Una cena exquisita

La velada había transcurrido según las más altas expectativas. La cena, sublime, colmada de exquisitos manjares, tuvo en el puré de coliflor con leche de almendras su plato estrella, y aconteció al compás armonioso de una conversación diversa, distinguida, sugestiva, con su pizca de picante, regada por las mejores cosechas, entre ellas un Rioja Bikandi de la añada 2005, que deleitó a los cuatro comensales.  

Las señoras Guillamont y Anisset, una vez que la primera hubo autorizado al servicio para retirarse, acercaban ahora a la mesa, entre risas cómplices, bandejas con picatostes con salsa inglesa de hierba luisa y los sorbetes de limón que darían paso a las copas de sobremesa.

Cuando repicaron las doce en el reloj de pared Alfonsino, fabricado en madera maciza tallada a mano, el señor Guillamont ofreció coñac francés Cordon Bleu a su invitado, Pierre Anisset, que correspondió con un puro habano, y ambos transitaron en amigable plática hacia la colosal terraza. En el exterior, a solas, luciendo la luna en el oscuro firmamento, el rumor apagado de la ciudad a sus pies, tras chocar levemente sus copas, Nicolás Guillamont refirió a su ilustre visita lo que pensaba del asunto.

—Las mudanzas que está experimentando mi vida no me gustan nada, señor Anisset. Sé de su poder, es evidente, pero no me crea un fantoche. El código de caballeros no me impide defenderme. Y, no lo dude, lo haré.

—Guillamont, Guillamont, no imagine intrincados contenciosos allá donde no los hay. La cuestión es bien simple. Yo fui su abogado. Ahora no. Su esposa gratifica más, mucho más, de forma incomparable, espléndida, y, por si fuera poco, ofrece pluses impensables en usted —detalló Pierre Anisset, sonriendo y golpeando con el codo a un achicado Guillamont—. El divorcio le dejará sin la mitad de sus bienes, aproximadamente. Pero no se queje, podría ser aún peor.

—Se lo contaré todo a su mujer. ¡Todo! —estalló Guillamont—. Y acabaré de una vez con esta maldita farsa.

—Vaya, vaya —sonrió Anisset—. Corra Guillamont, corra ahí dentro y cuéntelo. Dígalo todo. Júrelo. Grítelo si quiere ¿Qué conseguirá? Se lo explicaré. Su mujer lo negará. Yo lo negaré. Su palabra frente a la nuestra. Dos a uno, Guillamont. Mi esposa se asombrará, considerará, sopesará, pellizcará quizás un trozo de picatoste, pero acabará asumiendo que usted ha bebido más de la cuenta, cosa, por otra parte, bien cierta. Y asunto liquidado. Eso sí, su mujer, se lo aseguro, se enfurecerá bastante, ya la conoce. No le gustan estos… espectáculos. Pedirá más. Exigirá más. Le reclamará más. No tiente su suerte.

Ilustración de Manuel Martín Morgado.

Nicolás Guillamont se aferró a su copa y dio un silencioso trago, la mirada abochornada, perpleja, perdida en las brumas de la ciudad.

—Guillamont —prosiguió Anisset—, si usted se empeña, este divorcio será su fin. Le saldrá harto más gravoso, más aún. Acabaré con usted, téngalo por seguro, si usted no colabora, perpetúa su silencio, y deja que las cosas permanezcan tal y como están. En caso contrario, usted está al tanto, he sido su abogado, sabe que soy el mejor, aténgase al desenlace. Puedo hundirlo en la miseria. Y lo haré. Vous le savez? Lo dejaré a cero. ¡A cero! Así que no irrite a su mujer. —Dejó la copa sobre un velador y se dirigió al interior. Dio media vuelta—. Y no me irrite a mí. Fantoche.

Nicolás Guillamont quedó hundido, la copa vacía, su habano entre los labios, asomado a la barbacana.

Cuando escuchó la detonación en el interior, sin embargo, una amplia sonrisa se dibujó en sus labios.

Accedió raudo al salón.

La señora Guillamont yacía desparramada sobre el mantel bordado de terciopelo azul de la mesa central, un pistoletazo despiadado en la espalda, una mano como pellizcando un picatoste, su sangre, color frambuesa, combinándose mansamente con los restos de salsa inglesa de hierba luisa.

Guillamont se acercó a la señora Anisset, que le cedió gustosa el arma. Lustró a conciencia el artefacto con una pañoleta azul zafiro mientras avanzaba hacia el señor Anisset, de pie, como hipnotizado, contemplando boquiabierto el cadáver de su amante sobre los despojos de la fantástica cena.

No fue problema que agarrara la pistola.

—Pero…

Guillamont y la señora Anisset se unieron en un cálido abrazo frente a él. Pierre Anisset alzó los ojos hacia la epatante pareja. Después escudriñó la expresión victoriosa de Guillamont.

—Dos a uno, Anisset, dos a uno.

Ilustración de Manuel Martín Morgado.

 

Imagen de portada: ‘Una cena exquisita’ de Manuel Martín Morgado.

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