Útero (2). Ilustración de Teresa Chacón.
Escríbelo o se olvida
RAY BRADBURY
Para C. F. L., con todo mi cariño
Probablemente, nadie.
En la vida, prestamos especial atención a ciertos personajes con los que coincidimos en su día y, pese a que se perdieron de vista ya hace mucho por los caminos de la vida, continúan anclados en el alma. Los consideramos propios, cercanos, tanto es así, que una extremada y pudorosa reserva nos impide hablar o escribir sobre ellos.
En el fondo, no hay cuidado. Esos personajes andan lejos en la geografía y en el tiempo. Algunos, seguro que habrán dejado ya este mundo. El resto tendrá obviamente demasiadas cosas en las que pensar como para perder un minuto curioseando esos recuerdos que unos cuantos ponen por escrito, como ficción o como diario, sobre un papel. ¿Qué decir de tomarlos como espejo y reconocerse en ellos?
Desde entonces, no ha vuelto a saber nada de su chico francés, delgado, de elevada estatura, ojos azulados y mirada triste, bien dibujados labios y un espeso pelo rubio, anillado en las puntas. Una especie de islandés desubicado, poco común incluso por aquellos dominios.
Lo conoció en Lyon, capital de la seda y de las Iluminaciones, lugar de paso de invasores, comerciantes y peregrinos, punto de encuentro entre dos anchos y caudalosos ríos de orígenes dispares.
Ella acababa de cumplir veintidós años. Durante aquel curso escolar, se le ofreció la oportunidad de cubrir el puesto de auxiliar de conversación de español en un centro de enseñanza media, no muy alejado del barrio antiguo. Ocupó ocho meses una habitación individual, a la que como a los pions o celadores nocturnos de los estudiantes, le proporcionaban por contrato, desde octubre hasta mayo.
Los profesores la acogieron con los brazos abiertos y estaban encantados de tenerla allí con la ilusión por aprender y enseñar su propia lengua a sus alumnos. Le asignaron un buen horario, de doce horas semanales, en el que libraba los miércoles por las tardes y el viernes salía justo después del almuerzo, a las doce y media. Todo el fin de semana lo tenía a su disposición para moverse.
Recorrió la región, desde las frías cumbres del Pilat hasta los ondulados valles del Forez y las inundables riberas del Ródano. Visitó por vez primera un París que todavía guardaba oscuras y numerosas, en sus fachadas y en sus adoquines del diecinueve, heridas del tiempo. Se paseó entre los fríos volcanes muy verdes de Auvernia y entre casitas alsacianas que parecían robadas a un cuento de hadas. Anduvo también por Normandía y por Bretaña. Disfrutó de la gastronomía, de la puntualidad y la limpieza de los trenes y se guardó para sí un cuadro inolvidable de un país cambiante, sumamente moderno y muy bien organizado, comparado con el suyo, al tiempo que conoció a gente con la que llegó a mantener el contacto durante largos años.
Su personaje de saga nórdica formaba parte de aquellos chicos que cursaban el último año en el grupo de prépa, del que no existía equivalente en su tierra. Estudiante de élite, que ya había concluido el bachillerato y la selectividad, aspiraba a superar con sus profesores-catedráticos las difíciles pruebas de acceso universitario con las que escogían las propias facultades, en sus ramas técnicas, económico-comerciales o de periodismo, a su exclusivo alumnado.
Ella no le daba clase y fue el azar lo que los unió. Y desde la primera cita, prefirió su dulce y calma compañía a la de los demás lectores que coincidieron con ella ese curso y que, si bien podrían haberla enriquecido con sus distintos puntos de vista en las fiestas y cenas de intercambio cultural, poco o nada habrían podido aportarle en el aprendizaje del idioma.
—Tienes un ligero acento suizo —le oyó decir al entablar conversación en su primer coloquio sobre teatro.
