Cela en la memoria

Para hablar de Cela, pasados veinte años de su muerte, me acordé del obituario que le dedicó Manuel Vázquez Montalbán en las páginas de El País que concluía de este modo: “Agresivo y prepotente, fue un mal caudillo literario y sin embargo es un imprescindible escritor al que habrá que leer con su yo más explícitamente incluido que el de la mayoría de escritores exhibicionistas acomplejados, incapaces de abrirnos la gabardina en los parques públicos ni de sorber un litro y medio de agua por el ano en presencia de académicos suecos. Cela lo hizo y la hazaña le costó retrasar 10 años el Nobel. Por fortuna, una nueva hornada de académicos entendió que un escritor puede ser a la vez palabra y gesto y que ya Quevedo había glosado la trémula otredad del ojo de cada culo”.

El escritor barcelonés no podía sospechar que entre la muerte del Nobel y la suya propia apenas transcurriría año y medio. Entre los Celas posibles, cuyo impacto literario tampoco le fue ajeno a Vázquez Montalbán,  escojo al escritor, aquel que descorrió la cortina de sus memorias de infancia en La rosa que he leído estos días con deleite, porque más allá de las siempre citadas La colmena, Viaje a la Alcarria o La familia de Pascual Duarte hay otros Celas que descubrir como el que resuena en San Camilo 1936, una de sus obras cumbre, poco citada o reivindicada.

A veces uno puede jugar a combinar Celas, a modo de guiños que él mismo nos ofrece. En La rosa nos evoca la figura del poeta Noriega Varela, doce años más viejo que su padre, y que importa en su biografía al ser el primer escritor que vio de cerca. Muchos años más tarde Cela da a imprenta El asesinato del perdedor, la primera novela que publicó tras la concesión del Nobel, un título a contracorriente, tratándose de que Cela venía del agasajo literario más absoluto. En El asesinato del perdedor escribe que el tojo es la flor sagrada del poeta Noriega Varela. Una obra como El asesinato del perdedor deja claro el escepticismo del triunfador como revelan frases como aquella en la que uno de los personajes dice que prefiere la ruina a la condescendencia y que el triunfo es como una espiga enferma. Claro que a Cela hay que leerle al margen de lo que podía proyectar su imagen pública.

Muy diferente el texto de Vázquez Montalbán, con sus objeciones al personaje grosero y agresivo que también fue Cela, del tweet reciente de Maruja Torres y la respuesta oportunista de Rosa María Artal. Maruja escribió: “Una vez le concedieron a Cela el premio Cambio 16. Y me dijo sosteniendo el trofeo, que era notorio en volumen y peso. Mira, Maruja, así tengo el cipote. O sea, un caballero. Pero al menos, él sabía escribir”. A ver recordar esto de Cela, después de tantos años me da que pensar en la manera que algunos tienen de posar la mirada en quienes además ya no están ni pueden defenderse. A Maruja Torres le responde Rosa María Artal: “A mí me dijo Cela, durante una entrevista, que a él le gustaba flagelar a las mujeres y que siempre echaba un cinturón en la maleta al efecto. Entre otras lindezas…”. Qué decir, sacar estas cosas veinte años después, en esa barra de bar que es twitter donde Cela, a poco que nos despistemos, no es el escritor que tocó el cielo del oficio en la caleidoscópica La colmena, sino el hombre que flagela a las mujeres, el censor, el plagiario, el facha, todo a una. Lo que el texto de Maruja Torres propició es una oleada de haters del otrora Nobel. Ninguno de esos opinantes ha leído de Cela una sola línea ni falta que les hace. Sentencian, descontextualizan, todo ello muy a posteriori, faltaba más.

Ese Cela machista debió existir, el Cela grosero y mediático, algunos, por edad, lo pudimos ver en la televisión de los años ochenta, en nuestros años mozos, pero aquel Cela, ya crepuscular, convivió con el que realiza en La rosa retratos femeninos de extrema sutilidad para los años cincuenta. El primero, el de su madre: “Mi madre – escribió- tiene un entendimiento estético de la vida”. Y luego: “A la mujer española se le suele dar una educación parcial, una educación de criada. Lo que se llama la educación tradicional de la mujer española es uno de los últimos vestigios de la esclavitud”.

Camilo José Cela.

