Orgullo

Las relaciones humanas coinciden con el ser humano:

pocas saben resignarse a lo inevitable, arrostrar

con dignidad el sufrimiento y la vejez y morir con belleza.

Arthur Schnitzler

 

 

—¿No hay más oxígeno?

—No, papá. Esos tubitos transparentes que tienes enganchados a las orejas y a la nariz son sólo un suplemento, como una ayuda.

En casa, hacía una semana, recostado calmamente con su batín en el butacón de cuero, dio un sobresalto que lo despertó de repente de la siesta. Se asfixiaba. Creyeron que era un infarto. Llamaron rápidamente a una ambulancia.

Tras el breve traslado y las primeras pruebas clínicas, la doctora que los recibió, con rapidez, en urgencias, tomó la decisión de ingresarlo.

Ya en la habitación, medicado, con su pijama puesto y, en su agotamiento, a su hija, al pie de la cama y atenta a cualquier contingencia, su padre, con sus profundas arrugas, su calvicie y su delgadez extrema se le reveló más desvalido, más consumido y avejentado, más golpeado que nunca por la vida, y así lo dejó que descansara.

—¿Qué tengo? —le preguntó de inmediato al abrir los ojos y verse, con cierta expresión recelosa, en el hospital.

Ella, sin buscar ni con la palabra ni con la mirada a su madre quien, cuajada en su afonía, andaba a unos metros, soldada a la ventana, apenas se lo pensó y, con sencillez, le dejó caer una verdad a medias:

—Tienes covid, papá. Sin fiebre. No parece grave. Una pequeña tos y algún sofoco.

Al instante, lo observó con disimulo e intentó sondear en él una reacción, un ademán revelador en una posible respuesta que no se presentó.

—Lo bueno es que no te mandan a cuidados intensivos. Te quedas en planta, con ese soporte respiratorio y nuestra compañía —añadió.

Su padre movió con lentitud la cabeza, sin despegarla de la almohada, para echar un vistazo a un lado y a otro, reconocer la habitación, comprobar quién estaba presente.

A la derecha, la tenía a ella, a su hija, siempre tan elegantemente vestida y tan cuidadosamente maquillada, que se había tomado unos días en el trabajo para cuidarlo; y, sentada en la silla de metal verde y asiento azul oscuro, en silencio, a la izquierda, a su esposa, quien, de espaldas a él, se distraía con las sórdidas vistas que le ofrecía la ventana de persiana levantada sobre el paisaje distante, en la avanzada sobremesa.

—Vete a saber dónde lo habré pillado. El paseo de la mañana, la visita de los familiares, la caña en el bar. Nunca lo sabremos —y sin ilación, con un esfuerzo con el que intentaba tomar un aire que parecía esquivarlo, escapársele de la boca, de la nariz, burlarse de él, huyendo por los rincones de la habitación—. ¿Qué pasa con la tienda? ¿No vas al trabajo?

—No te preocupes por eso. La chica encargada es competente. Está al corriente, tiene idea de cómo ocuparse del negocio ella sola.

—¿Sabes? No me gustan los hospitales. No hay vida nada más que en los pasillos, y no siempre. Tampoco me gusta cómo pasa el tiempo aquí, ni esta luz blanca— dijo, con los ojos cerrados, distraído, saltando de cuestión en cuestión.

Qué decirle, que los hospitales eran lo que eran, que no tenían sustancia, que eran antesalas de la curación o de la desaparición, un mundo aparte de horarios fijos y tempranos y remedios químicos; que afuera y por contraste había ruidos de coches y de autobuses a su paso por la avenida, que soplaba la brisa procedente del mar, que el sol lucía con fuerza en un puro cielo azul del sur, que la gente iba de aquí para allá con sus vidas al hombro, que de vez en cuando al atravesar un parque se oían pájaros, niños gritar mientras corrían unos tras otros en la despreocupación de sus juegos deslizándose por un tobogán de plástico coloreado. Todo eso él ya lo sabía.

—Si quieres te la cambio —respondió en su lugar—. Apago la del techo y te enciendo la del cabecero.

—Lo que necesito es más oxígeno, Berta. ¿De veras no hay más?

—El concentrador lleva su propio ritmo. Te administra lo que tu cuerpo necesita en pequeñas dosis, siempre constantes. Está perfectamente calculado. No puedes ir más aprisa que él, papá.

