Fulguraciones mentales en el trópico

Hay quien lee para entrar en una historia ficcionada, hay quien lo hace para sentir las pulsaciones líricas de otro espíritu, y hay quien sólo desea navegar a mar abierto por la mente de un pensador, para ser parte de su bogar por reflexiones densas y brumosas. No es tan habitual que nos aficionemos a la lectura de ensayos o reseñas, tampoco lo es que los poetas disfruten escribiéndolas casi más que realizando su obra personal. Ha sido un verdadero disfrute convivir durante los últimos meses con la Obra Completa. II Ensayo y géneros afines, de Eugenio Montejo. Pocas veces un libro cala en uno de manera tan especial, y desata tanto entusiasmo renovando a su vez la mirada. Publicado por la editorial Pre-Textos en 2022, este volumen al cuidado de Antonio López Ortega, Miguel Gomes y Graciela Yáñez Vicentini es una muestra de lucidez, humanismo y de amor por la expresión escrita.

Al transitar por el laberinto de las anotaciones de nuestro poeta, profesor e investigador venezolano, las compuertas de su mundo se dibujan y acomodan delicadamente en nuestra escucha. Y, al terminar de leer este generoso tomo, se diría que seguimos escuchando la cálida retórica del autor, que ha penetrado con fuerza en nuestros sentidos y pensamientos y, cada vez que se dispara una idea nueva, buscamos el cobijo de su mirada honda y celebrativa de la realidad. Montejo es uno de esos escritores que marcan, que propician un diálogo fértil (e interior) cuando parece comentar con nosotros sus lecturas y observaciones.

Late en todo articulista un curioso y particular afán didáctico, un deslumbramiento expansivo por la cultura, una alegría generosa que quiere compartir con los demás. Y en Eugenio Montejo vemos todo esto. Cualquier suceso artístico que llama su atención es motivo de una fiesta lingüística: puede detenerse en la importancia del monosílabo, en una exposición de pintura en particular, o acercarse a todo un movimiento literario. Él nos traslada, de manera lúcida y amable, serena y colorida, a su época, a su país, a su continente y al perfil de las tierras que recorrió. En una especie de auto sacramental, reverencia el intelecto, los valores, la belleza del arte y del lenguaje de nuestra especie. Estas páginas suponen un maravilloso cofre de tesoros para aprender e indagar en diversas materias. Autores muy conocidos como Neruda, Cavafis, Paz, Cernuda, Borges o Valéry están presentes, así como una escogida muestra de interesantes creadores venezolanos (Andrés Bello, Ramos Sucre o Rafael Cadenas ).

Encontraremos también en el libro múltiples acercamientos a lo que es y a lo que significan la poesía y el idioma: enfoques, aproximaciones, datos desconocidos que enriquecerán y ampliarán nuestro bagaje porque, como él decía, “las palabras se van puliendo al rodar entre los hombres, como las piedras de un río, y las que perviven resultan a la postre las más estimadas por el alma colectiva”. La lengua, esa construcción múltiple, siempre empapada de otras voces lejanas y anónimas, siempre renovándose con cada generación que llega, siempre motivo de gratitud a los que nos precedieron, se convierte en diana de sus observaciones. En palabras de Montejo, la lírica es “el melodioso ajedrez que jugamos con Dios en solitario”.

El compendio está dividido en tres partes: “La ventana oblicua”, “El taller blanco” y “Prosas misceláneas”. Y aunque las meditaciones del volumen versan mayoritariamente sobre el arte poético, sobre la poesía en un tiempo sin poesía, tratan también otros temas que van desde el I Ching y las artes plásticas hasta el ciclo de la Tabla Redonda, desde el alfabeto y la Cábala hasta la aventura surrealista y expresionista.

Eugenio Montejo, en su discurso de aceptación del Doctorado Honoris Causa de la Universidad de los Andes de Mérida (que aparece en este libro), mostró su devoción y deslumbramiento por nuestro idioma: “Una vida destinada a servir la poesía no sólo como un menester de verbal ornato y refinamientos expresivos, que también son de atender, sino como indagación de cuanto la palabra poética puede hacer para elevar a los hombres en nuestra común existencia”. Fiel a esta autoexigencia y a este deseo, Montejo nos ha dejado un conjunto de reflexiones lentas y reposadas, nacidas de su vocación de servicio al lenguaje.

Eugenio Montejo.

Y comulgo con esta actitud implícita de su escritura, la de un autor que detiene su mirada en otros creadores, que sale del círculo del “yo” y del ego para brindar la calidez de su trabajo a otros hermanos de batallas y cruzadas inmateriales. Este ejercicio de escoger citas y pasajes, de darnos el poso en vez de la taza de café, de regalarnos la miel obtenida del polen de la cultura, este acto amoroso para con los lectores que buscamos asir y comprender el universo, mirar el pasado y analizarlo es, en Montejo, una acción admirable. Porque casi podemos sentir el cariño con que realiza su cometido: su amoroso tono verbal, la cuidada búsqueda de la precisión y la imagen para apoyar lo que cuenta, el entusiasmo y el colorido de su prosa dan, en todo momento, buena cuenta de ello. Valoramos su dedicación hoy más que nunca, en estos tiempos en los que una avalancha turbia de información nos desnorta, en este siglo de prisas cuando todo parece inabarcable; sí, es en este trance en el que necesitamos esa voz del ensayista que facilite nuestra labor de acopio. Sus reflexiones curan, abren ventanas, oxigenan, y nos hacen comprender (de una forma más global) el lenguaje que se ha asentado −con sus particulares formas− a ambos lados del océano atlántico, ese castellano mestizo y empapado de historias y de pueblos que, como ninguno, muestra quiénes somos y a dónde vamos.

Desearíamos que siguiera decantándose la creación a través de voces tan equilibradas, sabias y porosas como la de Eugenio Montejo y de otros como él. Desearíamos, como lectores, estos lúcidos resúmenes, estos perfumes de letras almizcladas, estos compendios que glosan tan bien el quehacer cultural de todo un siglo. Agradezco tener entre mis manos su Obra Completa, e invito encarecidamente a entrar en ella. Pues, como dijo el mexicano Adolfo Castañón tras el fallecimiento de Montejo en 2008, nos hallamos ante un “hermano mayor y maestro en el arte de ordenar las palabras y la vida, poeta grande y escritor mayor”.

Emocionante y confesional resulta, en especial, el texto “El taller blanco”, titulado como uno de los bloques, donde el poeta rememora y relaciona el oficio de su padre panadero con su vocación literaria: “Los panes, una vez amasados, son cubiertos con un lienzo y dispuestos en largos estantes como peces dormidos, hasta que alcanzan el punto en que deben hornearse. ¿Cuántas veces, al guardar el primer borrador de un poema para revisarlo después, no he sentido que lo cubro yo mismo con un lienzo para decidir más tarde su suerte?”.

Para Eugenio Montejo, la única tarea importante de un escritor es su misión fundadora, es decir, la palabra que funda porque, con este recordatorio y con el buen hacer de Eugenio, volvemos a la esencia del acto creativo, al impulso de reinterpretar −a través del lenguaje− el vasto mundo en el que vivimos, de remozarlo o reconstruirlo bajo nuevos prismas.

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