Simpatizaron en seguida. Se vieron sin cesar —más a menudo tal vez de lo que los padres de ambos hubieran deseado. Suyos fueron los cineclubes, los conciertos, la biblioteca, los paseos por aquellas anchas calles y avenidas con sus edificios tan elegantes y por el barrio viejo, sus cuestas empinadas y sus enrevesadas traboules. Sus encuentros fueron tan frecuentes que terminaron por enamorarse profundamente, por tenerse en la piel, como le decía él en voz baja en la penumbra de la habitación individual del internado o en su minúsculo cuarto de estudiante.
*
Ahora, surgida del pasado, de manera imprevista, ella no ha olvidado ni olvidará esa vivencia latente que, con más fuerza si cabe, se le despierta, agiganta y adquiere un carácter especial. Lo hace, además, con desusada intensidad, a través de su propia hija.
Están en la cocina, entre muebles nuevos, sentadas las dos, una frente a la otra, acodadas sobre una limpia mesa de madera de nogal mate, a la que protege de posibles rayones una gruesa encimera de vidrio.
En la cálida tarde, por la ventana abierta que da al gran jardín de la casa, penetra un leve perfume a geranios y a jazmines. La luz de un manso sol les ilumina una parte de la cara, les envuelve la mitad del cuerpo con una claridad aterciopelada y endeble. Algo grato, al menos, serena y endulza ese espacio.
Su hija se llama Carmina, tiene veinte años y es una ausente.
Por las tardes, acabadas sus clases matinales en la facultad, tras el almuerzo, se mete en la habitación y sólo sale para la cena. Se levanta, da la espalda a sus padres y desaparece otra vez en su interior cerrando la puerta, sin quitar platos ni cubiertos y sin soltar palabra.
Sábados y domingos, Carmina tampoco consta, como si no existiera. Cada fin de semana, tiene su cita ineludible con el inframundo. No se pierde una sola salida, a la que muchas veces hay que llevar y traer —temprano en la tarde, a la ida, y de madrugada, a la vuelta—, porque compraron el chalé por las afueras. Suele acompañarla una inseparable amiga, Alba, que vive en la casa de al lado, lugar asimismo de refugio cuando Carmina huye de la compañía familiar y de su charla.
Su marido, que ve la tele en el salón, medio adormilado, es quien se encarga de esos traslados, hurtándole horas de sueño al descanso de los sábados por la noche, con la santa paciencia del progenitor y del esposo. Y no permite que nadie le eche una mano, ni ella ni un taxista, menos aún la madre de su amiga Alba, separada y sin vehículo propio.
El confidente mayor de su hija Carmina, regalo de su padre por su cumpleaños, es un aparato electrónico rectangular extrafino del que no aparta los ojos, desde que se levanta hasta que se acuesta. Es su guía por las calles, en la fiesta y en los cines. Es su lugar de juegos, su inseparable y estimada compañía en el aula y en el restaurante. Es su territorio soberano, su universo de adicción continua, un amigo fiel que incluso le toca el hombro con su alarma musical para que se despierte por las mañanas o le recuerde en la agenda la cita o la tarea que anotó para esa jornada.
Cuando ese móvil no puede garantizarle lo que su hija desea, se estrella contra lo que la rodea y se ve en la obligación de estirar la mano, su resignada madre tiene la obligación de velar junto a ella, prestarle ayuda. En Carmina no hay desahogos, acercamientos. Hablar de confianza entre ambas, sería un disparate, pura quimera. Hasta que no queda otra opción.
—¿Estás segura?
—Mi ciclo es puntual como un reloj. Hace dos semanas fui a una farmacia y me hice un test. Y, luego, sin decirte nada, eché mano de la tarjeta sanitaria. El médico de cabecera me lo ha confirmado. Pero tengo que ver al especialista —responde atropelladamente sin despegar la vista de su pantalla—. Bueno, ya está, ya te lo he dicho.
