Transformación digital y decadencia de la literatura

“La economía política es una ilusión que se pierde siempre a los veinte años”. Galdós, La desheredada.

En un sugerente artículo publicado en marzo del año pasado, la escritora Sara Mesa, recuperando un Ferlosio olvidado, alertaba de la banalización del oficio de escribir al que están sometiendo no ya las presiones editoriales y las modas pasajeras, sino una suerte de statu quo que reduce la figura del autor a un fetiche con que adornar ferias y eventos,  juicio éste, la pésima correlación entre la inversión de tiempo y talento y la recompensa vía ingresos, que por lo demás es común en reuniones informales, donde este conocido que ha publicado una novela se queja de lo mal reconocido que está su trabajo. Aquellas palabras entrecomilladas por el Licenciado Márquez Torres en su aprobación de la segunda parte de El Quijote evidencia con fidelidad la actualidad de ese clásico y lo alinea con cierto criterio, me temo que nunca minoritario, que viene a decir, como corolario en clave coloquial, que las obligaciones retributivas de la parte contratante quedan suspendidas porque el autor disfruta con su arte, por otra parte igual que el economista, el ingeniero, el abogado o el informático, profesiones todas a quien ningún cliente cuestiona su remuneración por la prestación de servicios. Este es uno de los problemas de la profesionalización.

‘Cabeza de Don Quijote’. Salvador Dalí.

Quizás el excesivo apego a la anécdota impide comprender todo el entramado superestructural (perdón por la jerga pseudomarxiana) que anima el absoluto desprecio por el trabajo del autor, esta depauperización del oficio literario, por no hablar de la profesión periodística, una de las salidas profesionales del escritor. En distintos foros se explica este fenómeno recurriendo al argumento de la transformación digital, foros en los que se pueden escuchar reproches a España, un país de letras donde la caída de las vocaciones científico-tecnológicas impide la tan deseada incorporación al tren del progreso, esto es, la capitalización de las oportunidades que ofrece la economía digital. En julio de pasado año, el psicólogo Roger Schank concedió una entrevista que aprovechó para presentar su peculiar forma de entender la estrategia de formación que ha ideado para enfrentar los retos de la economía tecnoinformacional, ya ensayados en su empresa Socratics Arts y la organización sin ánimo de lucro, fundada por él, Enginees for Education. Aceptando la bondad de la traducción, Schank, al igual que sus colegas de este lado del Atlántico, confía en finiquitar el actual sistema educativo, pensado, bajo su criterio, para la élite, los ricos y los intelectuales, con el objetivo de sustituirlo por un modelo online global que permita al alumnado trazar su propio itinerario formativo. De acuerdo con los principios que cada vez con más fuerza suenan en think tanks y grupos de presión, y que se arrogan el indeterminado adjetivo “disruptiva” para calificar su propuesta (en oposición a la enseñanza tradicional), Schank desprecia el aprendizaje del álgebra y de la trigonometría, pero también piensa que estudiar El Quijote o a Shakespeare, en el instituto, es un error, una decisión docente que únicamente engorda el capital simbólico de esos intelectuales a los cuales reprocha que dominen la formulación de los planes de estudio. Competencias como programar o “conseguir un trabajo” (sic) se imponen sobre estas ocupaciones que califica de ociosas, una esencial pérdida de tiempo, aplicando los principios termodinámicos de la utilidad tan convenientemente inoculados a los ingenieros de cualquier especialidad en las escuelas técnicas. Estamos en las postrimerías del discurso de la utilidad, contestado por Nuccio Ordine y discutido con acierto, desde la perspectiva del análisis del discurso, por el matemático y profesor de sociología del conocimiento Emmanuel Lizcano.

