Malcolm Scarpa retratado por Jorge Martín.
Primer movimiento: La Taberna Fantástica
La llamaré Edisa, como la podría llamar Alejandra, o Susana, Olvido, y resumía en sus labios pintados con un carmín de color cobrizo que evidenciaban desagrado, hartazgo, inconformidad, duelo, tontería, cansancio de mí y cansancio del mundo, una historia de vida cualificada por la frustración de carecer del atractivo salvaje que hace rendirse a los tíos y a veces intimida, dando tumbos de bragueta en bragueta a la búsqueda de un amor que nunca llegaba, y si llegaba era para quedarse dos noches entre las sábanas de una cama indigna o en el asiento trasero de coches comprados para impresionar, a los amigos y a las nenas. Los labios que se torcían de una forma inconsciente o quizás voluntaria. La falda hippie que le llegaba hasta las Martens negras. Acaso ese lunar postizo con que intentaba realzar sus pómulos anoréxicos, reclamar atención, levantar la mano de la coquetería. Con ella vi por primera vez en directo a Malcolm Scarpa. Creo que en noviembre de 1998. O un poco antes. No sé. No lo recuerdo.
Le acompañaba a la batería Tito Ruano, en el almacén de La Taberna Fantástica, donde a diario jugaban al mus y a los dardos y se destrozaban el tabique nasal con cocaína cortada con Rohypnol cuarentones con camisas de cuadros y gafas de presbicia, pijos en la treintena recién estrenada que bordeaban el límite de la adicción, maduras de rasgos masculinos solitarias en la muchedumbre y enganchadas. Alguna que malmetía entre novios enfrentados para conseguir una relevancia que su fealdad sin embargo persa le negaba, como un ajuste de cuentas contra ese halago que nadie le había dedicado, y deseaba con obsesión hitleriana. Niñas con el loro en la boca por la coca cortada. Y sus valientes pagafantas que subían y bajaban al baño con la puntualidad del centenario reloj de Sol. Sobre todo, tercios y hachís. Pupilas fundidas en un hazmerreír de deseos que provocan las hormonas al hervir, y el costo convierte en hipersensibilidad a las caricias, disposición al placer. La mano vuelta del revés. O los brazos cruzados contra la chupa de cremalleras y ese olor a vaselina de cannabis que con los años mutaría a speed, pastillas rojas, pastillas morenas, micropunto amarillo, panoramix y budas, burlas de la dependencia que finaliza siempre en bases de cocaína, chinos de caballo, el palpitante buco en el empeine del pie o en las ingles. Risa floja. El club de Leño. Mucho viejo rockero.
A dónde miraba Malcolm.
A nada. A nadie.
A dónde mirabas, Malcolm. Dime a dónde mirabas.
Tic Tac.

Sus ojos eran una nota que acababa de imponerse sobre el acorde anterior. Querer más. Entre rasgueos de guitarra descolgados del mástil y el sonido metálico de los platillos que zumbaba Tito. Improvisación sin mesura. Herencia del jazz. La novia del baterista gritaba enfurecida cerca de él. Poco tiempo después, en diciembre, él la dejaría por Edisa, por Susana, por Olvido. Alejandra, quizás.
El trabajo de la memoria, su didáctica caprichosa y fugaz, un totalitarismo hasta la devastación. Nadie puede sustraerse a su código de órdenes ministeriales y reales decretos. Aquella noche dejó titilando en mi memoria el recuerdo de los ojos vigorosos y la actitud violenta de Malcolm contra la guitarra que se contraponía a las estatuillas de músicos de jazz sobre la barra de La Taberna, cuántas ficciones habrá inspirado su personalidad, convenientemente deformada para evitar toda similitud razonable. O no. De cuántos repertorios de mitos personales, de fetiches musicales formará parte la figura de Malcolm Scarpa. Cuántos admirarán su obra. Cuántos seguirán escuchando una y otra vez sus veinte discos que dejó como legado. Esto queda claro en el documental sobre su figura rodado a partir del homenaje que le ofrecieron amigos músicos en la Sala San Pol a finales de enero de 2023, al cual cuentan quienes le conocieron bien que nunca hubiera ido.