La madre piensa en la educación, en que cree que hace lo mejor, lo más adecuado y conveniente para su hija. Sin embargo, en los padres no existe equilibrio, término medio. Siempre hay un pero, exceso de severidad o de tolerancia. Si ella misma como madre estima encontrarlo o haberlo encontrado en alguna ocasión, ahí llega pronto la realidad para desmentirlo.
—No entiendo a qué vienen esas lágrimas, mamá. Tú y papá no paráis de repetirme que todo tiene arreglo en esta vida.
*
Lo ve, rubio y apuesto, colgado de las agarraderas del autobús o cambiando de mano por sus barras verticales. Ella está sentada, recién llegada al anochecer desde Ginebra a la estación de Perrache, en un tren medio vacío, agotada, completamente perdida en su postración, impasible pero hecha trizas por dentro, con un trozo de espíritu propio que partió de un tajo por algún lugar del firmamento.
Llueve. Hace un frío de finales de enero, a pesar de que los aires surgidos del río atemperan ligeramente la atmósfera. Sobre las ventanillas un salpullido de gotas, a medida que cae la lluvia, se une en horquillas, forma pequeños torrentes que tropiezan unos con otros, saltan por encima de la goma de fijación, caen al asfalto y se dejan aplastar por los grandes neumáticos en movimiento con un ruido continuo de aspersor. A través del cristal, las luces de las farolas, las calles, las aceras y las fachadas se deforman a su visión en imaginativas tonalidades de una rara, inconsistente y acuosa elasticidad.
Apenas hay gente en el habitáculo y los que viajan muestran sus rostros expresionistas. Bien abrigados en sus abultadas prendas, son monstruos de cuadros pintados con trazos gruesos y rápidos que gritan en silencio. Son caras que se alargan hasta la mitad del pecho y se derriten en un azulado y chicloso brebaje mientras sus labios desaparecidos se elevan para mostrar una fila de dientes amarillos en encías descarnadas. Son feas visiones que se demoran en la rutina de un trayecto tardío, espectros sin voz que, a esa luz cenicienta, a ese ruido bronco del motor del autobús sonámbulo, a ese otro ruido ventoso de sus puertas de fuelle y del aire helado que se filtra entre ellas, rumian pensamientos ordinarios e inconfesables de vidas y empleos irrelevantes: uno que va a recoger basuras, otro que regresa de la carnicería, un tipo de gabardina gris que se mete en la redacción de un periódico, una camarera borrosa que dio de mano antes que los demás, un portero de noche, la que ordena y cierra la floristería, la tienda de ropa, una hamburguesería.
Ninguno de ellos cuenta. Cuentan solamente ellos dos, pero ella observa de repente que tampoco cuenta demasiado cuando él le pregunta como un obtuso, entre tanta persona indistinta, insignificante, abstracta, de carnes flácidas y a medio derretir, que si puede acompañarla a pasar la noche en su habitación.
Y ella, que estaba tan orgullosa, de que la esperara como fiel centinela en la estación de ferrocarril para ovillarse con él entre sábanas amigas, palpar su piel, sentir los latidos de su corazón y su respiración amada, aliviar con su compañía un daño irreversible; que rememoraba precisamente la noche que pasaron ambos en casa de los Gross, separados, él ceñido en un saco de dormir, en el sofá de su salón, magnético, tan cercano y sin embargo inalcanzable.
Eso ocurrió a principios de noviembre, aprovechando el puente del armisticio, y lo llevó para que los conociera. Le apetecía enormemente. Significaba mucho para ella presentarles su pareja a los Gross.
Iban camino de Berna e hicieron una breve escala en aquel apartamento de Ginebra. Se quedaron allí una noche. Esperaba que lo recordara. Seguro que sí que lo recuerda. Cenaron con mucha gente interesante a su alrededor.
El marido de Marietta, Albert, era fotógrafo. Al otro individuo de barbas, como un enano feliz de jardín, su socio, le olían los pies a queso tanto como el aliento a fruta pasada y su nariz y sus pómulos enrojecidos eran como un mapa cicatrizado de caminos violáceos de la cercana Borgoña.
