75 años (más o menos) de poesía española

Obra publicada. Miguel Labordeta. Edición de Antonio Pérez Lasheras y Alfredo Saldaña. Larumbe. Textos Aragoneses. Zaragoza, 2015. 529 pp.

LabordetaEsta oportuna compilación de los libros y textos sueltos en revistas que el poeta zaragozano Miguel Labordeta (1921-1969) publicó en vida (más, en apéndice, las colecciones que se compilaron a partir de material inédito después de su muerte) constituye un nuevo alegato a favor de la tesis de que la historia de la poesía española posterior a la guerra civil está todavía, si no por escribir en sus líneas generales, sí por comprender adecuadamente en su pluralidad y diversidad. Hubo algo más que garcilasistas y “desarraigados”, que poetas sociales y “del lenguaje”, por más que, en la poderosa falsilla en que se ha resuelto esa conversión de setenta años de poesía española a una lección de bachillerato, no haya cabida todavía para las poderosas individualidades llamadas a resistir todo intento de encasillamiento. Una de ellas fue Miguel Labordeta. En su caso, las prisas por publicar el abundante material que dejó  inédito a su muerte contribuyeron a desdibujar aún más su obra y a reforzar una injusta imagen de poeta arbitrario y caótico. La lectura pausada de los textos que realmente dio por acabados ofrece, sin embargo, una imagen bien distinta: la de un poeta dotado de todos los recursos retóricos necesarios para encauzar una voz abundosa y apasionada, a la vez que de una sutil capacidad para subvertir esa misma retórica, que era la de su tiempo. A medio camino entre la poesía social y existencial de Celaya y el neovanguardismo de Carlos Edmundo de Ory, la de Labordeta alcanza sus mejores modulaciones en poemas que combinan el relato autobiográfico con una especie de mirada solidaria y visionaria que trasciende la queja individual y la eleva a grito cósmico; y esa modulación, presente ya en los mejores poemas de su primer libro, Sumido 25 (1948), tales  como “8 de la tarde en Madrid” (“Podría suceder que hubiera fallecido / con toda suavidad / y una alegría olvidada de antiguo / me hace saltar sobre las terrazas y los árboles / y morder en la nuca a las muchachas”), se extiende a los poemas enfáticos y apasionados de su libro más “social”, Epilírica (1961), como el muy citado “Un hombre de treinta años pide la palabra”, y alcanza al más experimental de sus libros publicados, Los soliloquios (1969), en el que tienen cabida algunos de los más delicados poemas líricos que el aragonés escribió: “he de morir sin duda / y aún no sé / si la llama fugitiva / se apaga adormecida para siempre / u otra senda otro ensueño de luz / nos lleva de la mano / hacia adelante / más allá de este viento vacío”.

Poesía completas (1957-2000). Carlos Sahagún. Renacimiento. Sevilla, 2015. 275 pp.

SahagúnCarlos Sahagún (1938-2015) sí es uno de esos poetas que recorre limpiamente y casi sin desvíos la ruta que habitualmente se les reconoce a los poetas “de posguerra”: su inconformismo –rasgo permanente de su poesía y de su actitud cívica y humana– se expresa primero como poesía existencial con alguna inflexión religiosa: “Poema del Gólgota”, de su primer libro Profecías del agua (1957). Acaba con esta imprecación al crucificado: “Y a esa higuera maldita que llevamos / todos dentro, sin vida casi, dale / tu agua pura, y que crezca, y que le salgan / hojas verdes, como si ya estuviera / abierto el cielo y viéramos brillar de nuevo el sol”. Este matiz de esperanza derivará, en los siguientes libros, en un creciente sentimiento solidario, que se traduce primero en el uso frecuente de una especie de primera persona impersonal –“Caminemos. Por entre aquellos pinos / del color de la vida el sol penetra / y sé que no nos abandona…”– y una recurrente invocación a un doble espacio colectivo: la infancia –“Esta canción es para ti, / niño perdido y hallado en la arena”– y la “patria”, palabra que en la poesía de Sahagún no tiene desde luego la resonancia hueca que solía adquirir en la retórica oficial de la época, sino un cálido matiz intimista y solidario, en consonancia con la creciente apertura del poeta hacia el compromiso político, que le llevará a escribir poemas celebrando la publicación del Manifiesto comunista (“Un manifiesto: febrero 1848”) o fantaseando con un posible “desembarco salvador” que hubiese puesto fin a la dictadura franquista en su momento de mayor aislamiento, al final de la guerra mundial. La poesía social de Sahagún no es casi nunca panfletaria: su deseo utópico de una patria mejor se articula siempre en imágenes poéticas de noble ascendencia; así, en el poema “Noche del soldado”, el desamparo de su protagonista va más allá de la denostada circunstancia bélica para convertirse en un grito universal de pérdida: “cada disparo era / como si le quitaran rincones de su pueblo, / la reja con las flores, el olor puro / de los establos, la niñez perdida”. Subyace a esta capacidad de acuñar imágenes indelebles la sensibilidad del poeta hacia el paisaje, la naturaleza y el paso de las estaciones, y su permanente meditación sobre el paso del tiempo y la fugacidad: “Memoria de otros días / junto al río inmediato. En la orilla profunda, / tiempo y agua parados”, dice una de las canciones que figuran entre los espléndidos “Últimos poemas (1978-2000)” que cierran esta oportunísima y necesaria compilación.