—Tengo la garganta un poco irritada —abrió momentáneamente los ojos y volvió a cerrarlos—. ¿Cuánto tiempo llevo aquí? ¿Qué día es hoy?

Y, mientras se ocupaba de la iluminación, respondía pacientemente a sus preguntas y procuraba calmar sus molestias, acercarle un vaso de agua, Berta se decía a sí misma que había cuestiones que nunca se había planteado seriamente. Ahora que veía a su padre en aquella fría cama de metal a merced de una enfermedad que bien podía llevárselo a la tumba, el hecho de su desaparición se le presentaba como algo más que una mera eventualidad.

Operado de válvula mitral hacía unos años, su padre se decía maravillado con que le hubieran injertado en su pecho la de un cerdito y que con ella respirara mejor que antes y que, medio en serio medio en broma, en lugar de hablar, no tardaría en largar gruñidos.

El médico, por su parte, a su paso en la revisión matinal diaria, las previno de que eso podía interferir seriamente en su proceso de recuperación. Aunque se mantenía estable, el cuadro evolutivo de su hoja clínica, así parecía confirmarlo.

Por un momento, en una visión fugaz, Berta descubrió en el escaparate de su tienda de ropa femenina el cartelito de cerrado por defunción y una especie de helado calambre le sacudió el cuerpo desde el vientre hasta el cuello.

Entonces, tomó asiento, en un disimulado desmayo, se apoyó en el borde de la cama y se preguntó si, encamado y con el oxígeno, él era consciente de lo que le ocurría y si no se había inclinado en su actitud, en sus gestos, ya al final del camino, a la búsqueda de un cierto alivio espiritual, hacia su lado más devoto. Si bien no se lo imaginaba entre rezos porque nunca había sido muy religioso, tampoco los reveses de la vida le habían dado otra opción.

Su padre, es cierto, los había educado a todos ellos en esa obediencia a las costumbres, al matrimonio por la iglesia, al bautismo y a las comuniones, y había cumplido la etiqueta con su hermana y cuñados. Pero ella empezaba a sospechar que todo aquello no fuese más que simple fachada para evitar el escándalo de ser señalados, que su padre había seguido la práctica ciega y común de sus antepasados por la que todo el mundo se dejaba llevar en un momento dado, incluso sin ser practicantes, sin desafección, como una herencia sujeta a todo lo que se denominaba generalmente, lo fuera o no, tradición. En su trabajo de encargado de ventas en la fábrica de cerámica, su existencia había transcurrido de esa inconmovible manera, con sus inaplazables obligaciones laborales y sociales, sus aficiones vespertinas y de fin de semana y el esmerado cuidado y educación de sus hijos, hasta que sintió en carne propia la desgracia, por su lado más cruel. Y no una vez.

—Buenas tardes, ¿cómo está el jovencito? —interrumpió los pensamientos de Berta una auxiliar de cabello tintado de óxido y mascarilla verde quien, agarrada a una bandeja sobre la que descansaba un paquetito de galletas, un cubilete de plástico blanco y acanalado, lleno de leche desnatada caliente, y un sobre de café descafeinado, le traía la merienda.

Su padre abrió los ojos de nuevo, le sonrió, tosió y exclamó:

—Muchas gracias. Había olvidado que aquí la comida no sabe a nada. No tengo hambre.

—Vamos, don Antonio, no me lo creo. A comer algo. Hay que ponerse fuerte para salir a la calle cuanto antes. Ya ve que le han quitado la bolsa del suero. Aquí se la dejo. Más tarde vendré a cambiarle las sábanas y si no puede incorporarse, a asearlo —y salió sin despedirse pero con lo que pareció, bajo la mascarilla, una sonrisa dirigida a él y a su hija.

 

*

 

Berta apreciaba ahora más que nunca el que, desde siempre, ni uno solo en la familia sino ella hubiera sabido establecer esa afinidad cómplice, fuerte lazo invisible, ciertamente explicable, que suele existir entre padre e hija. Por esa razón, había observado con sutileza en él, a medida que avanzaba en edad, desde su jubilación, ese algo distinto, como de contrariedad y de despecho, una especie de humor desengañado y amargo que había ido empapando su charla, sus gestos, su risa y sus silencios. La gota que colmó el vaso, entendió, fue su hospitalización. Y, aunque sí le sacudió las vísceras, no se dejó impresionar por lo que le espetó de golpe, una vez hubo empezado de nuevo a hablar, de sus hermanos:

—He visto a Luis.

