Plinio, el anómalo detective rural de Francisco García Pavón

En la presentación en Cádiz en 2009 del libro Partes de guerra, la antología de cuentos sobre la guerra civil que compiló Ignacio Martínez de Pisón, afirmó éste, basándose en la evidencia que ofrecía su propio libro, que muchos narradores competentes que vivieron y escribieron en España durante el franquismo fueron víctimas, con la llegada de la democracia, de una especie de adelanto de ese olvido que suele sobrevenirles a los escritores del día cuando pasa su momento. El cambio de coyuntura política favoreció esa especie de liquidación generacional anticipada, que afectó en principio a autores tan notables como Jesús Martín Santos o Francisco García Pavón, pero se extendió luego a otros que, como Delibes, habían seguido escribiendo y publicando con éxito en los primeros lustros de la democracia, para luego, tras la inevitable ralentización de su producción en sus últimos años, acusar también de alguna manera el destino común de su generación.

Francisco García Pavón (Tomelloso, 1919, Madrid, 1989) es uno de esos escritores entonces y hoy olvidados. De su más memorable creación, el policía Plinio, Jefe de la Guardia Municipal de Tomelloso, guardaba yo el vago recuerdo de la serie de televisión que se le dedicó en su día, cuando yo era niño, y que quizá justificaría una búsqueda a fondo en las sentinas de YouTube. Lo primero que leí de él, en cualquier caso, fue Historias de Plinio, en un tomito de Rotativa, aquella entrañable colección de Plaza & Janés que se vendía en los supermercados, aunque mi ejemplar, comprado tardíamente, procedía, como no podía ser de otro modo, de una librería de viejo.

Por aquel entonces, en torno al fin de siglo, de Plinio solían acordarse un tanto formulariamente los periodistas cada vez que se anunciaba la publicación de una nueva novela de Lorenzo Silva, de las protagonizadas por los guardias civiles Bevilacqua y Chamorro. Yo mismo saqué a colación ese parentesco en un prólogo que hice a un libro de cuentos de Manuel J. Ruiz Torres que incluía un relato policíaco de ambiente rural también protagonizado por un guardia civil. Plinio, como ya se ha dicho, no era miembro de la Benemérita, sino policía municipal, y los casos que resolvía tenían casi siempre un componente escandaloso a escala local: crímenes de criadas que aspiran a seducir al amo y ocupar el lugar de la señora, de padres que vengan el honor mancillado de sus hijas. Pero su talante y su técnica, más allá de ese ingrediente carpetovetónico, eran los de Sherlock Holmes o el padre Brown: el espíritu de la novela detectivesca inglesa trasladado a La Mancha.

Las dos historias que ocupan el mencionado librito ocurren respectivamente en carnaval y durante la vendimia, dando ocasión al autor para describir ampliamente esos dos hitos del calendario rural según transcurren en el Tomelloso de los años 20. Pero esa información, digamos, antropológica está magistralmente integrada en la narración, sin estorbarla, aunque tampoco sin disimulada que no deje ver que el verdadero asunto de estas novelettes es la monotonía de la vida en los pueblos pequeños, así como una incurable nostalgia soterrada, esa “íntima tristeza reaccionaria” de la que hablaba el mejicano López Velarde en un memorable poema y que alimenta también libros como La calle estrecha de Pla: la melancolía de quien entiende el progreso, la modernidad, como un estado de perpetuo desconcierto que solo se alivia cuando se considera, no lo mucho malo que seguramente ha contribuido a superar, sino solo lo bueno, lo abarcable, lo pequeño, lo humano que se ha perdido.

Pero habíamos mencionado la semejanza entre las pesquisas de Plinio y las de Sherlock Holmes o el padre Brown. Quién no lee este tipo de historias sin predisponerse de algún modo a descubrir en la realidad una infinidad de pequeños misterios que resolver desde ese mismo ánimo plácidamente inquisitivo. También el escrutinio de librerías de viejo favorece esa predisposición detectivesca. Ocurre, sin ir más lejos, cada vez que uno encuentra una dedicatoria manuscrita en uno de esos libros arrumbados. Como, por ejemplo, ésta: “Para X. Como recuerdo de mi paso por Cádiz, con un saludo especial de su ya amigo Y”, leída en un impecable, aunque algo amarillecido, ejemplar de Una semana de lluvia, otra novela de la serie de Plinio que encontré en el establecimiento de Raimundo, en Cádiz.

Una imagen de la serie de televisión ‘Plinio’, basada en las novelas de García Pavón.