Jardín nublado. Francisco Brines. Edición de Juan Carlos Abril. Pre-Textos. Valencia, 2016. 227 pp.

Maquetaci—n 1Podrían haberse utilizado otros asuntos para articular una muestra representativa de la obra plural de Francisco Brines (1932); pero el elegido para esta antología –la casa y sus espacios adyacentes, reales o simbólicos– confeccionada por Juan Carlos Abril se justifica por sí solo: un número significativo de los poemas del autor de El otoño de las rosas transcurre en ese espacio íntimo, extendido a los jardines circundantes y en misteriosa comunión con la naturaleza y el paso del tiempo y las estaciones: “La habitación se agranda en la penumbra / mientras llueve en la calle suavemente”, dice el poeta en el poema significativamente titulado “La realidad no permanece”. Nadie negaría que Brines es un gran poeta vitalista y neopagano, como frecuentemente se ha dicho. Pero lo que no es, desde luego, es un poeta de la superficialidad o del materialismo vacuo. Su sensualismo es, si se nos permite el aparente oxímoron, un sensualismo trascendente. Y si los espacios íntimos en los que se centran los poemas aquí antologados son, frecuentemente, espacios de intimidad entre dos (“Estás ya con quien quieres. Ríete y goza. Ama. / Y enciéndete en la noche que ahora empieza”), la intensidad de la mirada poética con que son evocados deriva, también, de la capacidad del poeta para distanciarse de la escena compartida (“Al aire del jardín / la cama está revuelta de sábanas y luna, / y en ellas está el cuerpo solitario y desnudo”) y entrever lo que el escenario tiene de teatro mental, de espacio para la meditación esencial del solitario (“En esta soledad de los días de invierno, / con los altos rojos áloes / en el jardín, la casa está sin nadie /y yo la habito”). Soledad que es también la sensación que acompaña a la constatación del tiempo ido, o la que se ilumina de deseo y anticipado gozo en los momentos de espera. Pocos poetas han escrito tanto y tan certeramente, en estos tiempos de privacidad devaluada u obscenamente exhibida, sobre la intimidad como espacio de plenitud, en soledad o en compañía. A sus ochenta y cuatro años, Brines le sigue cantando: “¿Qué sucede en los pinos, las palmeras? / He leído el poema de un amigo / y se han puesto a cantar todos los pájaros”.

Poesía y poetas bajo el franquismo. Encarna Alonso Valero (ed.). Visor Libros. Madrid, 2016. 187 pp.

Poesía franquismoEn estos ocho estudios sobre la poesía española de posguerra se ventilan no pocos lugares comunes y se rectifican algunos: la idea, por ejemplo, del “páramo cultural” deja de tenerse en pie. El franquismo, como todo proyecto de sociedad totalitaria, tuvo su ideario cultural, que se tradujo en un tipo determinado de poesía, la “poesía del imperio” que alimentaba la retórica falangista, pero que finalmente se avino a sujetarse a los moldes escapistas del llamado “garcilasismo”, un movimiento neoclásico que, en la inmediata posguerra, supo reorientar la obra de no pocos creadores hacia un ideal de poesía que no entrara en conflicto con las nuevas autoridades. Hubo también, como quieren los manuales, “poetas desarraigados”; pero, como afirman repetidamente los estudiosos que contribuyen a este volumen, la porosidad entre uno y otro grupo fue constante y manifiesta. Y lo más evidente, como explica el interesante ensayo de la profesora Melissa Lecointre sobre “la renovación poética de 1944”, es que la falta de consistencia del proyecto cultural falangista hizo que en ese mismo año, señalado en los manuales como el que vio la publicación de Hijos de la ira de Dámaso Alonso y Sombra del paraíso de Vicente Aleixandre, tuviera lugar una auténtica eclosión poética que incluyó libros de Gerardo Diego, Pedro Pérez-Clotet, Vicente Gaos o Victoriano Crémer, entre otros, así como algunos hitos fundacionales del Postismo a cargo de Eduardo Chicharro y Carlos Edmundo de Ory –que escribía por entonces su poemario significativamente titulado Los poemas de 1944– y una interesante cosecha literaria en las revistas poéticas del momento. Puede decirse que la poesía fue la primera faceta de la vida española que supo sacudirse, con todas las dificultades que se quiera, el peso de las tristes circunstancias sociales y políticas del país. Algunos de los artífices de este difícil logro esperan todavía reconocimiento.

Imagen de portada: Composición, de Modest Cuixart.

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