Los ángeles son apátridas. Queridos e invocados por cristianos, árabes y judíos, desde su reino sin tiempo han servido para custodiar el sueño, para curar el mal de ojo, para ayudar en partos difíciles y anunciar partos milagrosos, para remediar enfermedades, encontrar lo perdido, buscar el amor y bendecir la ropa limpia. Inspirados quizás en los benéficos genios alados caldeos, existieron también en la antigua Grecia y fue el cristianismo quien les dio la forma asexuada con que hoy los conocemos.
En ese territorio de fronteras movedizas que es el Sur (léase, si no, “cultura mediterránea”) hay una esencial comprensión de la teología que inevitablemente expresa la pasión mediante la carne. Aquí humanizar es sacralizar, y comprender es visualizar lo invisible. En La cocina de los ángeles, lienzo de Murillo, conviven hombres, santos, serafines, querubines y arcángeles en la ajetreada tarea de preparar viandas celestes y terrenales a un tiempo. Escena cantada por Pablo García Baena en uno de sus “gozos para la Navidad” que, más allá de la palabra (“¡Qué ir y venir esta Noche / por las cocinas del cielo!”), descubre el olfato y el paladar infantil que solo los ángeles pueden colmar: el punto de nieve, los torreznos, los buñuelos, los mostachones y las alojas de caramelo.

Nuestra convivencia con los ángeles ha sido extremadamente íntima. Habitantes de la cocina y de la alcoba, encarnan esa espiritualidad necesaria y ajena a la doctrina, libre de dogmas, que nos ha salvado a tantos de la tristeza del descreimiento. Los ángeles son tradición, entendida no como mero recuerdo, ni como reliquia ajada sobre la que llorar melancólicamente, sino como reconocimiento de nuestra identidad histórica y social en la confluencia del pasado, el presente y el futuro que cada uno de nosotros es.
Los cuatro angelitos que custodiaban nuestra cama infantil nos siguen haciendo falta: “Cuatro esquinitas tiene mi cama, / cuatro angelitos que me la guardan…”. Su vigilia protege a los niños de los malos sueños y los padres, al invocarlos, cumplimos con el deber imposible de velar por la felicidad de nuestros hijos en los terrenos cenagosos de lo onírico. La pequeña plegaria forma parte de la tradición oral de una millonaria comunidad humana: la han rezado y la rezan niños españoles, portugueses, latinoamericanos, sefardíes… Algunas versiones revelan la identidad de los ángeles (Lucas, Marcos, Juan y Mateo, dicen en Segovia) y los sefardíes de Grecia, por ejemplo, para quienes los angelitos son “malajimes”, atribuyen con certeza el poder de la custodia nocturna a Mijael, Gabriel, Uriel y Rafael, los ángeles del Apocalipsis, que en su plegaria habitan en las “cuatro cantonadas” del hogar y garantizan que el niño no perezca por “muerte supitánea”. Más allá de esto, parece ser que el primer fundamento de estas figuras protectoras está en el Cantar de los Cantares, representado por la imagen de los cuatro guardianes que custodiaban la cama del rey Salomón. Invocarlos, en cualquier caso, nos devuelve la confianza infantil en el poder mágico de la palabra y sabe Dios si nos libra de los malos tiempos que siempre acechan: “El que esta oración dijere / cien días de perdón gana, / y el que a otro se la enseñe / no esperase cosa mala”.


Ciertamente los ángeles hacían que no tuviera pesadillas cuando me acordaba de ellos.