La esposa, muerta y frita

“El Tío Gurrumino / mató a su mujer, / la llevó a la plaza, / la puso a vender, / la gente pasaba / y olía a tocino / y era la mujer / del Tío Gurrumino”. Esta popularísima retahíla infantil vive desde hace siglos en los juegos de millones de niños. He recogido muchas versiones de España y América que, con pequeñas variantes, recrean la misma escena estremecedora. Así, en Cádiz, el Tío Gurrumino es a veces Don Chiripito y lo que se olfatea en el mercado es la “carne frita” de su esposa, hecha antes pedacitos y puesta en la sartén; en el País Vasco es Antonio Carolina quien “mató a su mujer / la metió en un saco / y la llevó a moler”, sin que el molinero acabara de creerse que aquello fuese harina; en Madrid, Don Federico “mata a su mujer, / la hace picadillo / y la pone a recocer”; en Argentina y Chile al peculiar jifero se le llama Guatón Colorao: más aficionado a la casquería que al despiece, de éste se dice que “mató a su mujer / con un cuchillito de punta de alfiler” y que en su pregón voceaba “¡Vendo tripitas de mala mujer!”.

Más explícitas son las canciones que, entonadas por los adultos, recrean la misma escena. En las zambombas de Castilla, Extremadura, Portugal y Andalucía se entona con frecuencia el antiguo romance de Albaniña, En él, la esposa aprovecha la ausencia del marido para gozar con un amante ocasional en su propia cama. El regreso inesperado del esposo pone a su mujer en la tesitura de tener que responder a ciertas inquisiciones (“¿De quién es ese sombrero?”, “¿de quién es ese caballo?”, “¿de quién es esa chaqueta?…”); finalmente, a la mujer no le queda más remedio que reconocer su adulterio y aceptar, en consecuencia, el “ajusticiamiento” de manos del marido. Albaniña muere a causa de los disparos del esposo ofendido, a la Reina del romance de Landarico (también adúltera) y a la protagonista de otro venerable romance de infidelidad, el de Bernal Francés, le cortan la cabeza; en fin, a la esposa promiscua de la vieja balada de Los presagios del labrador el marido la descuartiza, en algunas versiones hace lo mismo con el amante y en todos los casos pregona en el mercado la venta de la carne de los traidores, explicándonos así las poderosas razones del crimen del Tío Gurrumino.

Óleo de Frida Kahlo.
Óleo de Frida Kahlo.

Viene todo esto a relacionarse con la queja más habitual entre magistrados y juristas a la hora de valorar la insuficiente eficacia de la Ley Integral contra la Violencia de Género. El mayor obstáculo no está en la justicia –dicen éstos-, sino en la moral social, es decir, en la “zona humana” del asunto, en el día a día de las relaciones familiares o laborales, en la educación que, de hecho, se practica en las escuelas, y en definitiva en los códigos que guían nuestras conductas esenciales y nuestra comunicación. Mientras que la ley avanza en su deber de plantear utopías (conductas deseables), la moral social (mucho más atrás que la ley) persiste en manifestaciones indeseables y se muestra –como la liebre del cuento- perezosa por alcanzar metas obligadas. Al margen de nuestra ideología, nuestros cuerpos expresan esos estereotipos morales que hunden sus fuertes raíces en nuestra memoria cultural y se adueñan de nuestros ademanes, pertinaz e inconscientemente sexistas, pese a nuestros esfuerzos intelectuales por evitarlos. El uxoricidio (presente en nuestro Código Penal hasta 1963 como “privilegio del marido matador” en el que éste quedaba exento de pena si causaba lesiones a la esposa y únicamente era merecedor de destierro si daba muerte “en el acto a la adúltera”) sigue siendo una práctica asimilada como más o menos legítima por una buena parte de la sociedad, que ha basado parte de su moral en ella, y que ha amasado a lo largo de los siglos una serie de conductas tozudas que le son propias. En la médula de esta situación, se aprecia un conflicto entre la llamada “cultura del honor” y la liberación de la mujer.

¿Qué es la cultura del honor? ¿Sobre qué presupuestos se sostiene? ¿Con qué palabras y gestos se expresa? Básicamente, casi podría identificarse “cultura del honor” con “cultura popular” (o al menos incluir aquélla en el global de ésta), desde el momento en que ambas se acoplan en su función de cohesión del grupo, de mantenimiento y reforzamiento continuo de unos elementos que luchan por evitar la individualidad, la libertad, y, por tanto, la desestructuración del colectivo. Como las abejas, nos esforzamos por mantener nuestro ecosistema.

Autor

  • María Jesús Ruiz

    María Jesús Ruiz (Día de San Juan de 1962) es profesora de la Universidad de Cádiz, investigadora y escritora. Colabora en CaoCultura desde sus inicios con artículos sobre patrimonio cultural inmaterial, muchos de ellos recogidos en los volúmenes 'El mundo sin libros' (Lamiñarra, 2018) y 'Lo contrario al olvido' (Lamiñarra, 2020). 'Culantrillo llama a la puerta, poética del romancero infantil' (UCLM, 2023) y 'Poética del buceador' (Garvm, 2025) recogen sus últimas investigaciones sobre literatura de tradición oral. Ha editado parte de la obra teatral y poética de Alejandro Casona, y es autora del libro de relatos 'La música me hacía llorar' (Versátiles, 2022) y de la novela-ensayo 'Higinia: Pardo Bazán, Pérez Galdós y el Crimen de Fuencarral' (Huerga y Fierro, 2024). Más información en: https://asonante.webnode.es/

2 thoughts on “La esposa, muerta y frita

  1. En chile mi nana me lo enseñó así
    Guatón tripita mató a su mujer/con un cuchillito del porte de él/ sacó las tripitas y las puso a vender/ y dijo ¿quién compra tripitas de mala mujer?

    1. ¡Muchas gracias! me han llegado versiones de muchos lugares del mundo, y esa del «cuchillito con porte de él» (tremendo) no la conocía… La sumaré al repertorio. ¿Cantaba el texto para acompañar algún juego en especial? Gracias

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