Asistió, acompañado por su discreta pero elegante esposa, un señor vestido de sport, a quien anunciaron como camionero de empresa, en realidad el encargado jefe para todos los cantones francófonos de la multinacional americana Polaroid.
En aquel ambiente distendido, buena comida y buena bebida, entre un roce de cubiertos y un tintineo de copas, charlaban todos ellos de negocios y de anécdotas, cambiando del francés al alemán y del alemán al italiano y no había manera sino de seguirles malamente la conversación.
Del barbudo de Blancanieves, cuya delgada y joven amiga también estaba presente, contaban que había hecho un reportaje de bodas para unos jeques que se casaron primero en su desierto del alma y luego vinieron a celebrarlo al Four Seasons des Berges, para hacer ostentación en Occidente de su desmedido poderío económico. Por las fastuosas estancias del hotel, el de las barbas grises se dedicó a tomar sólo planos de los pies de cada invitado, como si, personaje de fábula que era, quisiera arrastrar a todos hacia un arte visual del artificio y la adivinanza.
Albert Gross se llevó a un aprendiz que, siguiéndole la corriente, tomó primeros planos de la cintura y de las manos de todos los invitados, mientras él realizaba su reportaje paralelo, se diría estándar. Y cuando llegó la hora del estreno y comenzó la proyección en el salón de eventos de altos techos y plagado de molduras modernistas, entre el ajetreo de los pastelillos de miel y de las infusiones, se hizo un silencio incómodo y después un murmullo. Los jeques empezaron a poner caras largas al ver que no se reconocían en los dos primeros trabajos, tan originales. Fue entonces cuando Albert les pasó su grabación clásica.
Cierto familiar, ataviado con un bisht blanco de cuello bordado en negro y oro y perilla puntiaguda, que parecía ser el padrino, mostró tal satisfacción por las dos ideas complementarias, que tuvo a bien pagarles el triple de lo que habían estipulado en el contrato. Al fin y al cabo, eran tres rodajes distintos.
A los postres, en el piso, reían a carcajadas con todo aquello porque no sabían qué hubiera podido pasar de no haber filmado Albert el reportaje tradicional, quien guardó con el permiso del jeque una copia de las dos tomas experimentales, porque estaba seguro de que nadie los creería cuando lo contaran. Era tarde y otro día se las mostraría.
Que haga memoria, se acostaron todos a una hora muy avanzada y él también reía y durmió en el sofá del salón en su saco, muy cerca, y aun así tan distante, porque no tenían habitación para los dos con tanta gente y ella se tuvo que quedar con el niño pequeño, Antoine.
Todo le llega de manera algo enrevesada, pero tal cual lo recuerda, tal cual le pasa por la imaginación ahora frente a su hija, así lo transcribe. La escritura le sirve en este momento de reparación, una suerte de expiación. Es su refugio de deseos, de desahogo, de sedante, reflejo de carácter e inseguridades.
*
Carmina simula estar al otro extremo de la mesa, en la cocina. En su revelación, su madre no ve abatimiento o pesadumbre. En sus palabras, ve casi desgana, apatía, como la que parpadea al verse implicada en un accidente de tráfico, le resta importancia a su gravedad y es extraña al riesgo que realmente conlleva, a sus posteriores secuelas.
La mira y no está muy segura de tenerla en realidad en frente. Hacerla partícipe de ciertos recuerdos de aquella época en la que su madre tenía su edad, en la que las costumbres eran otras y los medios para evitarlas inexistentes, quizás no tenga sentido. No sabe qué ganaría si fuera directamente al fondo de la cuestión, si buscara una explicación lógica a todo eso, si le soltara lo que piensa de verdad, duramente, a la propia cara.
¿Qué diría su hija si se diera cuenta de que este llanto en silencio no le pertenece, no lo provoca ella, no lo avivan en absoluto su conducta o sus enredos? ¿Le importaría?
