opiniones de críticos y lectores y hacerse un hueco en el conjunto de poetas que, como Montale o Quasimodo, opusieron a la retórica del fascismo una poesía despojada y “hermética”, de clara voluntad minoritaria. Sus poemas, nunca publicados en vida, guardan algún parentesco con la de sus coetáneos: lacónica, preferentemente vertida en textos breves en los que el verso partido pone en valor las resonancias de las palabras aisladas o el poder evocador de las imágenes, esta poesía sin embargo apela directamente a los sentimientos y pone en valor el dolorido sentir de una conciencia dividida entre la apreciación de la belleza de la vida y la percepción de su posible carencia de significado, o de la inadecuación del ser humano al discurrir autónomo de la naturaleza y las estaciones: “Alma, sé como el pino, / que durante todo el invierno despliega / en el blanco vacío del aire / sus brazos florecientes / y no cede, no cede…”.  Especial intensidad alcanza esta poesía en sus acuñaciones más breves, frecuentemente resueltas en una sola imagen: “El alma se marchita / entre pasado y presente / como la corola púrpura / de una amapola (…) / entre las páginas de una guía turística”. La poeta Herme G. Donis traduce estos poemas sin violentarlos, logrando mantener su exquisita tonalidad de pensamientos situados más allá o más acá del tráfago retórico en que frecuentemente se resuelve la palabra hablada. Están hechos más bien para el silencio, y desde ese silencio siguen interpelando al lector de hoy.

Aves de invierno y otros poemas. Moya Cannon. Edición de Jorge Fondebrider. Pre-Textos, Valencia, 2015. 157 pp.

ub. la cruz del sur“Viviendo en Dublín (…), creí que la poesía que escribiría  sería urbana, punzante, vagamente de izquierda y contemporánea”, afirma la irlandesa Moya Cannon (1956) en el prólogo que antecede a esta selección de su obra. Pero los poemas de esta poeta nacida en una tierra “fría, azul oscuro y rigurosa” se pliegan más bien a esa tradición inglesa que, desde Thomas Hardy a Ted Hughes, presta más atención a las hondas resonancias del idioma –en el caso de Cannon, un inglés trufado de arcaísmos y términos escoceses– y al parentesco de éstas con un paisaje rico en evocaciones del pasado y reminiscente de la antigua sacralidad que determinaba la relación del hombre con la naturaleza. Viejos objetos (un remo, una barrena, un violín rústico), lugares (colinas, jardines traseros, ríos y lagos), animales, plantas y otros habitantes de esta naturaleza intemporal marcada por la también inmemorial presencia humana comparecen en estos poemas para recordarnos el diluido pero todavía palpable lazo que une al hombre contemporáneo con estas realidades. Y lo sorprendente es que esta apelación se hace desde una poesía sin grandilocuencias, serenamente descriptiva, amante de la palabra precisa y evocadora: “¿Qué es la luz que cae sobre nada? / Nada. / Pero esta luz convierte los árboles mojados en lámparas verdes / y el pasto del borde del camino en un fuego verde”. Naturalmente, la abundancia en monosílabos de la lengua inglesa presta a versos como éstos una tersura y condensación difícilmente trasladables a la traducción castellana. No así el poder de las imágenes o la fuerza de la mirada que las despierta y ofrece al lector.

Vivo en Suecia. Antología poética. Sonja Åkesson, Traducción y prólogo de Francisco J. Uriz. Vaso Roto, Madrid, 2015. 351 pp.

sonjaSi hubiera que buscar un equivalente cinematográfico de la poesía de la sueca Sonja Åkesson (1926-1977), no sería el mundo exquisitamente atormentado de las películas de Bergman, sino las cínicas realidades de las que hablan las de Vilgot Sjöman: las contradicciones que minan la admirada “sociedad del bienestar” que la que han sabido dotarse los suecos, entre cuyos logros habría de contarse la igualdad entre los sexos, la emancipación femenina y una envidiable libertad sexual. Pero no es oro todo lo que reluce, y no deja de ser significativo que esta áspera poeta, empeñada en denunciar las hipocresías y la doble moral que subyacían al admirable programa igualitario triunfante en la Suecia de posguerra, sea todavía –leemos en el prólogo de esta antología– la más popular de su país. Y no sólo –añadimos nosotros– porque poemas como “Autobiografía” puedan ser leídos como potentes manifiestos de un feminismo tan lúcido como escéptico respecto a los enunciados biempensantes, sino también porque textos como “Una carta” o “Claro que me acuerdo” son exquisitas muestras de un lirismo que conmueve desde su apelación a la experiencia vivida, sin excluir el reproche o la amarga denuncia de las expectativas defraudadas. Puede dar la impresión de que estos poemas se sostienen sólo por la indignada elocuencia que los dicta; pero lo cierto es que también se basan en una indudable intuición poética, sustentada en una lectura personal de contemporáneos como, por ejemplo, los poetas de la generación “beat” norteamericana, a alguno de los cuales se atreve, no sin ironía, a dar la réplica.

Eagle Pond. Jane Kenyon y Donald Hall. Traducción, prólogo y notas de Juan José Vélez Otero. Valparaíso Ediciones, Granada, 2015. 147 pp.

kenyonDurante los últimos veinte años de su vida, la poeta Jane Kenyon (1947-1995) vivió con su marido, el también poeta, crítico y profesor Donald Hall (1928) en el apartado paraje que da título a este libro. La poesía de ambos se enriqueció con referencias a la naturaleza circundante y a los modos de vida aparejados a cierta América prototípica. En el caso de Kenyon, además, ese marco geográfico facilita el trasvase de imágenes y recuerdos de la infancia y juventud de la poeta, asimilados al presente en una especie de tonalidad común, proporcionada por el paisaje. En ese marco intemporal se mezclan muertos y vivos, presencias reales y evocadas, impresiones inmediatas y escenas recordadas o recreadas por la imaginación, siempre en un lenguaje terso y desapasionado, que contribuye a la impresión de desapego con la que la poeta parece referirse a una realidad de la que también forman parte la enfermedad o la depresión, que cobran toda su dramática fuerza precisamente por la falta de énfasis con la que son recreados sus pormenores, vistos como otros tantos accidentes de la vida, igual que la lluvia o el paso de las estaciones. Es este desapasionamiento, unido a la precisión descriptiva y al logro de un tono de serena contemplación, lo que da a estos poemas toda su intensidad dramática. En contrapunto con los de quien fue su compañera, los de Hall resultan, quizá, más elaboradamente “literarios” –los últimos, por ejemplo, son hábiles recreaciones de modelos grecolatinos–; y también, por contraste, más desenfadados: véase, por ejemplo, el que dedica a cierta tía solterona que se metía en la cama con el poeta-niño hasta que una mañana “Liz se puso colorada / y saltó de la cama, diciendo / que yo ya era grande; y que lo lamentaba”.

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