—Papá, ¿cómo vas a ver a Luis?

Luis era prácticamente un desconocido para Berta. Sucedió en su primera adolescencia. Supuso una calamidad en el entorno familiar, donde todo había transcurrido hasta ese momento en la despreocupación del trabajo garantizado, de los días de fiesta, de los paseos por la playa y por la sierra, del afecto y de la felicidad, pura seda. Luis, el primogénito, iba de copiloto. Viajaba con cuatro jóvenes más en un coche que, sin explicación alguna, en una recta, sin lluvia, se salió de la carretera y acabó de morro en la cuneta. Un simple golpecito en la sien bastó. Fue el único que falleció en el accidente. Dejó una hija de un año. Él tenía veintisiete y una vida desahogada y dichosa que le ofrecía una colocación bien remunerada en una asesoría fiscal. Habría cumplido cincuenta y seis ese verano.

—Si te digo que lo he visto, es que lo he visto.

—No digas bobadas, papá, por favor. Jamás las has dicho. No vas a empezar ahora, a tu edad.

—Pues, así es. Y no creas que sean cosas de la vejez o que haya perdido el juicio. Anoche, en concreto —se detuvo un instante para mirar de frente a su hija sin verla—. Y vi también a Fernando.

De esa desgracia, hacía bastante menos, apenas unos meses. Fernando se había atiborrado de pastillas. Lo hallaron cadáver en su cama, al día siguiente. Hizo sus buenos cálculos para que los de urgencias no llegaran a tiempo y pudieran practicarle un lavado de estómago que probablemente le hubiera salvado la vida. Tenía cuarenta y cinco años. Estaba casado con Silvia, una hermosa mujer, con la que, Berta al menos ya lo había intuido por las confidencias de ambos, algo que se confirmó después con su suicidio a solas, había dejado de compartir cama. Alto, bien parecido e inteligente, exhibía un excelente currículum: estudios de economía, seguros, inmobiliarias, buena situación financiera y social, no un esclavo, precisamente. Tenía tres hijos ya crecidos. Muchos de sus amigos y allegados no entendieron aquel proceder y el hecho constituyó para casi todos, al remover amargas reminiscencias enterradas en el pasado, un fuerte hachazo, una repentina desgracia que aconteció unida a una irritante extrañeza. Quizás no para sus padres o para su esposa. Si dejó una nota, de la que se llegó incluso a hablar muy bajo, alguien la distraería porque nadie la encontró.

—Llevas casi una semana ingresado. ¿Cómo puedes decir que los viste anoche? —lo amonestó sin maldad.

—¿Una semana? ¿Tanto? Pues los vi —respiró trabajosamente—, a los dos.

Los ojos del padre se separaron de los suyos y vagaron imparables por la habitación, como en círculo, para detenerse de repente en un lugar indeterminado del falso techo, en el que se empotraban dos tubos de neón protegidos no sé sabe de qué por una rejilla metálica.

—Luis fue el primero. Sonreía. Estaba sentado tranquilamente en una de las sillas de metal de la terraza del hospital, como si hiciera tiempo que me aguardara, poco perfilado todo hay que decirlo, aunque se le notara perfectamente una pequeña cicatriz por encima de la ceja derecha. Me dijo que tenía mucha sed y que le apetecía tomarse un vino conmigo, que me echaba de menos, a mí y al resto de la familia. Y me preguntó que por qué no lo habíamos esperado unos días, que por qué nos habíamos deshecho tan pronto de su bodega.

Otra historia más que, en Berta, difícilmente dejó un claro recuerdo. Una de las pasiones de Luis en sus ratos libres era la enología, durante aquellos años de irreflexión y abundancia en los que parecía que había que saber y entender de todo. Desde su muerte, ni uno de ellos quiso tocar una botella de su reputada selección. Al cabo de unos meses, su viuda terminó por encargar que la sacaran del sótano para regalársela entera a Fernando. Fernando la puso en venta por la mitad de su precio y en pocos días se desembarazó de una colección de la que nadie quería saber nada. Era como si estuviera apestada. Helena, su guapa viuda, se negó incluso a cobrar de lo que sacó por ella. Aun así, en su aflicción, aceptó finalmente de Fernando un obsequio. Ahí estaba lo poco que recordaba. Si no era a través de viejas fotografías, le costaba incluso recrear el rostro de Helena, quien, alejada de todos ellos, había rehecho su vida en otra ciudad distinta. Muy de cuando en cuando, cada vez más espaciada, su sobrina hacía una visita de cortesía a sus abuelos.