De hecho, sus incesantes y mudas lágrimas impresionan bien poco a Carmina. No hace preguntas, no profundiza en su verdadero significado, no se interesa por su oculto sentido, que su madre interpreta como un rechazo hacia lo viejo, esa ceguera de los jóvenes ante todo lo que no sea su propio mundo multicolor.
Tampoco parece el mejor momento para discutir. Lo más probable es que fuese su hija quien se le enfrentara, con un malsano reproche, un grosero desplante, un desagradable monosílabo —¿ves?—, bajo el obsesivo y continuo manoseo del móvil.
Y si se siente incapaz de dar rienda suelta a su dolor, liberar tanto recuerdo, no es por la preocupante situación en la que se encuentra Carmina, por cómo ha llegado hasta ahí, sino por ese algo más hondo que sucedió en aquel pasado oculto y que en este momento regresa, revuelve su interior y le provoca, reiterada, una aguda punzada en una herida ya antigua, por lo que se ve, aún no cicatrizada del todo.
Es curioso que guardar un silencio húmedo, no mezclar a su hija en su ayer, precipitarse en unas líneas escritas, en lugar de hundirla en la melancolía, la calme, la fortalezca, la conforte.
*
Los Gross eran buenas personas. La habían contratado de canguro el año anterior.
Ella había terminado sus estudios de magisterio con un expediente envidiable. Eso fue por julio y agosto y luego, como tuvo un grave problema con las listas de trabajo y con el acceso directo, ellos mismos le propusieron una prórroga, al margen de la agencia de contratación, hasta diciembre. La aceptó.
Su trabajo consistía en cuidar de su hijo de dos años, Antoine, porque venía un segundo de camino y Marietta estaba pesada y torpe para atender al mayor en todas sus necesidades. No le ofrecieron habitación individual, pero el pequeño Antoine no daba ruido. Le pagaban un pequeño sueldo que, al cambio de francos suizos a pesetas, le parecía un dineral y recuerda que lo paseaba casi a diario por los verdes y arbolados parques ginebrinos, que le hicieron conocer los alrededores del lago Leman y estuvo en Montreux y en la casa que fuera de Chaplin y también, ya en octubre, la llevaron a una multitudinaria fiesta en Baviera y finalmente, antes de las navidades, a Zermatt, a esquiar. En realidad, esquiaban ellos. O, mejor dicho, Marietta acompañaba a su marido hasta la terraza del restaurante, con su vientre hinchado, desde donde se entretenía viéndolo deslizarse cuesta abajo y en zigzag por las pistas, atrincherada tras sus gafas de sol y su sonrisa.
Ella se quedaba con el pequeño Antoine, mirando caer la nieve o disfrutando de las vistas del Cervino recortado en las alturas, desde la ventana del chalé alquilado de madera oscura quemada por los elementos, o avivando sus juegos infantiles con un trineo por las empinadas cuestas de los alrededores.
Pasó varias veces por el estudio de trabajo, situado en pleno centro de Ginebra. Albert le mostró sus bambalinas, el cuarto rojizo de revelado sin ventanas donde colgaban a secar sus originales, sus pinitos en la fotografía artística, la que no daba de comer y que la otra tarea más prosaica sostenía con holgura, alquiler del local, material, apartamento propio, hijos, impuestos. Nada más que añadir en un país como Suiza.
Finalizado su contrato, cuando Marietta dio a luz a una niña, le plantearon prolongarlo a lo que quedaba de curso escolar. Lo hizo con satisfacción hasta el agosto siguiente en el que se ocupó siempre de Antoine, para darle descanso y echarle una mano en lo que necesitara a la mamá.
Esa experiencia le sirvió para asimilar por completo sus rudimentos de francés y perfeccionarlo con su entonación suiza. Hizo amistad profunda con Marietta, algo menos con Albert. Por eso contó con los dos, con quién si no. Sintió desde el primer momento que podía tener aquella confianza en la necesidad, compartir su orfandad con ellos.
