Remando al verso

Las Niñas de Cádiz surcan la España pandemiada con ‘El viento es salvaje’, una tragedia a la gaditana, emocionante y divertida por igual, con la que mantienen a flote heroicamente la nave del teatro. De momento, se han ganado con ella el Premio Max al Mejor Espectáculo Revelación.

Decía Lope de Vega que podía escribir hasta tres comedias en una sola noche porque el público iba, sobre todo, a oír el octosílabo, cuyo embrujo musical lo mantenía tan hechizado que bien podía el poeta permitirse ciertas lagunas argumentales sin que el espectador lo advirtiera. Es cierto que el verso popular, en su discurrir interminable, permite digresiones, estuarios, ripios, remansos y palabras hueras, pero Ana López Segovia se ha tomado el verso teatral completamente en serio y no hay, en El viento es salvaje, ni un solo respiro para escuchar únicamente la música del octosílabo: cada palabra tiene un sentido preciso y cada riachuelo de versos lo dice quien lo tiene que decir, de la manera en que lo tiene que decir y con el objetivo siempre cumplido de que la nave de la obra avance sin un solo tropiezo, con el viento a favor, como si el levante recurrente que atormenta a las protagonistas solo estuviera en sus almas.

El viento es salvaje hereda de Lisístrata, el anterior montaje del grupo, la puesta en escena de heroínas clásicas, en este caso Fedra y Medea, pero sobre todo hereda –perfeccionándolo– el recurso del coro como cómplice procaz e irreverente del público, a quien ese coro procura en todo momento desviarlo hacia la risa –a ratos dulce, a ratos grotesca–, no abandonarlo al llanto que la tragedia que tiene ante sus ojos inevitablemente provoca. El coro es extraordinario: ocupa ese espacio del proscenio que consagró el tipo del Gracioso en el Siglo de Oro y lo supera en gracia, como también supera en ingenio a ese otro coro, también excepcional, con el que Woody Allen deconstruyó la tragedia de Edipo Rey en Poderosa Afrodita.

Como en la película de Woody Allen, la obra de Las Niñas se plantea como una actualización del mito, pero hay un más difícil todavía que, como adelantaba, está en la aventura del verso, tomado como el camino más eficaz para construir al personaje. Quiero decir que El viento es salvaje no es solamente un cuento medio serio medio en broma que se sostenga en la rima como simple atractivo sonoro, sino que el verso elegido y el verso construido están, en cada momento, perfectamente ajustados a quién es el personaje que lo dice y a lo que quiere expresar, porque lo siente, dicho personaje. De ese modo, el discurso de la valiente y generosa Medea (especialmente emocionante la interpretación de Alejandra López) susurra ecos del alma ansiosa de San Juan de La Cruz; Fedra defiende su amor prohibido con resonancias de drama calderoniano; la prima-mensajera recrea con soberbia gracia el verso sensacionalista y morboso de la poesía de cordel (ese que vocearon los ciegos cantores por nuestras calles y plazas desde el siglo XVI hasta casi ahora mismo, ese que milagrosamente puede aún oírse en los callejones gaditanos del carnaval); la masculinidad deseante y acosadora del hombre que perturba, en fin, tiene esa oscuridad insoportable del romancero gitano de García Lorca.

Sin ser solo palabra, El viento salvaje es, por encima de todo, un tributo a la palabra, misteriosamente capaz de vivir entre la cárcel del verso y la libertad y la sinrazón que el mismo verso le otorga. Y más que viento, lo que se respira al presenciar esta tragedia a la gaditana es airecito del oeste, el Céfiro –otro mito–, ese que en la primavera lleva el polen de unas flores a otras y contrarresta al venenoso viento del norte. Tradición sembrando vanguardia, memoria alimentando el futuro, mirada desafiante de la esperanza a la penuria moral, otra vez el teatro como ejercicio de libertad. E la nave va.

María Jesús Ruiz

Autor/a: María Jesús Ruiz

María Jesús Ruiz es doctora en Filología Hispánica y profesora de la Universidad de Cádiz desde 1987. Ha dedicado su docencia e investigación a la narrativa del Siglo de Oro, la literatura española del exilio de 1939 y fundamentalmente a la tradición oral, el folklore, la cultura popular y el patrimonio etnográfico. Sobre estos temas tiene publicados una docena de libros y más de un centenar de artículos.

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