—Fernando se presentó después. Estaba sentado en una de las sillas del bar, algo apartado, ausente —insistía su padre, con la rara firmeza que le permitía la falta de aire—. Le ardía un poco la barriga por culpa de los medicamentos, pero a pesar de eso se veía contento de saludarme.

Berta era consciente de que su padre le estaba hablando no sólo a ella sino, de manera indirecta, a su madre, a la que finalmente veía tan endurecida en su actitud y a la que, madre herida, poco le faltaba para convertirse en roca, en habitante ajena y única de una isla remota donde, sin lágrimas, se hundía en las aguas mudas e impenetrables de un océano de rencor, tan sólido y glacial como el metal de las bombonas de oxígeno que reposaban junto al cabecero. Y estaba segura de que su madre, siempre sentada junto a la cama, con la mascarilla puesta, ligero vestido estampado de primavera, cabello lacado, perfume maduro, no perdía el hilo de la conversación. Pero, expresión desterrada y de espaldas, disimulaba y seguía con la vista fija a través de la ventana, en dirección al ingrato balasto de las terrazas altas del hospital. Ensimismada en sus reflexiones impenetrables, no hacía sino contemplar el horizonte mudo de un decorado casi irreal por el que se ponía un sol bien recortado, en tanto ignoraba a sabiendas a su marido, a sus hijas, al médico, a la enfermera, a los cuidadores, a las limpiadoras y a medio mundo.

—Olvida todo eso. No tiene ni pies ni cabeza y, si me apuras, ninguna gracia —le dijo a modo de cariñosa reprimenda.

—Puedes creer lo que quieras. Ahí estaban, muy cerca, tan reales como puedo verte a ti —daba la impresión de que efectivamente andaba con sus hermanos por algún lugar invisible—. Entre ellos no conversaban.

Hizo una pausa, en la que intentó tomar aire, para concluir:

—Y está más que claro que, si me los he tropezado y he podido hablar con Luis y con Fernando, es que estoy muy cerca de volver a verlos, de que no voy a durar mucho.

—Es lo que me quedaba por oír —replicó más que sobresaltada—. Deberías leer algo, distraerte de todo eso. ¿Quieres una revista, un libro de fotografías, tu móvil? ¿O te pongo la tele?

—Me mareo ligeramente con solo mover la cabeza. Imagina lo que puede hacer conmigo una lectura o un móvil —se recolocó los tubitos de plástico en la nariz e intentó otra vez llenarse los pulmones de aire sin casi lograrlo—. Además, quién va a llamarme sabiendo cómo me encuentro. Y si pones la tele, es de pago, está muy alta y tiene una pantalla de juguete en la que no se ve nada. No entiendo cómo puede haber aparatos de esos en un hospital. ¿Me subes un poco?

En otra forma de decirle con afecto que guardara silencio y se calmara, ella se inclinó sobre él, le cubrió los delgados hombros destapados con la sábana, le elevó la parte superior del cuerpo con el pulsador automático de la cama, le besó la frente.

—Te vas a contagiar —y su padre pareció quedarse dormido, satisfecho.

—Estoy vacunada y,  además, inmunizada, creo, porque ya lo pasé. Y aunque no lo estuviera, no me importa acercarme para abrazarte, aunque lo pillara.

Una quietud extraña se adueñó de la atmósfera de la habitación en esos segundos milagrosos en los que sólo se oyó la respiración de fuelle del enfermo. Pero fue un espejismo insonoro, en la luz de la tarde que ganaba terreno pero no penetraba en la habitación donde reinaba esa otra luz blanquecina siempre encendida.

Su padre volvió a abrir los ojos y, a continuación, como si de un epílogo insospechado se tratara, dejó caer la bomba:

—Escucha lo que te digo, Berta. Cuando expire, no quiero ni ceremonias religiosas ni ser enterrado en el cementerio —si hubo apasionamiento en aquella frase, Berta no lo advirtió.

—Papá, ¿cómo puedes hablar de esas cosas en este momento? —ella procuraba hacerlo pensar en otras cosas, en lo que harían la semana siguiente, en proyectos de futuro, en cómo se desenvolvían sus nietos y, en nada, sus bisnietos.