Y no se equivocó. Marietta, cómplice de aquel acabamiento, llena de comprensión y de generosidad, vivió su desamparo en toda su amplitud, se encargó de buscar al cirujano, entregó su tiempo, la arropó. Encarnó con mucho el papel que difícilmente hubiesen aceptado por aquellos años su propia madre o su mejor amiga.
Y luego dio un salto en el tiempo y se vio en aquel autobús urbano destino Villeurbanne, en un día frío y lluvioso de finales de enero, junto a aquel chiquillo de cabello rubio y sus diecinueve años, que ni siquiera sabía si tenía que acompañarla o no.
Acababa de bajar de un vagón con apenas dos viajeros en sus asientos, procedente de una clínica suiza, sin parar de darle vueltas a la cabeza, físicamente destrozada, sólo asistida en la mañana de la intervención por unos médicos desconocidos en un helado quirófano y con la señora Gross llena de preocupación en la sala de espera. Y a su bello enamorado no se le ocurrió preguntarle otra cosa, en la desafección de un trayecto de autobús urbano revestido de lluvia y seres brumosos, que si podía o no acompañarla a su habitación de mujer demediada.
En ese corto viaje nocturno, con sus muertos vivientes sentados cara adelante, colgados de las agarraderas superiores o aferrados a las barras verticales, experimentó dos pérdidas profundas. Le arrancaron un bebé que nunca fue. Y su nórdico, en su impensada irresolución, se encargó de arrancarle al padre. Con ambas, igualmente, se extirpó de raíz la inocencia, la fuerte convicción que alguna vez abrigó en la palabra amor.
*
Al final, sí que fue afortunada, ella, la tierna veleda, amante de aquel Sigfrido, de que con la cuchara no le extirparan la mitad del útero o atrapara una infección que le impidiera concebir hijos de por vida.
Así ocurría con ciertas chicas a las que sus vecinas de bloque, escandalizadas en un cacareo continuo que bajaba por el ascensor o se deslizaba escaleras abajo hasta el recibidor y llegaba a sus oídos, llamaban ligeras de cascos —esa expresión hípica, no exenta de ruda poesía—, cuando no cosas peores. Sin un céntimo para pagarse el vuelo a Londres, se veían obligadas a tomar el autocar o el tren hasta Lisboa, a morirse de pena y frustración por sus calles, a pillar una dolencia que para siempre las dejara hueras.
Con el paso de los años, se vería mezclada en historias parecidas, pero no ya como protagonista principal sino secundaria, esa papelera de la amistad en la que se confía y en la que se deposita la inmundicia que las demás necesitan aligerar de las entrañas. Era como si aquella experiencia iniciática de Ginebra la persiguiera, como si no enteramente escondida se negara a desaparecer, en una transparencia especial, imantara de alguna manera y acabara despertando en aquellas otras el irreprimible deseo de confesión de sus terribles secretos.
A lo largo de su vida, entresijos de primera mano, apuntados en noches o días de alcohol o al calor amargo de la desesperación y de la incomunicación en la desgracia, y que sólo se veían en escabrosas creaciones literarias o cinematográficas, bien que llegaban a sus oídos. Rubricadas por el silencio impuesto, acababan muriendo con una capa de buenas maneras por encima. Las buenas maneras, hermanas de la más cruda hipocresía, que no pudieron precisamente ocultar por mucho lo que se creía ignominia u oprobio porque la realidad era terca y, al final, todo salía a la luz.
Estaba Isabela, con sus dudas sobre la maternidad y su falta de empleo fijo. Esther, siempre con su pelo recogido en un rodete y su confusión, sin dinero que la socorriera y depresiva. Aquellas otras dos amigas de la adolescencia, que malograron sus semillas de forma natural sin que nadie lo supiera sino la partera del barrio, una mujer de exquisita educación y reserva, que tantas historias empapadas en sangre, en amargo y clandestino sufrimiento, en indiferencia y angustia incomprendida, se llevaría a la otra vida.
