Al horno

«No —me dijo el invitado de mi mujer, estudioso de la prehistoria en aquella comarca del sur plagada de pedregales desérticos, en donde el sol despiadado y la extremada abundancia de esparto y pizarra eran reyes—. Yo no fui estudiante de piso. Lo fui de colegio mayor».

Por eso entendí demasiado bien su punto de vista, cuando además, sin venir a cuento —andábamos en los aperitivos y entrantes previos a la cena de un húmedo viernes de febrero—, largó aquella otra frase, aparentemente al voleo, y que venía como a intentar desacreditarse a sí mismo. Imagino que para que, o bien la apuntalara yo siguiendo su línea de pensamiento, o bien la refutara, en términos enfrentados. Más bien lo primero.

Unos años mayor, era sin duda uno de aquellos niños de papá que sólo tenía que centrarse en sus estudios, cuando le tocó desplazarse a la gran capital.

Comida por delante, horarios bien delimitados de duchas, de entradas y de salidas al colegio, de sueño, de almuerzo, desayuno, merienda y cena. Un palacete barroco o renacentista con su sala de lectura u ocio, sus variados juegos de mesa, ajedrez, billar, mesa de ping-pong, televisión, chimenea, la posibilidad de tocar la guitarra o el piano, aceptable biblioteca con volúmenes encuadernados en cuero, capilla pomposa, misa voluntaria en laborables, obligatoria el sábado y el domingo.

Esa clase de chicos que tenía prohibida cualquier visita que no perteneciera a la familia y, mayormente, femenina, a las habitaciones. Esa clase de chicos que no entendía la vida sino como se la habían marcado desde su infancia y repetido en casa y entre sus amistades, una y otra vez, ya fuese en estudios, indumentaria, relaciones, paseos, en trabajo o en dinero de bolsillo. Todo reglado y bien reglado.

Sus estudios dependían de la inversión a largo plazo que en su inteligencia emplearan los padres. Si no valía para ser ingeniero, arquitecto, médico o abogado, pues en ese caso, como mínimo, maestro o empleado de banca, agente de seguros. Un empleo buscado con recomendación o una esas carreritas cortas, con la que pronto encontraría trabajo para toda la vida, si fuera posible como funcionario, con sus oposiciones. Sin riesgos, sin compromisos, todo resuelto, con el itinerario vital perfectamente encarrilado en un tren que marcharía sobre felices y seguros raíles,  en línea recta, y cuyo compartimiento particular, burbuja impenetrable, no admitiría ni entendería de cambios de vía ni de retrasos ni de exabruptos.

Calcada de los de su entorno, su juventud transcurría en la preparación para un trabajo honrado y sencillo, noviazgo ajustado a las buenas costumbres, con una chica decente, bien de la escuela normal o de una familia respetable del propio pueblo o de la pequeña capital de provincias, quizás también maestra, con la que poder si no amasar un capital, al menos ahorrar lo suficiente como para crear una familia, sin estrecheces, y tener hijos a la mayor brevedad, la parejita; y si pudiera ser, boda, viaje de novios a donde no iba la gente vulgar, cochecito propio, vacaciones con sus vecinos de siempre, en el piso o el chalet de la costa.

Y si les daba por el análisis histórico del pasado —entretenimientos de corte burgués que ocupaban el tiempo libre en las largas tardes de ocio que les dejó como herencia de una época olvidable el funcionariado más rancio—, lo mejor era ignorarlo, mirar hacia adelante o muy hacia atrás en el tiempo. Cualquier tema con tal de no hacerse preguntas, verse en el espejo. Como algo excepcional, la Baja Edad Media. Y lo más adecuado y fascinante, las culturas olvidadas con sus lenguas muertas, la Edad Antigua, Mesopotamia, Egipto, las vicisitudes de la Prehistoria, una arqueología de salón que desechara por completo la búsqueda de posibles esqueletos recientes. Con todas esas premisas vitales e intelectuales, nada que reivindicar, nada con lo que calentarse la cabeza.

Ilustración de Carmen Benítez Robles.

Desplazados a la gran capital, expatriados del medio rural para desempeñar un papel y una profesión de poder por esos dominios u otros más modestos, cachorros guardianes del orden establecido, muchos de aquellos chicos no entendían de política. Pero a la hora inaplazable de tener que tomar una decisión, siempre estaban dispuestos a velar por la integridad de ese universo de molde único y feliz del que procedían y en el que se habían criado sin hacerse preguntas.