Me temo que más bien para suavizar sus disruptivos planteamientos, Schank recomienda a los jóvenes, mientras no hayan cumplido veintitrés o veinticuatro años, que se dediquen al voluntariado, a trabajar, a las prácticas, al lema sexo, drogas y rock and roll, esto es, pasar por la trituradora cierto coqueteo con el lado contracultural y la California de los setenta, pero sin caer en outsiderism, los ensayos chilenos de Milton Friedman y las opiniones de Sala i Martí, con el horizonte de un presente y un futuro inevitablemente digital. Nada nuevo. El objetivo en último término es la producción de nuevas subjetividades acordes a este objetivo (que ya estaba en Weber), adaptarse a las nuevas exigencias de cualificación y competencias que proyecta la Internet Economy. Este supuesto vitalismo y disidencia encubre un programa desregulador donde la obligación de educar en valores cívicos, exigible a todo Gobierno, queda desdibujada por una más que controvertida confianza en el mercado, todo lo que explica la banalización o arrinconamiento de los estudios de Filosofía en los planes de estudio, la introducción de asignaturas tan frágiles como la denominada emprendimiento en tanto en cuanto extensión de la construcción significante empleabilidad (voz estrella del paradigma de la activación en las políticas de empleo) y, en fin, la preocupación por moldear mano de obra adaptada  a los nuevos requerimientos empresariales y de inducir consumidores en vez de ciudadanos, dado que este orden económico, global, desregulado, financiero y digital es el único posible. Para qué leer, entonces.

Deconstrucción del empleo y crisis de la noción de ciudadanía

Stephen Vizinczey, en su recomendable ensayo sobre Kleist, se rebela contra la idea de la “humanidad victimizada”, contra los fantasmas que Kafka quiere conjurar, en cierto sentido contra esa lectura poco acertada y muy popular de la jaula de hierro weberiana, es decir, contra la idea de que no hay elección posible dadas las reglas del juego. Agachar la cabeza frente al maltratador y sonreírle, viene a decir, no deja de ser la aspiración de quien quiere cerrar la puerta a toda posibilidad de cambio, inoculando el virus de la culpabilidad, que, en el caso de culturas de ascendencia católica como la española, tan fácil resultar de introducir: aquello de no pecarás de pensamiento, palabra, obra u omisión.

Baste señalar inicialmente que el desplazamiento de la figura del intelectual por la más débil del economista mainstream constituye un ejemplo de la regulación de las conductas en este capitalismo que algunos apellidan cognitivo. La fuerte competencia, la crisis y la caída de las tarifas, la inflación de nombres (aquello que decía Antonio Orejudo, nadie lee porque todos están escribiendo), la transformación digital, o más bien la exclusión de propuestas concertistas que permitan controlar los efectos nocivos de la innovación tecnológica, y la ausencia de una política cultural decidida son variables que en último término explican este declive de las letras a que hace referencia el título de este artículo, pero nunca las únicas. César Rendueles alerta de la endeblez de esta ciberutopía o milenarismo digital que abandona a la caridad las cuestiones sociales que emergen después de aplicar dogmáticamente políticas que favorecen este marginalismo tecnológico santificado tanto por la Comisión Europea como por el Foro de Davos. Me temo que la tendencia es más profunda. El fenómeno de la paulatina extensión de la precariedad no es exclusivo de las letras, ni está motivado por la crisis financiera y después económica y finalmente del empleo y de la vida en general. El muy citado Guy Standing ya habla del surgimiento de una nueva clase, el precariado. Pensemos también en la figura del investigador, condenado a alternar su actividad con trabajos precarios o a acudir a concursos televisivos para recaudar los fondos con que financiar un proyecto. Baste recordar que durante los años del ciclo expansivo la licenciada en comunicación Audiovisual Carolina Alguacil acuñó el término mileurista. Hasta la crisis. Ahora ser mileurista, más que un estigma o una barrera que impide el crecimiento personal, es una aspiración en este contexto de devaluación salarial con el que el anterior Gobierno ha intentado recuperar la competitividad de la economía española. La gratuidad se ha impuesto como la regla que anima el florecimiento de las contrataciones. ¿Es entonces la creación de empleo la mejor política social? Me temo que no.