Había en todo ello heridas del cuerpo o del espíritu (nunca supo cuáles eran peores), larga lista de despropósitos que no viene a cuento en su escrito y que si se analizaba con detenimiento guardaba en sus bastidores una sola causa común: el sexo. Siempre el sexo inmundo, su represión y sus consecuencias. Y, sobre su superficie, aquella losa que todo lo cubría so pena de convertir, en cuanto se levantara, a las personas en desechos de lo que dejaba de entenderse como alguien bien, honrado, distinguido y sin tacha.
Muchas de aquellas familias eran íntegras, cristianas, temerosas de dios, que iban a misa los domingos. Pero cuando una miserable desgracia planeaba sobre su irreprochable reputación, una sombra de por vida en forma de nieto no deseado, eran las primeras en echar mano de la chequera para pagar el chárter hasta Londres, la intervención correspondiente y traerse de vuelta a casa a la díscola y ardiente niña de la oreja con el juramento de que supiera, la próxima vez, tener las piernecitas no tan separadas o iba a ver lo que era bueno.
En esa cocina, ante el cuaderno sobre el que toma notas, al enfrentarse a sus rincones oscuros, vuelve a imaginar de nuevo la boca que se tuerce en mueca, de sarcasmo o de disgusto, de sus padres, el escándalo que se habría generado con su bombo de por medio, la comidilla de la familia y la vecindad. La historia del jovencito que, recién estrenada la mayoría de edad, se deslumbra con la supuesta madurez, belleza y experiencia de una mujer que, para ser sinceros, no eran tales porque aún no había dejado las faldas de su madre ni la raya del pantalón de su padre. La historia de la joven de provincias que sale de casa, deja plantado a su novio de la adolescencia y se desmanda en un país extranjero y, además, con un adolescente. A fin de cuentas nada que hoy pudiera chocar, hundidas las costumbres en la banalidad del ruido, la molicie y la burla, incluso en la vulgaridad que invade día a día la televisión y las redes sociales.
Quién hubiera podido entenderla, a quién hubiera podido contarle aquella hermosa relación amorosa de triste final. La enterró desde un primer momento con una gran turbación y, en nada, corrieron los años y luego se hizo ya demasiado tarde para desvelarla. En cuanto acabe de escribirla, la destruirá y partirá, como todo su pasado, con ella a la tumba.
*
Ambos, en el autobús urbano dirección Villeurbanne, rodeados de casi personas, de inconsistentes y glutinosas siluetas que amenazaban derretimiento sobre un suelo de linóleo acanalado pisoteado de agua de lluvia, en el silencio de un avanzado crespúsculo de enero con aquella enorme ciudad burguesa como telón de fondo. Él, amado y prácticamente olvidado francés de aires nórdicos, que no supo subirse a la grupa de su pesadumbre; y ella, chica madura y juiciosa, que no supo ni pudo ni quiso, por las circunstancias, dar a luz a un bebé sin sitio en el mundo o en una pareja sin recursos y, por supuesto, tampoco preservar una pasión.
Continuaron juntos, a pesar de las heridas, hasta primeros de junio. Así, se separaron definitivamente, en otras navidades de meses más tarde, en un hotel no demasiado destartalado del extrarradio lionés, entre el sudor y las lágrimas del que posee, cuando hace el amor en la despedida, el poder omnímodo de un dios mitológico, porque el placer es un engaño que transmitieron ellos, los dioses, a los humanos para que como ciegos que son se creyesen reyes, se perpetuasen. Biología, ciencia, química, genes, inmortalidad, naturaleza, pura fornicación animal, ciega pasión, amor loco, arrebatada poesía… que cada cual elija y se conforme con la definición que desee.
Él todavía le escribió una vez, quizás otra, desde la dirección postal de una prestigiosa escuela superior de altos estudios comerciales, un par de cartas encendidas, llenas de nostalgia, que ella conservaría por un tiempo.