Mi ejemplar, ya digo, daba la impresión de no haber sido siquiera hojeado por su dueño anterior. Cuando lo compré, no me había fijado en la dedicatoria, fechada en febrero de 1974, es decir, a muchos años de distancia entre mi presente acto de indiscreción al leer e incluso hacer público ese rasgo de amistad y el momento en que tuvo lugar… El destinatario del regalo no debió de echar mucha cuenta del mismo: al tacto, la sensación que produce un libro recorrido página a página por otra persona no es la misma que la que causa un ejemplar que nadie se ha molestado en abrir, como era el caso. Añado que la dedicatoria iba dirigida a una mujer y la firmaba un hombre. Qué ilusiones no pondría en ese “ya” con el que señalaba, no tanto el comienzo de una relación amistosa, como su posible continuidad. Aunque, no sé por qué, la letra vacilante, la enmienda ortográfica que se apreciaba en el apellido de la destinataria y la excesiva presión con la que el torpe calígrafo aplicó el boli al papel –se aprecia el relieve de la escritura en la página siguiente– dan a entender que el autor de la dedicatoria era una persona mayor. También apunta a lo mismo la rancia cortesía del mensaje: “Un saludo especial”, “su ya amigo”… Y lo más estremecedor de todo es que ambos, la dama y el obsequiante, deben de estar ya criando malvas, porque la vida humana no estira tanto como para incluir en un mismo intervalo esas cortesías de antaño y nuestro desconsiderado presente.

García Pavón era aficionado a esas menudencias, que a veces lo llevaban incluso a frecuentar el terreno de la filología recreativa. En Una semana de lluvia menciona, por ejemplo, que en Tomelloso llaman, o llamaban, “melones de agua” a las sandías, como en inglés: watermelon. Lo que me lleva a imaginar la clase de palabros que engendraría el idioma si el paralelismo se extendiera a otras acuñaciones verbales: “manzanas de crema” (custard apples) por “chirimoyas”; “planta huevo” (eggplant) por “berenjena”, etcétera. Pero lo relevante al caso es que el autor halla un punto de coincidencia entre esa manera de componer palabras y la toponimia en la que transcurre su novela: Tomelloso, nos explica, viene de “Tomillar del Oso”; lo que aporta a su consuetudinario marco esa especie de fondo mitológico que a veces la mera etimología popular, sin más fundamento que la semejanza casual de las palabras, aporta a la realidad. Un modo de proceder que, después de todo, no parece del todo impropio de la comunidad entre idílica y extrema –un dulcificado trasunto de la España Negra– que se retrata en ésta y otras novelas del creador de Plinio.

Por aquel entonces le hablé de estas lecturas a un amigo que es policía municipal en un pueblo de la sierra gaditana y le pregunté si, en su día a día, alguna vez había afrontado un caso que le hubiera obligado a efectuar una pesquisa detectivesca, al modo de las que ocupaban a su colega manchego. “Una vez”, me dijo. Y me contó que, intrigado por una sucesión de robos que hubo en su pueblo, ideó un método casero para identificar las huellas del ladrón. Cuando acudió al juez con los resultados de su investigación, éste la desestimó un tanto burlonamente por no ajustarse a los estrictos protocolos procedimentales que, al parecer, han de seguirse en estos casos. Lo que me hizo caer en la cuenta de que las pesquisas del personaje de Francisco García Pavón tampoco se ajustan a protocolo alguno y serían de dudosa legalidad en un estado de derecho. Con toda su bonhomía, su humor socarrón y su sentido común, Plinio gozaba de las prerrogativas de un agente de la autoridad bajo una dictadura y, como tal, hacía valer privilegios e impunidades que, teóricamente al menos, serían impensables en otro marco legal.

Y en esas estábamos cuando sonó el teléfono móvil de mi interlocutor. Era una llamada desviada de su teléfono en el ayuntamiento. Y la hacía una señora que deseaba saber si el panadero del pueblo “hará mañana tortas con chicharrones”. El policía facilitó a la desconocida el teléfono de la panadería –que se sabe de memoria, como otros muchos de la localidad– y volvió a la mesa, satisfecho de haber solventado un asunto más de los muchos de esa índole que suelen presentársele al cabo del día, seguramente no muy distintos de los que ocupaban al propio Plinio cuando no tenía entre manos un caso digno de figurar en una novela.

