El rastro (republicano) de Ramón

No es un trabalenguas de erres, pero quisiera ser una greguería (“metáfora más humor” según su inventor). Ramón Gómez de la Serna publicó en 1914, cuando contaba poco más de veinte años, El Rastro, un retrato hecho trizas del mercado que en Madrid, cada domingo, alberga a la humanidad entera.

Por encima de la contingencia inevitable de ser de un tiempo (el de Ramón) y de una ciudad (la de Ramón), El Rastro es “el esquema del mapamundi del mundo natural”: aquí están El Mercado de las Pulgas de París, el mercado judío de Londres, el pequeño Mercado Viejo de Milán, los tenderetes del barrio de pescadores de Nápoles, el almacén arruinado de Roma, los escaparates de cristal brillante de Ginebra… “El Rastro es siempre el mismo trecho relamido de la ciudad”.

Entendido por muchos como texto fundacional de la literatura moderna, El Rastro trasciende la intención surrealista de expresar el sueño mediante la imagen y la palabra, pues instala el sueño no en el arte, sino en la propia realidad, y en la realidad más ruinosa, soez y hasta escatológica, ésa que los espejos del Rastro tienen el poder de reflejar. Los espejos del Rastro han perdido la memoria al ser transportados en camionetas desde las que solo reflejan el cielo, ya no recuerdan las ropas caras y los rostros empolvados de quienes en ellos se miraron un día, de modo que en el Rastro el azogue proyecta la renuncia al sueño de los pobres, de los niños desarrapados, de las mujeres macilentas, de los tullidos, de los perros vagabundos y de los gatos tramposos.

Ramón Gómez de la Serna retratado por Diego Rivera.

Ramón Gómez de la Serna retratado por Diego Rivera.

Las lecturas más snobs de El Rastro destacan la expresividad que en el texto alcanzan los objetos, nunca inanimados, sino provistos de alma y hasta dioses de una suerte de animismo (“un cofre-fort, pesado, de pie como un oso, con las dos pezoneras de sus registros relucientes en el pecho blindado e inconmovible…”). Yo prefiero la lectura social del texto de Ramón, ésa que lo despoja del preciosismo vanguardista y de los oropeles léxicos, la que quizás tuvo Antonio Machado, seguramente desprovista de tenores huecos y grillos que cantan a la luna. Así visto, El Rastro es un manifiesto republicano de ademanes anarquistas, pues otorga el poder moral a las gentes que lo habitan, gentes desheredadas: “La población se va empobreciendo a medida que se aproxima al Rastro. La gente es de otra calaña, es más morisca, peor afeitada, más menesterosa. Sus ojos son más negros, más cuajados, y su mirada más torva, más penosa.”

Con la intención de ser obra “de sinceridad y libertad”, el libro se dirige al “oficinista descorazonado, al político desengañado, al enamorado escéptico, al amante de una bailarina, al artista dolido, al hombre que no quiere ser padre por razones libertarias, a la mujer brutalizada y arrollada por todo…” y a los niños porque “el Rastro está cuajado de niños, como las aguas sucias y estancadas están cuajadas de ranas y renacuajos.” Y el deseo de Ramón: “que todos ellos encuentren alivio y conformidad en este libro.”

Pintura al aire libre la de Gómez de la Serna quien, al estallar la Guerra Civil, cogió sus palabras y se largó a Buenos Aires donde –quizás– quiso ser como los espejos del Rastro, olvidadizos de tanto mirar al cielo. Lo cierto es que con él, como con tantos otros exiliados, desaparecieron de nuestra vista los objetos inútiles y las personas pobres, obligados a esconderse en los desvanes y entresijos de un país-rastro que, olvidando la vocación republicana, se empeñó en ser mercado de souvenirs y antigüedades. Pero, como decía Ramón, “las cosas del Rastro no son cosas de anticuario, carecen de ese orgullo, de ese valor hipócrita, de esa categoría completamente convencional, civil y arbitraria que adquieren las cosas en ese doloroso internado de las tiendas de antigüedades confortables, vanas, taimadas, cancerosas y sórdidas.”

María Jesús Ruiz

Autor/a: María Jesús Ruiz

María Jesús Ruiz es doctora en Filología Hispánica y profesora de la Universidad de Cádiz desde 1987. Ha dedicado su docencia e investigación a la narrativa del Siglo de Oro, la literatura española del exilio de 1939 y fundamentalmente a la tradición oral, el folklore, la cultura popular y el patrimonio etnográfico. Sobre estos temas tiene publicados una docena de libros y más de un centenar de artículos.

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