Reinventando a Benedetti

Alrededor de las ocho y media, Benedetti apareció en el bar cuyas señas me había facilitado un colega de la facultad. El corazón me dio un vuelco. Estaba tan delgado y avejentado que me costó reconocerlo. Solo su bigote, canoso y poblado, y el hoyuelo de su barbilla permanecían inalterables. Vestía un abrigo de espiguilla y se apoyaba en un bastón. Me pareció muy pequeño, tal vez siempre lo fue o los años lo habían achicado, pero lo imaginaba más alto. Le dirigí una mirada tímida y él me saludó con una ligera flexión de cabeza. Con sus piernas encorvadas y su andar torpe, se dirigió al fondo del local. No podía creer que, por fin, estuviera tan cerca de uno de mis escritores más admirados. Durante un buen rato, no supe qué hacer. Si me acercaba, podía parecerle descarada, pero si no lo hacía, jamás me lo iba a perdonar.

Me armé de valor, respiré hondo y me dirigí a su mesa. Él me miró sorprendido. Sus ojos nublados volvieron a chispear como tantas veces lo habían hecho en los tiempos en los que recitaba sus poemas. Me presenté y él hizo amago de levantarse, pero le rogué que no lo hiciera. Con voz trémula le confesé cuánto lo admiraba. «Hace unos años, crucé el charco solo para conocerle, pero usted no acudió al Congreso de Poesía Uruguaya que me sirvió como excusa». «¡Qué boludo fui! ¡Mira que no acudir! Nunca una mujer hizo tanto por mí». Nos echamos a reír. Tenía una risa luminosa y triste, como esos rayos de sol que se cuelan tímidamente entre los jirones de las nubes cuando la tormenta va cediendo. Me invitó a tomar asiento. Con los nervios, empujé la taza que tenía sobre la mesa. Me disculpé por mi torpeza, mientras arrancaba del servilletero un puñado de servilletas con las que secar el café derramado.

Durante más de dos horas compartimos gustos literarios, anécdotas y curiosidades sobre Montevideo, una ciudad que me dejó prendada por la hospitalidad de su gente años atrás; hablamos de la dictadura militar que rigió los destinos de Uruguay durante la década de los setenta y terminamos enlazándolo con la crisis que asolaba España desde hacía un par de años. «El capital nunca se cansa de remachar a la gente. O son los milicos o es la prima de riesgo los que nos joden». Su tono cantarín, sorprendentemente  joven para sus setenta y cuatro años, se tornó arenoso y triste. Me preguntó si tenía algo que hacer y le dije que no. «¿Damos un paseo? Tranquila, no la estoy cortejando. A mi edad, ya solo cortejo a la muerte. Para que no diga que fue ella quien se fijó en mí primero». Volvimos a reír. Benedetti era, exactamente, como lo imaginé: irónico, afable, cordial… Salimos del bar y cuando se prendió de mi brazo, un extraño placer me erizó los pelillos de la nuca.

Mario Benedetti por Manuel Martín Morgado.

Pusimos rumbo al Retiro. «Es lindo venir aquí; me apacigua este lugarcito. El silencio retumba en los oídos. ¿Sabe que hay ciento noventa y dos árboles, entre cipreses y olivos, uno por cada muerto de la tragedia del 11M?  —me dijo al llegar al Bosque del Recuerdo—. Claro que lo sabrá, vos sos de aquí, el extranjero soy yo. Perdone mi petulancia, cosas de viejo engreído».

Nos sentamos en un banco junto a un gran olivo y guardamos silencio. El canto de los pájaros se escuchaba con toda nitidez. Sacó un trozo de pan del bolsillo, lo desmenuzó y lo esparció en derredor. Multitud de pajarillos bajaron de las ramas de los árboles y comenzaron a picotear las migas. «Cada día vengo a echarles de comer. He cambiado las rapaces de los críticos literarios por estas avecillas tan piolas. Estoy un poco chifle, ¿verdad?». Sonrió y siguió echándoles pan.

Retomamos la conversación que dejamos en el bar sobre su obra literaria. Y cuando me sentí con suficiente confianza, le comenté que no me había gustado el final del libro Andamios. «Rocío no debió morir. Le hizo pagar a ella las culpas de Javier, que imagino que será usted, ¿no?». Me miró y sonrió con tristeza: «Tenés razón». Bajó la cabeza, lanzó los últimos trocitos de pan y se sacudió las manos. «Cuando vinieron a por mí, muchos de mis camaradas ya habían caído. Conmigo fueron clementes: me despojaron de mi cátedra, pero me permitieron salir del país. En unas pocas horas tuve que hacer la valija; ni mis libros me pude llevar. Tardé doce años en volver a Montevideo. Pero, ¿sabes una cosa? Lo peor no fue el exilio, lo insoportable  fue el desexilio. Cuando volví, todo me era ajeno y yo le era ajeno a todo. Una cáscara sin fruto, un árbol sin tierra, una ola sin playa a la que besar… Debí quedarme; los que lo hicieron y sobrevivieron tienen algo en común, algo indestructible: resistieron dentro. En cambio yo…». «¿Por eso se vino a España?», le pregunté y él afirmó con la cabeza. «Cada uno lleva su cruz, Mario —le dije y me atreví a cogerle la mano; sentí sus dedos indefensos y huérfanos y una profunda piedad se apoderó de mí—. Usted, la del exilio y la tortuosa vuelta; ellos, la de la cárcel. El desarraigo también es una forma de muerte». «Una muerte en vida que todos censuran menos los muertos, que ya no pueden —me respondió con la voz entrecortada—. Pero bueno, ya está bien de nostalgias de anciano. Ahora, hablame de vos». Le dije que estaba escribiendo una novela, le conté la trama y le hablé de su protagonista: «¿Sabe qué nombre le he puesto? —Ardía en deseos de responderle—.  Mario. Lo hice en su honor». «¡Qué bárbaro! ¡Cuánto te lo agradezco, aunque tengo que confesarte que yo no me llamo Mario. Bueno sí —rectificó—, pero no solo Mario. Mis padres, fieles a la tradición italiana, me bautizaron con cinco nombres: Orlando Hardy Hamlet Brenno y, por último, Mario. ¿Vos creés que yo podía firmar así mis obras? No hubiera triunfado nunca». Lancé una carcajada que sacudió el aire. «Jurame que no se lo vas a decir a nadie. Solo mi difunta esposa lo sabía. Por la partida de bautismo para el casamiento…». Levanté la mano para sellar el juramento. «Tranquilo; este será nuestro secreto, Mario».

Unos meses después, supe que su nombre no sería el único secreto que el poeta, cuyos versos arrullaron mi primer amor adolescente, iba a compartir conmigo. Ni el más importante. Pero esa es otra historia…

Alicia Domínguez

Autor/a: Alicia Domínguez

Gaditana nacida en Madrid. Doctora en Historia por la Universidad de Cádiz y Máster en Gestión y Resolución de Conflictos por la UOC. Articulista en La Voz del Sur y colaboradora en las revistas 142, Woman’s Soul y El ático de los gatos. Autora de 'El verano que trajo un largo invierno' (Quorum Editores), 'Viaje al centro de mis mujeres' (Editorial Proust) y 'Memorial a Ellas. Que su rastro no se borre' (Editorial Proust).

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1 Comentario

  1. Emocionante, tierno y atrevido, a la vez. Deseando leer la siguiente historia.

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