—Eso quiere decir ni sacerdote ni misa de difuntos ni nichos ni lápidas. Nada. Haz que me incineren. Prométemelo —dijo sin prestarle atención.

—Disparates. Mañana estarás mejor. Te recuperarás. En dos días, como nuevo. Te dan el alta, volvemos a casa con mamá y adiós a todas esas historias. Aún te queda mucho entre nosotros. Venga, vamos, intenta dormir un poco.

En sus trece, su padre parecía hablarle a un agente de seguros de decesos:

—Las cenizas las guardáis con vosotras unas semanas. Será una manera de haceros compañía. Y no aceptéis la urna de la funeraria. Os servirá una de esas tantas piezas mayores con tapadera que vi pasar por mis manos en la fábrica, un ánfora, un tibor, algo así —Berta recordó que su casa estaba llena de ellas—. Cumplido un tiempo, que vayan contigo tu hermana y tu madre, las esparces por la bahía, por el pinar real, por el parque Villarejo. Por esos lugares de mi infancia. No lo olvides y cumple, por lo que me aprecias como hija, mi último deseo.

Tras su desconcierto inicial, Berta interpretó la decisión de su padre como una rendición en vida frente a todo lo que habían creído y mantenido en casa como irrefutable. La incineración, la ausencia de oficios religiosos, en una familia como la suya tan apegada a lo tradicional, tan conservadora, y sobre todo en una persona como él, de edad y costumbres exquisitas y clásicas a la mesa y en el vestir, de épocas pretéritas comparadas con la modernidad, acaso ligeramente chapada a la antigua, le hizo concebir sus pretensiones como algo ilógico, extemporáneo, poco natural, más como un desatino que como un capricho. Para ella, su padre se veía morir y firmaba de palabra, a su manera, un irreflexivo testamento, tan absurdo como obstinado.

—Al menos, así, por los aires, seguro que podré respirar mejor que ahora —dijo no sin cierto sarcasmo y repitió—: Prométemelo.

Rápidamente, a Berta se le encendió como una lucecita en la cabeza y pensó, por un instante, que él había heredado —ya se lo había comentado a los demás familiares en alguna reunión festiva—, al igual que todos sus hijos, el orgullo descomunal de la abuela, doña Mariana, la matriarca terrateniente venida a menos. Según había oído, todo un personaje en el que no había ahondado lo suficiente, pero que habría necesitado para ella sola un par de biografías.

Ilustración de Manuel Martín Morgado.

Hasta ese momento, su padre ni lo había demostrado en su manera de conducirse ni lo había expresado en voz alta en sus conversaciones. Como nunca le había hecho falta, había mantenido ese talante celosamente guardado en lo más profundo, con enorme discreción. Lo cual no quitaba para que soliera manifestar muy de vez en cuando: «El orgullo es el aliento y la independencia del pobre».

—¿No podemos charlar de otros asuntos, papá?

—Creo que no. Esto urge, Berta. No llegaré a mañana. Ah —se inquietó levemente, bajo la sábana moviente, con una elevación de mano—, que no se me olvide, la urna la quebráis al final y dispersáis también los trocitos por donde creáis conveniente.

 

*

 

Afuera, la tarde iba cayendo, definitivamente transformada en un crepúsculo de tonos rojizos, y Berta pensó en la cena de casa, en que la chica estaría ya barajando cerrar la tienda, haciendo caja. Desvió la mirada de los cristales y se detuvo en la mesilla de ruedas trabadas, sobre la que seguía la bandeja con la merienda intacta, la leche fría.

—Me ha venido al pensamiento tu primo José Aurelio —hizo una pausa—. La vanidad de tía Salvadora va a sufrir un duro golpe, una tremenda decepción, al saber que su ojito derecho, el sacerdote, a cuya ordenación nada más y nada menos que en Salamanca fuimos todos, no oficiará mi sepelio. ¿Lo recuerdas?

—Por supuesto que lo recuerdo, papá. Tuve un dolor de pies espantoso durante todo el día por culpa de mis zapatos recién estrenados y porque no alcancé  o no me dejaron sentarme en toda la mañana. Me cansé enseguida y me aburrió soberanamente el ceremonial envuelto en incienso.

—Berta, digan lo que digan, intenten lo que intenten, protesten o pongan el grito en el cielo, no cedas. Es mi última voluntad y no tengo por qué justificarla. Sólo pido un respeto.

