El llano perpetuo

Bajé en lo que llamaban en tiempos apartadero, en la encrucijada, donde ni siquiera una triste señal indicaba una dirección.

Al detener el ómnibus, el chófer no me miró. Tampoco respondió a mi despedida. No vi su expresión cuando se vio obligado a levantarse de su asiento, con una mano prendida del volante y la otra del agarradero de la puerta, que yo había cerrado mal. Dio un fuerte tirón y un portazo, aceleró y desapareció con un traqueteo atronador y un requemado humo de combustión, carretera adelante, sin un viajero en los asientos de madera traseros.

Así, al atardecer, quedé de pie en el silencio del llano abierto. Y, súbitamente, me sacudió el cuerpo un frío estremecedor. Imposible volver al pasado sin sentir la mordedura de lo invisible, es decir, de la nada que se va filtrando muy dentro, hasta los huesos y su fofa médula, la devora, la deseca y nos devuelve al vacío del que procedemos.

Ahora que estoy aquí, ignoro por qué subí al autocar, por qué me dio la vena y elegí precisamente este descampado.

En tiempos, hubo en él, de cuando la eternidad y los peones camineros, una casa de muros de piedra, que ahora se desmorona a pedazos, con sus tejas —las que todavía no robaron— carcomidas por los líquenes, la cal medio amarilla maltratada por los elementos y un roce de viento continuo que aúlla sutilmente al escurrirse a través de lo que, en sus mejores días, fue una ventana.

En ese testimonio de la devastación, habitó su último ocupante hasta que aquellos hombres dejaron de bachear las calzadas y su oficio se extinguió, como tantas otras cosas. Cuando se hizo viejo y cobró su paga, no esperó a aquel vehículo que pasaba cada tres días. Recogió unos cuantos enseres, se los puso al hombro, echó a andar hacia el este y se desvaneció por el horizonte. Dicen que se instaló en una fonda del centro de la capital, frente a un prostíbulo.

El caso es que por estos lugares me encuentro, escasamente abrigado, sin equipaje, en una planicie interminable, sembrada de piedrecitas de pizarra, pastizales sedientos y juncos que son como el flequillo de esas fingidas lagunas con el que intentan disimular, sin éxito, que no hay humedales tras ellos. Y me pregunto en qué estado encontraré la casa de mi madre, si intacta o como la del caminero.

En lo que recordaba, no ha cambiado el páramo. En absoluto. Cualquier erosión por aquí es inimaginable. Terreno yermo, salteado de esos cantos color regaliz amarronado, que tardaría miles de años en evolucionar o mudar en otro decorado, esparteras y poco más, con la particularidad de que la lluvia, la nieve o el intenso calor, carecen de esencia, como si al intentar atraparlos con la piel o con la mirada, se fundieran en una transparencia única e insidiosa.

Incambiable asimismo, es ese viento que sopla por estos confines desolados. Sin él, nada sería lo mismo, nada tiraría al arrastre de esas nubes tan indolentes como los minutos, a los que su propio trote sosegado, vuelve extraños. Hoy no iba a ser menos. Si corre, malo. Si no corre, peor.

Observo el horizonte. El sol se inclina hacia el ocaso quizás con la ligereza deformada de un botón blando, de polos achatados por la lente acristalada de la lejanía y por su propia incandescencia, y ya puede uno mirarlo de cara. Esa luz que despide alarga en un sesgo mi sombra y lo vuelve todo más parsimonioso, inasible.

Cinco kilómetros. Una legua hasta destino.

Echo un vistazo al reloj. Supongo que me dará tiempo a llegar a la choza antes de que caiga la noche.

Cuando se camina por estas llanuras es como si el firme resbalara a cada paso. Uno se mueve, pero el paisaje sigue siendo el mismo. La inteligencia se agarra al color y a la forma de la grava estrecha de la vereda, por lo demás idéntica, con lo que la sensación de inmovilidad se agudiza, pero el movimiento es innegable y avanzar se avanza. Un poco como ocurre en la existencia o con las pesadillas.

Así, continúo mi marcha sin parar, y sigue el viento, ese viento continuo que puede volver chalada o translúcida a la gente, desbaratarla.

Fotografía de Manuel Gómez Angulo.

Al fin, una señal. Gracias a ese árbol, sé que estoy llegando. No era el único de su especie en zancadas a la redonda, pero sorprendía en su destierro. Mi madre decía que lo plantaron ahí aposta, cuando ella era niña, y que nunca le dijeron de qué clase de árbol se trataba. De él se colgó Emeterio porque su esposa, apuntaban unos, lo engañó —nunca se supo con quién porque aquello era un arenal pedregoso plagado de alacranes, lagartos y arañas ciegas—. Porque enloqueció, según otros. Para aquellas escasas apariciones que eran los vecinos, fue la advertencia definitiva: ramas, tronco o sombra que traían mala suerte y a los que nunca más se aproximaron.