Habían adoptado sus aires de señorito, imitado sus maneras de niños intachables y educados, con sus camisas recién planchadas lisas, de rayas o de cuadritos, a ser posible de marca, sus pantalones de pinza y cinturón de piel o de goma con la bandera nacional, zapatos náuticos de piel azul, reloj de oro o de plata, su cabello aplastado en un peinado hacia atrás con agua o gomina, su bigotito de lechuguino, sus lugares de reunión o sus bares exclusivos, su cofradía en santoral, sus comentarios vacuos o de homilía, su carencia o escasez de argumentos de cualquier tipo, sus risas excluyentes de dientes recién cepillados y mentón oliendo a costosa loción de afeitar clásica.

Para eso, para la acción defensiva que preservara las cosas tal como estaban, la paz legítimamente arrancada en los campos de batalla, la custodia de una religión verdadera, el rechazo a una transformación social eventual que pudiera poner en jaque ese mundo o una parte de él —todo está bien como está y así se ha de continuar—, no dudaban en emplear la coacción y si eso no era suficiente, la violencia. Bastaba con echar mano de sus guanteletes, sus porras cortas, sus pesadas cadenas o la pistola antigua, pero en perfecto estado de revista, heredada de papá o de tito, de cañón aceitado y limpio, brillante, de cachas de nácar o de baquelita, siempre cargada y lista, en un segundo, para amenazar o incluso disparar, aunque sólo fuera como recurso intimidatorio.

Con su comentario-pregunta, el invitado de mi mujer, simpático, alto y delgado, aún atractivo, al que conocía de un par de saludos superficiales a la salida de su colegio de primaria, no había hecho más que darme a entender, indirectamente, que él había formado parte de esos guerreros de salvaguarda del tarro de las esencias patrias. Lo suyo no era una alusión llena de inocencia que se le escapara como al azar cuando mentó a los niñatos —ese fue el término que soltó sin descomponer su figura— de uniforme que pretendían sembrar el terror entre obreros, sindicalistas, agitadores y estudiantes de letras, en años olvidados. No, lo suyo no era candor, estaba claro. Su intención era la de tender un puente entre ambos. Lo suyo era una tanza agarrada a una caña de pescar y lanzada al socaire, con su plomada y su anzuelo, a las aguas profundas de mi complicidad. Y ese comentario que hizo, ventanita desagradable a un pasado aún más desagradable, era su cebo («Igual hasta eres de los míos, compartamos»).

Sin embargo, como la inteligencia no está reñida con la simulación de la sordera o de la estupidez o, incluso, de la ignorancia, fingí no haber oído pregunta alguna. Y fui lo bastante afortunado como para no tener que verme obligado a picar, a atender sus cantos de sirena o a negarlos, siquiera sobrecogerme en una ligera vibración de mi cuerpo, expresar mi incomodidad.

Fue, así lo creyó, el traqueteo de los platos del entrante, que en ese momento retiraba de la mesa, lo que nubló en parte sus palabras y vino en mi ayuda. Aproveché, entonces, la maniobra exculpatoria del que anda distraído en sus ocupaciones, me levanté con la vajilla sucia en las manos y me refugié en la cocina.

Mientras nuestras esposas charlaban, abstraídas, de otros asuntos, a la espera del plato principal, y sus palabras me llegaban algo tamizadas hasta donde me encontraba y él guardaba silencio, me incliné hacia la puerta del horno para echar un vistazo a la enorme lubina que borboteaba odorante de hierbas a la luz de la lámpara interior. La abrí, apagué el aparato, extraje la fuente y, una vez de nuevo a la mesa, tomé espátula y paleta y empecé a servir el pescado en generosas porciones.

«¿Cómo lo quieres? ¿Más o menos hecha? —le pregunté al mayor especialista en hachas pulimentadas y puntas de flecha del neolítico en la comarca del desierto, cuando le llegó el turno».

«El pescado me gusta muy hecho —me respondió con la copa de vino blanco en la mano y sin mover un músculo de su rostro, observando con atención mis esmeradas maneras a la hora de trinchar y servirle un hermoso trozo de lubina humeante».

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