No le respondió. Andaba haciendo kilómetros entre Luxemburgo y Bélgica camino de otros trabajos menos señalados con nuevas familias, antes de regresar definitivamente a la península, un poco extraviada por aquellas fronteras de Europa por donde empezaban a escasear ya los aduaneros. No como aquellos inflexibles y malhumorados suizos, que eran eternos en sus puestos de vigilancia de un país impenetrable, donde siempre le preguntaban al llegar Où allez-vous? Y, dependiendo de su respuesta, la dejaban o no pasar.
—Hola, me llamo Krimilda y vengo este fin de semana a abortar gratuitamente en una clínica de Ginebra por obra y gracia de mis amigos los Gross, los fotógrafos, los conocen ustedes.
—Allez-y. Entrez.
Otro asunto es que fuera a salvar sus controles para trabajar ilegalmente y eso no era permisible, porque buscar trabajo, intentar ganarse la vida de forma honrada en Suiza era algo muy distinto, tan distinto como llevar una buena maleta de dinero contante y sonante a uno de sus acorazados y fiables bancos. Para eso sí que la hubieran dejado pasar sin problemas, como la dejaron pasar aquel día, sin inconvenientes, porque no la iban a registrar en profundidad, para ver si era cierto o no lo de su sorpresivo embarazo.
*
He ahí a su hija, Carmina, que nació de una relación tardía, de padres maduros, sumergida en las aguas abismales de su móvil, reina de la negra noche ibera, que alarga la mano para que la socorran cuanto antes del calvo que vende pastillas a las puertas de la discoteca, de ese vecino esculpido en gimnasios que se luce aposta con el torso desnudo por la piscina común y que tanto le gusta, del descerebrado de Lolito con el que lleva solamente dos meses, de su adorado Javier, al que no ha olvidado todavía.
Luego, está su marido, en la ignorancia, ajeno como su hija a un amargo y silencioso lamento, a su padecimiento, a esas profundas hendeduras que nadie podrá rellenar en la vida. A lo trágico, a lo terrible de aquellos meses de escenas deformadas como si fueran estampas insoportables de un mal sueño. A lo que no se borra. Al martilleo que no cesa. A la posibilidad de aquello que no sería ni fue, de su género, del color de sus ojos, de su cabello y de su piel, de la edad que tendría (por qué se repetirá tanto lo de la edad). De cómo les habría ido a ambos como pareja en la vida. De ese alargado infinito de preguntas sin respuestas, de ese enorme vacío que ya nada ni nadie puede colmar o arrinconar por mucho que a sí misma se empeñe en imponerse un olvido…
Enjuga unas lágrimas que Carmina quizás achaque a la debilidad, a la edad, a su lejanía como madre mayor y sin experiencia, que no comprende ni se entera de nada.
«—Mamá, he estado en el inframundo, vengo justamente de él y te traigo como un presente este marrón inesperado —parece soltarle—. Eres mi madre. Soluciónalo. Estás obligada a ello».
El sol se pone. La encimera de vidrio que cubre la mesa está helada. Corre una ligera brisa y siente un menudo frescor en sus brazos desnudos, pero no se levanta para cerrar la ventana de la cocina que da al gran jardín.
En tanto Carmina aguarda una solución, con sus derechos de hija que alarga la mano y sus pulgares que se atropellan en una fuga resbalosa sobre la pantallita de plasma, ella vislumbra toda aquella historia añeja que se nubla, se ensombrece. Y ve apenas a aquel Sigfrido que se decolora ya por una inmaterial y alejada línea hasta el punto de que, en breve, será simple conjetura que jamás existió, como aquella otra impalpable sustancia perdida en una oquedad en la que no cuajó y nunca vería la luz del mundo.
—Deja de llorar, mamá. No es tan grave. Y, por favor, que no se entere papá.
«—De veras, ¿quién se va a acordar de todo aquello? —se dice, soltando el bolígrafo».