Igualmente interesante es el planteamiento defendido por Amparo Serrano, profesora de sociología de la Universidad, y Maria Jepsen, directora de investigación de ETUI (Instituto Sindical Europeo, en sus siglas en inglés), durante el seminario internacional, celebrado en enero de 2016, que llevaba por sugerente título “La deconstrucción del empleo como cuestión política: el empleo como significante flotante”. A grandes rasgos, las autoras afirman que la despolitización a que ha sido sometido el trabajo desde los setenta del XX, en una suerte de regresión civilista,  junto con la crisis y la digitalización y la uberización de la economía, están socavando la noción de ciudadanía. Problemas como la cohesión social o la solidaridad han desaparecido de la agenda pública, mientras se vuelven cada vez más borrosas las fronteras entre el trabajo asalariado, el autoempleo, el trabajo informal y el paro. Este tipo de investigaciones, que prestan una especial atención a la perspectiva discursiva, a los cambios en las formas de nombrar que implican cambios políticos, explican bastante mejor el problema al que nos enfrentamos hoy que toda el utillaje teórico desplegado por los economistas mainstream, ofreciendo al tiempo una perspectiva holística muy arrinconada en las ciencias sociales, o deliberadamente cercenada. En una de las ponencias, la profesional Sarah de Heusch analizó el sector creativo, fuertemente precarizado, como parte de este proceso de deconstrucción del empleo y remercantilización que desdibuja el trabajo como instrumento de inclusión social. A lo que hay que añadir el desmantelamiento del Estado de Bienestar con la subsiguiente privatización de los servicios públicos. Un panorama, en fin, desolador. Tenemos aquí una explicación global de las profundas mutaciones que han sufrido las sociedades occidentales que no cede ante tensiones corporativas que limitan la amplitud de la mirada.

Coda con luz

Contra Schank, creo que Cervantes debería, si no estudiado en los institutos, leído con detenimiento, a ser posible de rodillas, como decía Bolaño que había que leer a Poe. Las enseñanzas del alcalaíno en todo lo relacionado con la estupidez universal y las aberraciones de la razón –citemos la corriente marginal en economía y el esencialismo tecnológico–, su proximidad con la locura, presenta hoy una vigencia que nos permite encapsular y arrojar al vertedero de lo fantasmático esta insistencia en convertir a los seres humanos en autómatas de centro comercial, eso sí, altamente cualificados o dispuestos a adaptarse a lo que disponga los actores que ordenan la producción y la financiarización y que se diluyen en cuanto tales bajo la voz mercado.

Es indudable, como se han ocupado de señalar Vicente Luis Mora o Laura Borrás, que la quinta ola de la revolución tecnológica ofrece materiales de derribo para plantear curiosos desafíos en materia de creatividad literaria, pero también no es menos cierto que tales oportunidades deben repensarse a la luz de ideas que permitan olvidarnos del determinismo tecnológico. Reclamo, gracias a una lectura de Bourdieu, una figura del escritor que combata el mito. Sorprende que aquéllos que condenaban con juicios sumarísimos toda la novela social sin distingos, los que descalificaban a poetastros de querer convertir la poesía en una piscina sindical, todo con una envoltura postmoderna y ahistórica, levanten ahora la voz alertados por el declive de las letras cuando un programa convenientemente ideado ha terminado por remercantilizar hasta el contaminado aire que respiramos, convirtiendo el texto narrativo en poco menos que un folleto publicitario. No quiero referirme a la enseñanza de la Filosofía o de otros saberes que estimulan el pensamiento crítico. Solamente situando el hecho literario en su exacta correspondencia con la dinámica social que lo permite, descentrado el texto, identificando el campo literario, estableciendo las adecuadas correspondencias con una tendencia global bastante preocupante, la decadencia de la literatura, el jaque al escritor, que dice Sara Mesa, podrá conjurarse, y digo esto defendiendo, como de este texto se deduce, que escribir no es un oficio, ni mucho menos una vocación, es una condición, un estar –disculpen el tópico– en el mundo.

Carlos Rodríguez Crespo

Autor/a: Carlos Rodríguez Crespo

Carlos Rodríguez Crespo (Madrid, 1971) se doctoró en Periodismo en la Universidad Complutense. Trabaja como periodista, investigador y profesor. En febrero, fue publicada su obra de ficción Ventanas cerca de Mireia (Garaje Ediciones, 2017).

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