Que García Pavón no ignoraba esa otra clase de discurrir cuando no pasa nada deja sobrado testimonio uno de los libros suyos que más estimo: Cuentos de mamá (1952). Lo compré en L., una capital de provincia que en cierta ocasión usamos como campamento base para una semana de vacaciones a medio camino entre Aragón y el Pirineo catalán. Tenía localizada una librería de viejo y acudí a ella para levantar acta de sus posibles tesoros. Pero apenas había doblado la esquina cuando casi tropiezo con un coche de los mossos d’esquadra parado justo delante del local. A gritos, un joven de aspecto magrebí proclamaba ante la policía que “él solo pasaba por allí”, mientras una mujer, también a voces, le recriminaba algo y un corro de mirones, entre quienes se encontraba el dueño de la librería, daba su parecer, en principio nada favorable al sospechoso, sobre el asunto… Como no me gusta pasar por indiscreto, volví sobre mis pasos y di una vuelta a la manzana. Al cabo de unos quince minutos regresé al lugar de los hechos. La policía se había ido ya y frente a la librería había vuelto a sentarse un ruidoso ramillete de muchachas equívocas que, en caso de que fueran lo que yo creía que eran, no debían de tener mucha clientela y más bien parecía que estaban ahí por si acaso un golpe de suerte les traía a algún despistado sin que ellas tuvieran que tomarse el trabajo de ir a buscarlo.

Francisco García Pavón.

Entré en la librería. Nada más poner el pie dentro, el viejo que antes identifiqué como dueño de la tienda me abordó y me dijo, en un catalán muy nasal y cerrado, que en castellano solo tenía los libros que estaban en el expositor junto a la puerta. Le dije que no importaba, que yo también –mentí, o más bien exageré– leía catalán… Había dado con uno de esos libreros difíciles, empeñados en espantar a la posible clientela que viene a hurgar en su zahúrda. Pero soy de los que se crecen en esas circunstancias. De momento, para tranquilizar al viejo, me paré a examinar el expositor giratorio al que, según él, se circunscribían sus existencias de libro castellano. Tuve suerte: encontré allí, entre la nómina casi completa de la colección Áncora y Delfín, un ejemplar de los mencionados Cuentos de mamá de Francisco García Pavón en su segunda edición de 1972. Hay un cuento de ese libro al que tengo devoción desde que me tropecé con él en mis lecturas escolares: “El Ford”, un hermoso relato que se corresponde, en mi memoria, con el que mi padre me hacía, cuando yo era niño, de cómo mi abuelo, a quien no conocí, conducía en la década de los 30 del pasado siglo un coche de esa marca, quizá modelo T, por las calles de Constantina de la Sierra, siendo el único vehículo de motor que circulaba entonces –siempre según el relato de mi padre, no sé hasta qué punto fiable– por esa localidad de la serranía sevillana.

Animado por el hallazgo, en fin, di un paso al frente y me adentré en la librería, rebasando educadamente con un “Sí, sí, gracias” al viejo que trataba de impedirme el paso. En el interior, en contra de lo que afirmaba el librero, había tantos libros en castellano como en catalán. En cualquier caso, como no es del todo incierto que yo, de vez en cuando, me atrevo a leer un poema en la noble lengua del Principado, lo primero que me deslumbró fue la sección de poesía catalana, a la que inmediatamente le hice el escrutinio: las Horacianes de Miquel Costa i Llobera, la Antologia general de la poesia catalana de J.M. Castellet y J, Molas, la Obra poètica de Bartomeu Rosselló-Pòrcel, Salvatge cor de Carles Riba… Tuve incluso la desfachatez de ir preguntando uno a uno al desconcertado librero el precio de todos esos libros que iba apilando. Y entonces acudió en su ayuda un hombre algo más joven, que sí se avino a hablar conmigo en castellano y que incluso me ayudo en mis pesquisas.

Animado, al final me atreví a preguntar por el incidente que había presenciado media hora antes. “Nada –dijo mi interlocutor–: que unos musulmanes le han robado el bolso a una muchacha”. Me llamó la atención el modo de identificar a los ladrones por la confesión religiosa, como si dijéramos: “Unos anabaptistas me han pasado un billete falso”, o “Unos anglicanos borrachos me han agredido en un bar”. Pero no dije nada. Hice lo que habría hecho el proverbialmente taciturno Plinio: oír, observar, tomar nota mental y… a otra cosa. Ya el tiempo se encargaría de hacer que las piezas encajaran, que los misterios dejaran de serlo, que el ciclo de las estaciones y festejos –el carnaval, la vendimia– se superpusiera a los mezquinos actos de los humanos, empequeñeciéndolos y acaso borrándolos, aunque no antes de que la curiosidad, ese otro acicate de quienes se aburren mucho, animara al melancólico Jefe de la Guardia Municipal de Tomelloso a dar un paso o dos en pos de la resolución del enigma.

José Manuel Benítez Ariza

Autor/a: José Manuel Benítez Ariza

José Manuel Benítez Ariza (Cádiz, 1963) vive escribiendo y escribe sobre la vida: un poco cada día, un poco de todo, en una profusión hecha de muchas brevedades. Narrador, poeta, traductor y articulista, el hilo conductor de esta aparente dispersión de fuerzas es su "diario abierto" Columna de humo, en el que trata de explicarse.

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