En breve vendrá un ligero declive. Y, como un acueducto de otras épocas, las arcadas de las antiguas conducciones que partían del pantano antes de que lo vaciaran. A la izquierda, la casa de mamá, escoltada por un enorme eucalipto de corteza arcoíris, como un lienzo de lluvia estancada sobre el que una lámina de colores fuertes arraigaran en su superficie fibrosa y se descompusieran hasta sus raíces con aires derretidos de frutas exóticas. A su lado, el pozo de agua amarga que no servía ni para lavar la ropa. A unos metros, un gurruño de tunas que no daban chumbos y un enorme pitaco polvoriento con unos despeinados agaves a su alrededor. A su trasera, había igualmente una especie de alberca, pero no llena de agua de lluvia sino de aceite negro donde, si aún no me falla la memoria, flotará apenas visible el pelaje rojizo y grasiento de una cabra muerta.

¿Y la mula? ¿Seguirán sus restos en el mismo sitio?

La mula se trastornó y quiso morder a su nieto y mi abuela simplemente se giró, me abarcó con sus manos, me protegió en su regazo.

Son malas las mulas. Si dejas que un potrillo se les acerque, mal asunto, acaban con él. Esas hembras que no pueden alumbrar crías están emparentadas con el diablo. Dios las castigó a no tener descendencia.

Mi abuela recibió su dentellada y la curó un médico que tardó tres días en llegar a la choza. Durante toda su vida conservó en un omóplato un hilván de puntos radiales profundos, como si lo hubieran prendido o achicharrado con un cepo de caza, que su hija, es decir mi madre, le aliviaba con potingues que olían a lodo, poleo y mastranzo.

La mula acabó por resbalar desde una altura de unos tres metros. Perdió pezuña, se precipitó por uno de los puentecitos combados de los conductos de aguas potables, mientras buscaba algo que ramonear por sus cercanías, y se quebró el pescuezo.

Al anochecer, se oían berridos, resoplidos, golpes de cascos y nadie —ese nadie es estrecho porque poca gente aguantaba por esas elevadas llanuras, sobradas en desgracias—, quiso ya pasar por aquellos parajes porque decían que su espíritu malvado aún vagaba en torno a un esqueleto que quedó desabrigado, al blanqueo del sol y de los vientos.

Mis tíos aseguraban que, ya mucho antes, aquellas tuberías estaban como malditas, que se oían los lamentos de los viejos difuntos que aún no habían encontrado un reposo para sus almas perdidas por el purgatorio. Igual fueron aquellas ánimas errantes las que se vengaron y despeñaron al animal por herir a mi abuela.

Tengo hambre y anochece.

En el crespúsculo, no hay gemidos de viejos ni bufidos de mula. Tampoco ladridos de perros —jamás los tuvimos porque no había a quién espantar— ni cacareos de gallinas porque el corral está vacío y, aunque la penumbra bien podría estar jugándome una mala pasada, todo parece en su sitio, igual desde mi partida.

Mi madre ha oído, con su fina escucha, el leve roce de mi calzado sobre la aspereza del suelo, se agarra del delantal y asoma por la puerta medio desencajada de la fachada de casa. Al amparo alargado del eucalipto arcoíris, me reconoce, me saluda con una mano en alto. Luego, se pierde por el interior, como si me invitara a seguirla.

La media luz de una bujía me recibe cuando entro en la única sala y, sin abrazos, de espaldas, le pregunto cómo van las cosas.

—Siéntate —me responde, sin darse la vuelta—. Papá se fue a pegarle tiros a los que huyeron a la sierra y la abuela está rezándole a la mula. Te haré un caldo santo: agua, cebolla, perejil, aceite virgen, pimienta y sal.

Eso me hace pensar en la cabra muerta, en Emeterio ahorcado de una rama que yo creí siempre de olivo, en que papá llegó malherido una vez de aquellas escaramuzas por los montes, en que la abuela tiene un rosario de diez mil cuentas.

Entonces, se me ocurre preguntar por el caminero, pero no me salen las palabras y mi madre sigue ocupada en el llanto de pelar la cebolla.

Espero y espero, sentado en una silla de aneas que rechina bajo mi cuerpo, al rumor de su tarea, al canto de un viento inagotable que se escurre por las rendijas de la puerta y de las ventanas, sin que curiosamente tenga ahora frío.

En la pereza del tiempo, mamá no termina de preparar ese caldo porque no veo la lumbre encendida que lo haga borbotear.

No me siento cansado, pero con gusto dormiría en uno de esos tres catres que aguardan perennes en el rincón opuesto a la puerta de entrada de la choza. Sin prisas, sobrevive la noche que, estrellada, si no se invitan las nieblas, velará mi sueño.

Aún me quedan tres días de estancia y la sensación de que los espejos no reflejan los espectros.

Imagen de portada: Fotografía de Manuel Gómez Angulo.

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