Shame on you.
Segundo movimiento: Contraclub
Hubo otro concierto en el que vi la mirada de Malcolm Scarpa destellar contra una turba que hablaba y reía y gritaba idioteces cobijados por la semioscuridad nativa del Contraclub, ese garito próximo a Bailén que barría las últimas esquirlas del indie noventero, y con poca suerte y menos dedicación que en el escondido y marginal garito donde le vi tocar por primera vez. La fauna de allí, tan distinta de la que arrasaba los fines de semana La Taberna. Las alcoholizadas muñequitas de mirada ansiosa y tobillos anchos y embellecidos con cadenas de plata que jugaban con las faldas indias igual que gitanas en tablaos flamencos. Algunos conocían a Ñaco Goñi. Casi nadie a Malcolm. Creo que crucé dos palabras con él. Me rehuyó. Fue en 2006, o tal vez 2007. Pero sus ojos ya carecían de la furia reivindicativa que inundó todos los huecos del almacén donde le vi tocar una década antes al compás de esa singular agitación de brazos y ese culebreo de dedos con que parecía que maltrataba la guitarra antes que interpretaba melodías improvisadas y que apuntalaba cierta autoridad, la autoridad de la inquietud por nunca repetirse, hasta inventar su público. Sobrábamos. Malcolm nos creaba.
Prescindía de la notación patriótica para las partículas interrogativas, tal vez a causa de su buen dominio del inglés, una lengua que sin duda había aprendido para saciar su mitomanía musical. Yo había oído hablar de su libro, desconcertante y en cierta medida lírico, Qué te debo, Jose?, a principios de la década de 2000, en conversaciones cruzadas donde la pasión por la música se diluía en la repetición multitudinaria de los mitos con que la gente pasada de edad, derrotada en trabajos oficinescos o basados en la atención de clientes intolerantes, intentaba justificar una vida que, sin lugar a dudas, había que dar por convencional. En ese magma acomodaticio, la obra de Malcolm Scarpa irrumpía con el peso del plomo colándose en comentarios elogiosos que también se mezclaban con chanzas, anécdotas de la vida real del bluesman español, como le llamaban en estos bares la peña con cuatro cervezas en el estómago. Malcolm jugando al fútbol en el parque Calero. Malcolm en la calle Zigia con su guitarra. Malcolm tocando en garitos poco recomendables. Malcolm en Bilbao. Malcolm negándose a aceptar los arbitrarios imperativos de productores solo interesados en engordar su cuenta de resultados, los que le pedían un sacrificio, canciones fáciles de recordar, pegadizas, comerciales, cantadas en español. Malcolm poseído por el duende fatal de la música. Malcolm cantando a una niña, hija de los propietarios del estanco que aún sigue abierto en la calle José del Hierro. Malcolm escribiendo en servilletas, la base de sus canciones, de Qué te debo, Jose? Malcolm dejando de fumar. Malcolm sonando en La Rue del Percebe, El Calero, en Azar, en la Beethoven Blues Bar, La Sucursal, en el Sinsalsa. El circuito rockero de la Concepción, Pueblo Nuevo y San Juan Bautista. Malcolm en Radio 3.
Que le etiquetaran con el manido marchamo de maldito, cruzados los años y sustituida la pasional rebeldía juvenil por una vocacional pasión por la música sin adjetivos, le debía parecer un argumento de venta al cual recurren palafreneros dedicados a la redacción de trampantojos para saciar la sed de cotilleos de un público anestesiado e indolente, dónde vivía, qué hacía cuando no tocaba, quiénes eran sus amigos, familiares, una anécdota con este músico, con este otro, por favor, cuéntame algo de las mujeres con quienes estuvo.
