Trump y la antipolítica

Hoy, el magnate Donald Trump toma posesión del cargo de Presidente de los Estados Unidos de América. Lo hace entre el miedo de unos, la expectación de otros y la sorpresa de muchos. No obstante, el logro de Trump no es más que un epifenómeno de algo más grande, de algo más importante. Otros casos del mismo fenómeno se han producido ya en Gran Bretaña con su Brexit o, de forma pionera, en la Italia del Il Cavaliere.

El fenómeno al que me refiero es conocido entre los sociólogos como “apolítica“. Muy a menudo, los sociólogos usamos términos que están presentes en el lenguaje no científico dotándolos de un sentido particular y más específico. De esta forma, “apolítico” no significa en las ciencias sociales, tal y como es habitual en el lenguaje común, un cierto desinterés o alejamiento de la política, sino que se refiere a una percepción desvalorizada de la política. Esto no impide a los ciudadanos seguir votando, leyendo noticias políticas o hablando de temas políticos. Lo que indica es que lo hacen desde una concepción de la política en la que todo cabe, en la que las reglas son las que uno se dicta, en la que lo más importante es buscar la camaradería burlesca del colega, el chiste fácil….

Las escalinatas del Capitolio, durante los preparativos del acto de toma de posesión de Trump.

La escalinata del Capitolio, durante los preparativos del acto de toma de posesión de Trump.

Esto, que algunos han llamado de forma genérica y poco precisa, la crisis de la política, coincide en el tiempo con otro fenómeno importante: la emergencia de las redes sociales como ámbito para la discusión política. Con las redes sociales sucede algo que, además de curioso, hace un gran favor a la apolítica. Me refiero a que, cuando la gente escribe en su muro de Facebook o en su cuenta de Twitter, se siente entre amigos, en el salón de casa o en el bar de la esquina, pero no en un espacio público. Al sentarse al calor del hogar, muchos se sienten en condiciones de utilizar un lenguaje inaceptable, de cometer excesos de todo tipo o de enrocarse en posiciones baladíes o irracionales.

Naturalmente, todo esto es el resultado de un cúmulo de despropósitos del que los políticos son los máximos responsables. Los políticos de todo el mundo nos han enseñado que la palabra dada es una mercancía, que la supervivencia del partido es la única meta y que se puede aceptar lo inaceptable (infidelidades continuadas incluidas) para que, algún día, te llegue el momento deseado.

Y, de la suma de esto, surge el Presidente Trump. Trump no es un político, pero ha sabido aprovecharse del “sin dios” que éstos han creado. Trump es un empresario acostumbrado a surfear en lo más irracional de la mente del consumidor y a moverse en el límite de lo legal para lograr vender lo que desea. Trump se dio cuenta muy pronto de que su caballo ganador era la apolítica. Es decir, huir de los valores tradicionales de la democracia y del lenguaje pretendidamente formal, dialogante y abierto de los políticos profesionales. Se dio cuenta de que debía ofrecer al público lo que el público apolítico quiere: un antisistema galardonado con los laureles del éxito neoliberal.

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Las redes sociales han sido la expresión más sublime de la estrategia apolítica de Trump. El magnate neoyorquino planteó su campaña desde el machismo, la xenofobia, la violencia, el falso patriotismo, etcétera, y utilizó las redes sociales para buscar la camaradería de todos aquellos que, desde el sofá de su salón, pensaban que ya era hora de que alguien dijera la verdad. La verdad de “uno de los nuestros”. Una verdad que se encuentra a años luz de la de los “chupatintas” de Washington.

Sin las normas y valores básicos de la convivencia democrática, Trump se permitió twittear, en clara referencia a Hillary Clinton, “¿Cómo va a hacer feliz a América, si no pudo hacer feliz a su marido?”. En contra de lo que cualquier ser humano dotado de razón podría esperar, la gente se volvió loca con esto. Gracias a este mensaje, Trump no solo ejercía su papel de hombre blanco machista que dice lo que le viene en gana porque le avala su éxito mundial, sino que, al mismo tiempo, daba una patada en lo que más duele al sistema de valores de la democracia. En definitiva, se convertía en el verdadero candidato de la apolítica.

Sin embargo, dirá el lector, esto no deja de ser más que un ejemplo. Todo lo contrario. Mi ámbito de investigación, la política e Internet, me ha dado la oportunidad de recoger datos masivos (Big data) sobre lo que los ciudadanos americanos dijeron a través de las redes sociales durante la campaña electoral a la presidencia de los Estados Unidos. Pues bien, el comentario antes referido no es una excepción, sino todo lo contario, una norma. Sirvan algunos datos.

De los doce hashtags más populares sobre Hillary Clinton, todos ellos con más de un millón de referencias en la red, once eran negativos, acusatorios y/o denigraban a la candidata Demócrata. Mientras, en el lado opuesto, solo encontramos un hashtag negativo referido a Trump. Es más, si contabilizamos los hashtags que más éxito tuvieron en la red durante la campaña electoral estadounidense, encontramos que ninguno trataba positivamente a Hillary Clinton mientras que sí hallamos siete negativos expresados en un tono nada constructivo.

La creciente apolítica, unida al uso irracional de las redes sociales, crea monstruos. Crea una Europa destartalada, una Italia de juergas, drogas y rock & roll o unos Estados Unidos con un presidente que promete muros y recomienda “meter mano” las “tías buenas” sin mediar palabra. No soy un ingenuo. No estoy defendiendo la política anterior a Donald Trump como un lugar ideal. Mi argumento clave aquí es que hemos atravesado un límite, hemos llegado a un lugar sin retorno. Con Trump, hemos apostado por una persona que se ríe en la cara de lo que va a representar como presidente. Se trata de un paso más en el descrédito de lo común, de lo político, de la convivencia, del respeto, del discurso racional e informado. En definitiva, de todo aquello que ha sido el horizonte hacia el cual hemos caminado tortuosamente desde hace mucho tiempo.

José Manuel Robles

Autor/a: José Manuel Robles

José Manuel Robles es profesor de Sociología de la Universidad Complutense de Madrid. Es doctor en Sociología, director del Máster Europeo en Estadísticas Oficiales e Indicadores Sociales y Económicos y subdirector de la Revista Internacional de Sociología (Revista JCR). Es experto en Sociedad, Internet y Política, cuenta con más de cincuenta publicaciones en revistas y editoriales de primer nivel nacional e internacional, ha impartido conferencias en más de quince países y ha realizado investigaciones para, entre otros, el CIS, el CSIC, el Gobierno de España o la Unión Europea.

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3 Comentarios

  1. Juan Pablo Maldonado García

    Lo has clavao, Robles.

    Gracias.

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  2. Lúcido análisis. Es el momento de un guía, de un timonel, de alguien que ilumine nuestras calle con miles de antorchas.

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    • José Manuel Robles

      No solo. Más que timonel, nos hace falta una religión secular. Una ficción en la que creer. Por lo visto, esta ficción ya no es la democracia. Trump ha matado esa ficción.

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