Ella no respondió a su inquietud que en el fondo la interpretaba como inseguridad, tal vez miedo. Y recordó a su primo, a su tía, hermana de su padre, en cómo dirigió aquella llamada vocación sacerdotal de José Aurelio desde que era un niño, su pavoneo continuo de señorona por la parroquia e incluso por la catedral durante la ordenación, en cómo nombraba al obispo como si fuera un familiar cercano, en qué tono hablaba del vicario y en cómo contaba su viaje a Roma para ver en audiencia al Papa, cuando en este caso era una más. Y pensó, claro, en cómo iba a sentarles, a ella y a su primo, la decisión de su padre. Pero se le quedó la mente en blanco con lo que le había confiado su padre y además, en esos momentos, le importaba bien poco todo lo demás.

—¿Hablasteis con el resto de la familia? —sus inesperadas ganas de conversar, a pesar de los ahogos, eran irreprimibles.

El resto de la familia eran dos cuñados por parte materna, ambos jubilados, viudos y sin niños, los niños y Amelia, hija y hermana suya, y su tía, madre de su primo José Aurelio, el cura.

—Desde el principio. Todos están al corriente de tu ingreso. Por protocolos de seguridad no dejan entrar más que a los familiares en primer grado. Te mandan saludos y deseos de recuperación.

—Eso es de agradecer. ¿De verdad que no pueden darme más oxígeno? ¿No pueden rellenarme la bombona? —le preguntó, agarrándola suavemente de la mano—. Tengo la impresión de que tengo hormigas corriéndome por el interior de los dedos.

—Ya te lo he dicho. El aparato funciona como tiene que funcionar, papá —respondió con una caricia, un pequeño masaje, reteniendo su mano fría en la suya y observando sus uñas ligeramente azuladas.

Permanecieron así unos minutos y, poco después, siempre con la mirada perdida, su padre la retiró poco a poco para sumirse en un silencio del que ella hubiera deseado verlo resurgir con otro ánimo, felizmente recuperado de esos sueños extravagantes, de esos funestos pensamientos y voluntades, de la enfermedad. Pero, en un segundo, él volvió a reaccionar para expresarse en voz baja, de timbre nasal, con un cierto sofoco, algún pitido, un leve carraspeo:

—Ni tu madre ni yo encontramos en su día el consuelo que necesitábamos por haber perdido a tus dos hermanos. No nos sirvió de nada el psicólogo para la mente ni el médico para el cuerpo ni José Aurelio para el alma. ¿Te das cuenta? —levantó las cejas como si subrayara con ellas la pregunta y con ello profundizó en los surcos que le recorrían horizontalmente la frente—. Ni unos ni otros fueron capaces de argumentar con sensatez en contra de una verdad como un templo: que ningún hijo debe preceder en la muerte a sus padres, como exige esa ley no escrita de la naturaleza. Y ahora, para rematar, esta dichosa dolencia que no me deja respirar.

La reciente puñalada, casi recuperado ya de la lejana muerte del primogénito, al intoxicarse Fernando con aquel frasco de pastillas, sería la última que recibiera. Y ahora, afectado también por un virus que podía llevárselo en cualquier momento, ese enorme orgullo resurgía volcánico en, para su hija mayor, bastante más que sorpresivas exigencias.

—Nada puede haber en este mundo, ni en el más allá siquiera, que justifique tan terrible e inaceptable sufrimiento. Nada puede contar después de eso, ni el amor ni la compañía ni el trabajo ni las distracciones ni mi hermana. Nada. No hay redención posible. ¿A quién hemos hecho daño? Siempre fui compañero atento, trabajador serio y honrado y padre cariñoso, a mi seca manera. Tu madre fue respetuosa del matrimonio, de Dios, del prójimo y siempre me quiso. Ella os lo ha dado todo, por igual, a los cuatro. Vosotros habéis tenido los estudios que nosotros no tuvimos y luego cada cual escogió su propio camino sin que nos tomáramos la libertad de participar en vuestras decisiones ni siquiera con un consejo. ¿Qué pecado hemos cometido para ser merecedores de semejante castigo en vida?

—No hables, te fatigas. ¿De qué sirve ya martirizarse, papá? Te vas a quedar sin oxígeno.