Chorradas.
El nietzscheanismo de Malcolm:
–Saber mucho impide ver lo evidente.
–Ser otro a ratos es una cualidad para hacer arte.
Dedicar la vida a un concepto de la creación musical, original y poco alineado con modas y refractario a las exigencias de la industria, aunque el mercado te castigue con desinterés y silencio, condenándote al exilio del público de culto, porque lo que haces no vende, no tiene recorrido, no le puedo dar salida, ya sabes de qué va este negocio. La ley de Gresham. La moneda mala desplaza a la buena.
Qué es sino Something like that, ese disco que bebe de tantas tradiciones que supongo que a la crítica especializada le costará clasificar en un estilo en concreto. El estilo Malcolm Scarpa.
Nunca ensayaba.
El lunfardo Antonio Bartrina, cantante de Malevaje, ha escrito que San Pol fue en su tiempo Cine Estudio Griffith.
El cine. Otra de las pasiones de Malcolm.
Tercer movimiento: El Castillo
Le debía arrebatar la actividad inconfesable de mirar a las madres jóvenes, en sus palabras, ensayando sus primeras armas, a las colegialas del Corazón de María dar sus quintas caladas a cigarros que comprarían en el tenderete que a mediodía y por las tardes montaba aquel anciano de gafas gruesas en el portalón de hierro tras el cual se levantaba, colonial y disciplinario, el Colegio Obispo Perelló, donde cursó estudios, y del cual sin duda guardaba recuerdos encontrados, como cuando se refiere al rector, el muy conocido Zubitegui.
–Putizegui, hijo zuta.
–Soy de extrema izquierda moderada.
Y por igual le debía fascinar la vida diaria, la de los mordiscos a las manzanas y el atardecer pesado de primavera y las faldas breves y anticuadas de las adolescentes de EGB. Eso queda claro en Qué te debo, Jose?, una muestra de su creatividad desbordante poblada de aforismos, greguerías y humor subversivo. Un libro desbordante, inclasificable, que parece pensado a partir de la estética tardopostmoderna de Massimo Fusillo y las propuestas últimas de Italo Calvino que anuncian este horizonte de duda, impugnación y sospecha, un libro en el que aparecen pocos músicos y muchos escritores, Pavese, Mann, Sartre, Costafreda, Borges, y que revela su condición de letraherido, de lector voraz, de artista preocupado por la edificación de un universo personal extemporáneo y radical que sin duda anida bajo sus creaciones musicales, un suelo displicente que explica su desinterés militante por las clasificaciones bobas y su entrega a la música, hoy blues y mañana rock, jazz y el pop último, en qué género encuadrar aquel video grabado en el Parque Calero.
–Leer es perder el tiempo.

–Schumann Capote.
Vi a Malcolm Scarpa, por última vez, hace un par de años o tres, cerca de El Castillo, un restaurante situado en la calle Hermanos de Pablo. Estaba dubitativo. Unos meses antes que él, como una premonición que anuncia el castigo final, supe que se había ido un compañero de carretera y seguro que amigo a quien, en mis ocasionales paseos caóticos por el Calero, cerca de donde vivió Alfonso Sastre, siempre le encontraba al mediodía sentado en un taburete junto a la puerta de un bar, con un tercio en la mano y cien notas rondando su cabeza con la rabia de saber que nunca podría atraparlas, que se escapaban de sí como el humo que exhalaba al bajar el brazo y hacer descansar la palma de la mano sobre la rodilla, el cigarro que podría ser Fortuna, Lucky, o tabaco de liar. Siempre le conocí por su nombre. Jamás escuché su apellido hasta que se marchó. Pero su imagen detrás de Malcolm aquella noche en La Taberna sigue fija en mi memoria como ese recuerdo ajeno, exterminado y amarillento, del que nunca, no sabes por qué, eres capaz de zafarte. Esta es mi deuda de tinta y admiración.




