El vestido rosa

Ilustración de Caridad Soto.

Ilustración de Caridad Soto.

Desde su cuarto, oye los pasos de su madre camino del recibidor. Después, el ruido de la puerta que se abre, y a continuación sus palabras:

—Hola, Juan, entra. Sara vendrá enseguida. Pero no te quedes ahí, hombre, pasa al salón.

«¡Qué falsa es!», piensa al escucharlas. Es para ella el único adjetivo con el que definir a alguien capaz de transformarse de insoportable en encantadora en cuestión de segundos.

Se calza los zapatos sentada en la cama y se pone de pie luego, evitando mirarse al espejo para no deprimirse más ante la visión de su cuerpo disfrazado con esa indumentaria horrible de color rosa. Odia el rosa. Su madre lo sabe y no le importa, fue ella la que le compró el vestido, y la que se empeña en que se lo ponga siempre que acude a algún «evento especial», como dice. Aunque sea algo tan estúpido como la fiesta de esta tarde. Lo cierto es que Sara no tiene otro vestido. Hasta la fecha, ha logrado que su vestuario se limite a camisetas, jerseys anchos y vaqueros, la ropa con la que se siente ella misma. Para que su madre le permitiera que no cuelguen prendas marcadamente femeninas en su armario, tuvo que transigir con ese traje de mangas abullonadas y falda larga de volantes. Y, claro, luego vienen las broncas para que se lo ponga.

Como para recuperar su autoestima, antes de salir del dormitorio echa un vistazo a la estantería donde se encuentran expuestos algunos de sus tesoros más queridos: su colección de cómics, la araña roja de patas negras accionada por control remoto, y la Barbie exploradora, regalo de su padre. Por el pasillo, se abotona el vestido hasta el cuello, anticipando la mirada reprobatoria de su madre. Al menos delante de Juan no se atreverá a decirle eso de «Un poquito de coquetería, hija», piensa. Pero seguro que a la vuelta le soltará su famoso discurso con el que intenta convencerla de que tiene que acicalarse para gustar a los chicos. «¿Y a quién le importa lo que piensen los chicos?», se pregunta, encogiendo los hombros.

Al entrar en el salón, Juan se levanta del sofá y la observa de arriba abajo, como si no diera crédito. Son amigos desde la escuela primaria, pero es la primera vez que la ve con esas hechuras. Mientras tanto, Sara nota la mirada de su madre dirigida a su escote, o, mejor dicho, a su ausencia. Para evitar que adopte cualquier iniciativa relacionada con el asunto, llega hasta Juan en dos zancadas, lo saluda entrechocando las manos como tienen por costumbre, lo empuja ligeramente hacia la puerta y se despide:

—Adiós, mamá.

Echan a andar hacia el recibidor. Su madre tarda unos segundos en reaccionar.

—Pasadlo bien—, dice al fin—. ¡Y no vuelvas tarde!

Sara gira el rostro hacia donde su madre no puede verlo, mientras masculla «No vuelvas tarde. No vuelvas tarde» muy bajito y con soniquete acompañado de muecas ridículas.

—Muy bien, mamá—, responde luego en tono normal.

Cuando regresa varias horas después, entra con la llave sin llamar al timbre y saluda desde lejos:

—¡Ya estoy aquí!

Intuye el gesto de su madre mirando el reloj para cerciorarse de que cumple con la hora establecida. Se acerca a la cocina, que es de donde viene la luz. Desde la puerta, la ve sentada junto a la mesa, con un montón de facturas desparramadas sobre el hule de flores. El cuaderno donde anota los gastos se encuentra abierto, cerca de ella, casi en el filo.

—¿Te lo has pasado bien? —pregunta su madre, levantando la vista.

Tiene cara de haber llorado. Es posible que, una vez más, papá no le haya ingresado la pensión, o que se esté retrasando en hacerlo. Alguna noche la ha oído desahogarse por teléfono con Puri, la vecina del primero, que está separada como ella.

Responde que sí con la cabeza.

—¿Había mucha gente? —vuelve a preguntar su madre, distraída.

Sara sabe que debería retirarse a su cuarto lo más pronto posible, antes de que el interrogatorio se desborde. Sin embargo, algo la retiene en el quicio de la puerta, tal vez el esturreo de papeles sobre la mesa, o el lápiz esmirriado con el que su madre anota los gastos, y del que Sara no puede apartar la vista. No le gusta la escena que tiene delante. Se siente culpable, pero ¿de qué? «Debería hacer algo», piensa. Sólo se le ocurre una cosa. Mira a su madre a los ojos.

—Dos chicos me han dicho que estaba guapa con el vestido—miente.

El rostro de su madre se ilumina y dibuja una sonrisa de oreja a oreja. Separa la silla de la mesa, abre los brazos invitándola a que se acerque y dice:

—¡Mi niña!

Sara frunce el ceño, irritada de golpe. Acaba de comprender las interminables secuelas que se derivarán de esta mentira.

—Ni loca —masculla.

Y, girándose en redondo, desaparece a paso rápido en dirección a su cuarto.

Autor

  • Elena López Torres

    Elena López Torres es Doctora en Filología Inglesa. Ha sido profesora titular de la Universidad de Cádiz durante más de dos décadas. Ha publicado diversos libros para la docencia, y artículos de tipo académico en revistas nacionales e internacionales. En el campo de la creación literaria, es autora de 'El mueble oscuro y otros relatos' (Renacimiento, 2011), y de la novela 'El yacimiento' (en prensa).

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