Su padre había enfilado esa tortuosa senda de la queja airada, mezcla de amor propio y desencanto, y ni Berta ni nadie sería capaz de apartarlo de ella, de detenerlo.

—Dime, Berta, por favor, si nuestra pérdida es compatible con todo lo que os hemos enseñado y hecho respetar en la vida. No puede ser posible que, ante aberraciones como las que hemos vivido, suceda o quede algo tras la muerte. Incinerándome, albergo la esperanza de que no resucitaré de entre los muertos. Si hay algo por ahí, al menos, estaré con Fernando, al que por su suicidio no enterramos en el cementerio. Y si no lo hay, peor para quienes lo crean. ¿De veras merece la pena resucitar?

Dejó caer su rostro hacia el extremo opuesto de la almohada, hacia la pared blanca:

—Frente a Dios, quien según tu primo José Aurelio siempre obra en este mundo con misericordia e infinita bondad, sólo estoy dando un perfecto corte de mangas a ese más allá del que, todavía, nadie ha sabido darme una prueba definitiva de su existencia.

Y cuando pareció terminar y quedó en silencio, Berta no supo reaccionar. Lo consideró por unos segundos y comprendió con una cierta emoción y un largo paréntesis, al fin, su agitación, esos fantasmas que se le presentaban ahora por todas partes en la habitación, ese erial comunicativo en el que lo hundía su esposa y madre quien, de espaldas, se tragaba ahora a través de la ventana la oscuridad que empezaba a cubrir el cielo, y que, sin embargo, tal vez por eso, lo impulsaba a hablar sin cesar.

Cuando se levantó y empezó a recoger sus cosas sin prisas, como si las cambiara de sitio, Berta no cayó en la cuenta hasta tiempo después de que su padre no había hecho una sola referencia a su infancia, ese vergel feliz al que se sujetaban en cierta manera las personas mayores cuando observaban de cerca el vacío.

—¿Quién se queda esta noche conmigo en el hospital?

—Amelia está de guardia en la clínica. A mí me toca hoy descansar. Se quedará mamá.

—Gracias, hija —movió la mano para estrechar la suya, con sus ojos cercados de arruguitas finas, en los que ella supuso, en sus labios ocultos por la mascarilla, una sonrisa.

—Qué tontería, papá. ¿Por qué me das las gracias?

Y tuvo que acercarse para oír muy de cerca lo que le respondió con un hilillo de voz:

—Porque no moriré solo.

 

*

 

Tras el almuerzo, no había un alma por entre las sombras que proyectaban todos aquellos árboles. Un sol pujante se desplomaba sobre la bahía y envolvía en su calor pastoso la ciudad entera. Al aire corto que balanceaba suavemente las hojas oscurecidas y brillantes de los gigantescos ficus, en el húmedo parque de Villarejo, al rumor ininterrumpido de las aguas de la fuente central y el océano como telón de fondo, Berta susurró, en lo que fue su oración de despedida:

—Descansa en paz, papá. De ti no queda sino humo deshecho y, como no tenemos donde rezarte, te mandamos ambas un fuerte abrazo desde este mundo hacia esas otras brumas del universo paralelo en el que tal vez te encuentres. Cada vez que te echemos de menos, vendremos a este hermoso lugar para hacerte partícipe de nuestros pensamientos.

Amelia, la pequeña, nacida de un embarazo tardío, la que no terminó sus estudios de medicina pero sí los de enfermería, la que en apariencia parecía no haber penetrado nunca en ninguno de aquellos secretos de familia que se perdían solapados y aciagos por los pliegues de un lejano pasado, estuvo allí para acompañarla puntualmente.

Una y otra, provistas de gafas de sol que disimulaban en realidad la emoción de unos ojos nublados de lágrimas, y vestidas con sus mejores galas, aguardaron a que las cenizas volaran lejos, a que desaparecieran por encima de las araucarias y de los altos setos perfectamente recortados del parque, suspendidas y mezcladas con el aplastado calor marino de la tarde de ese verano en el que su hermano Luis hubiera cumplido cincuenta y seis años.

En aquella cama del hospital universitario, con su esposa hipnotizada por una ventana de persiana bajada y hundida en un silencio diamantino poblado de sombras hirientes, su padre había fallecido a escasas horas de una conversación que a Berta se le quedaría grabada tan poderosamente que hubiera podido incluso rememorarla palabra por palabra y sin esfuerzo durante el resto de su vida.