Pero podemos preferir la imagen del Cela flagelador que fanfarroneaba más de la cuenta. Claro que sí. Aunque uno prefiera quedarse con la conmoción que le produjo leer La colmena por primera vez y que esa obra me llevara al Manhattan Transfer de John Dos Passos y este al caso de José Robles y hasta qué punto podía doler la Guerra Civil de las Españas, el rojo de la sangre y de las torvas ideologías que podían llevarse por delante al menos pensado. Todo ese clima prebélico está en las páginas de San Camilo 1936.

Leo La rosa y me acuerdo de una carta de Cela a mi padre, fechada en Palma de Mallorca, un 2 de mayo de 1962, dirigida a su casa de la calle Cervantes, mecanografiada, con el membrete de la Real Academia Española,  pero rematada con la firma del escritor, que ya había entrado en la cuarentena. Le pedía los números 11, 12 y 15 de su graciosa revista gaditana Caleta. Así la denominaba. “Estoy ordenando mi biblioteca y me haría gran ilusión completar la revista. ¿Puede usted ayudarme?” Todo un futuro Nobel preocupándose por una pequeña y animosa revista de Cádiz.

Hay otros Celas posibles. Solo hay que tener voluntad y corazón para encontrarlos. Y no la bilis del tweet desparramado. Escojo aquellos Celas que me llevan al escritor poderoso o al hombre que podía llegar a mostrarse afable, cercano, hasta cálido, cuando le entrevistó el gran Joaquín Soler Serrano en su programa A fondo. Pero ya se sabe, el aguijón de las Españas lo mismo se clava en Almudena Grandes que en Cela, según donde sople el viento de la ideología o de la ponzoña.

Enterramos bien o mal, según se mire. A Cela le encuentro en La rosa, subido a un manzano, escribiendo sus primeros versos, a la manera que solía hacer Rosalía de Castro. Y también en la citada entrevista de A fondo, llevada por ese hombre de templanza infinita que fue Soler Serrano, un entrevistador despojado de las ínfulas de los entrevistadores de hoy.

Después está el Cela que nos evoca la última mujer de su vida, Marina Castaño, en un texto ridículo, del que solo extraigo como valioso la referencia a quien mejor ha estudiado al Nobel español, Adolfo Sotelo Vázquez. Búsquese a Cela también en las páginas de Sotelo, pero no en esos tweets que parecen saldar cuentas pendientes.

Ya les gustaría a todos los mezquinos y mediocres que campean por la barra de bar de Twitter, a veinte años de la muerte del Nobel, haber escrito una sola página de La Colmena. Todos ellos revelan su condición humana atacando la condición humana seguramente mejorable de Cela. ¿Se creen acaso en posesión de una única verdad? ¿Desde que altura moral sacan a pasear las miserias del difunto Cela, cavernoso y machista, censor y plagiario? Así ajusticiamos en este país del garrotazo a nuestras glorias literarias.

Lejos de ese ruido vuelvo a La rosa, a Cela cantando y contando su niñez, recordando a sus parientes, en un ejercicio admirable de intrahistoria. Y me dejo envolver por la voz melodiosa de Soler Serrano entrevistándole. Y rescato esa vez que Cela escribió a mi padre y le pidió esos números de Caleta que le faltaban. Aquella breve carta dice ya mucho del personaje que sabía bajarse del pedestal cuando la ocasión lo merecía, artífice a su vez de los maravillosos Papeles de Son Armadans, otro de los muchos Celas que podrían recordarse a veinte años de su muerte. Como escribió José Manuel Caballero Bonald en La costumbre de vivir, Papeles de Son Armadans, entre 1956 y los primeros años sesenta, jugó un papel relevante dentro de la cultura literaria española y lo que es más importante dio cabida, sorteando a la censura, a nuestra literatura del exilio. ¿No sería más justo recordarle por cosas como esta que por la grosería del cipote de Maruja Torres? Claro que el cipote como tweet genera más polvareda que recordar lo que supuso aquella aventura de Papeles Son Armandans y lo mucho que Cela supuso para la literatura de nuestro país. Insisto, reitero, concluyo, más allá del personaje, de su anecdotario, de sus salidas de tono y de la cohorte que terminó acompañándole.

Luis García Gil

Autor/a: Luis García Gil

Luis García Gil (Cádiz, 1974) une en su ya amplia obra editada la literatura, el cine y la canción de autor. Poeta y ensayista, en su obra se han cruzado Woody Allen, François Truffaut, Joan Manuel Serrat y Clint Eastwood.

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