Fue al cabo de tres meses y medio, tiempo suficiente como para haber disfrutado de sus cenizas en casa, en un modelo de ánfora de mayólica bien conocida de todos, esmaltada con arabescos en blanco y plata, cuando Berta decidió que ya era hora de esparcirlas poco a poco y en compañía de su hermana Amelia, por cada uno de aquellos hermosos parajes que su padre le indicara en su día.

Al contrario de lo que él deseó, su madre no accedió a desplazarse con ellas para lo que consideraba, muy en el fondo, una especie de ceremonia pagana. Se había enroscado como un insecto en un rincón de la sala principal del tanatorio, sin responder a los saludos de nadie y, si ya hablaba poco o nada desde lo de Fernando, empeñada en una invisibilidad que su cuerpo de mujer de fuerte constitución se empeñaba en contradecir, en esos días de desolación, emergió una sola vez, sin que ellas le hubiesen reprochado absolutamente nada, de su abisal mutismo, justo antes de que salieran a la calle con el ánfora de asas de cordón, colmada de cenizas.

—Conozco vuestros silencios, el tuyo, Berta, y también el de tu hermana Amelia. Lo dicen todo. Creéis que no los entiendo, pero siento que pesan mucho más que las palabras y que no hay respeto en ellos. Y me pregunto quién tiene derecho a juzgarme, a obligarme a actuar de una u otra manera, a cumplir la voluntad de nadie en uno u otro sentido. Tras perder a mis dos hijos, no podría haber en esta tierra suplicio más doloroso y profundo para una madre. Vosotras no podéis imaginarlo. Desengáñate, ni siquiera la muerte del marido que los engendró.

Frente a la espesa vegetación, con Amelia a su lado, a Berta se le vino a la mente, como en un inconsciente suspiro, la comparación de los dos recientes funerales, el de su hermano y el de su padre, la gran cantidad de gente que acudió a ambos. Cómo la discreta ausencia religiosa del segundo —al que mi tía Salvadora no asistió y en la que José Aurelio se dejó ver más como primo y familiar que como cura, tuvo la deferencia de dejar el cuello duro en la parroquia y no hizo siquiera ademán de esbozar un rezo— prevaleció sobre el tono piadoso del primero.

Berta experimentó con ello cierto placer y consuelo, como un alivio, por la callada intimidad con la que se había desarrollado esa última celebración en el parque, al aire libre, menos luctuosa o atormentada, casi festiva, liberadora. Le pareció, en definitiva, como si en lugar de echar en falta algo o interrumpirlo, la propia ceremonia hubiera consumado en realidad un bucle en un mundo de partículas en movimiento en el que todas vinieran al final a unirse en un mismo plano, a casi rozarse la cola, pero sin tocarla, de su espiral infinita.

Por un momento, sintió incluso rozar la blasfemia cuando comparó en su cabeza precisamente el descanso cerrado en el panteón, en la tumba, en el nicho, en el ataúd de un cuerpo al que estaba abocado a su muerte todo cristiano de manera claustrofóbica con lo que se le impedía liberar su energía, incorporarse al aire fresco o a la tierra nutricia, disolverse en éter o deshacerse en sus profundidades húmedas y acogedoras para dar así la mano al ciclo natural de la vida, a las fuerzas originales que constituyen la naturaleza.

Entonces, por un instante, recordó el hecho de que la urna crematoria de brillo metálico con las cenizas de Fernando aún permanecía en casa de sus padres, en el cuarto en el que él se crió desde su nacimiento, donde se guardaban celosamente muchos recuerdos de su infancia, un cuarto vedado a todo el mundo en el que ni un solo miembro de la familia, y menos aún la sirvienta de toda la vida, tenía derecho a entrar para limpiarlo.

Autor

  • Manuel Gómez Angulo

    Manuel Gómez Angulo es Licenciado en Filología Francesa por la Universidad de Sevilla y de Filología Hispánica por la de Granada. Profesor emérito del IES. Padre Suárez de Granada. Traductor de poesía, novela y ensayo, colabora habitualmente con la revista El coloquio de los perros y en el Boletín de la Academia de Buenas Letras de Granada. Fue premio de cuentos Alcotán y ha publicado un volumen memorialístico 'De memoria' (Tréveris, 2003) y la traducción del primer volumen de la trilogía 'En la Alemania Nazi' (A la sombra de la Cruz Gamada) de Xavier de Hauleclocque.

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