Número oculto

Llamada perdida. Lo dice la pantalla. Tras pulsar una tecla, leo: número oculto. No sé a cuenta de qué extraña conexión, quizás de alguna lectura nocturna, pero la cosa es que me viene a la mente un nombre: Bud. E imagino con enojo que tal entresijo me perseguirá el resto del día hasta que consiga descifrar el enigma, porque acabo de desayunar, y yo no conozco a nadie que se llame Bud. En el periódico no hay nada sobre Bud. En la televisión no escucho una sola palabra acerca de ningún maldito Bud. 

Y yo nunca leo por las noches.

Mi señora aparece en el salón, me ofrece un beso rojo y se marcha en silencio. Yo trabajo en unas oficinas, cerca de casa. Vendemos y alquilamos apartamentos. Cuando llego mis dos compañeras ya están ubicadas frente a sus ordenadores. Teclean y hablan entre sí, a un tiempo. Digo hola y recibo sus miradas amables y cotidianas. La pelirroja es un caudal de palabras y oraciones subordinadas que intercala con estruendosas carcajadas. La rubia es monosílaba y más bien afirmativa y condescendiente. Es con ella con la que alimento fantasías sexuales que jamás contaré a mi señora.

Que jamás contaré.

Ilustración de Manuel Martín Morgado.

Agosto se acerca y hay poco trabajo. La mañana transcurre como una fotocopia sudorosa que no terminara de realizarse. El almuerzo también es cosa de tres, en el bar de enfrente. A mí me gusta hablar de fútbol, o de basket, en su defecto. A ellas no, por lo que permanezco callado. Me hago igualmente monosílabo y condescendiente con el torrente de la pelirroja, que afirma con cierta vehemencia que llegado el día preferiría mil veces uno clásico a cualquier mamarrachada de las de ahora. Mientras escucho y mastico con tranquilidad intento pergeñar alguna nueva fantasía con la rubia elástica. No me viene a la cabeza nada interesante, ni siquiera a los postres o con el café. Por la tarde tengo marcada una visita de posibles inquilinos o futuros propietarios. Una pareja de jóvenes prometidos. Se les ve ilusionados. Más optimista aún que ellos termino yo la jornada, pues consigo colocarles el piso. Vivienda a estrenar de dos dormitorios, cocina, baño y salón con terraza. Y eso, en estos tiempos… Me despido con una gran sonrisa de mis compañeras, ya en la calle. Después las observo marchar juntas. Acecho con absoluta concentración las ceñidas piernas y el culo respingón de la monosílaba rubia, alejándose. No hay manera. Hoy no. Como todos los días doy un paseo junto al mar, para hacer tiempo. Veo gaviotas y barcas. Veo gente pescando con cañas del país. Veo a una mujer dentro de una cabina telefónica, la única, quizás, que aún permanezca en el barrio.

¿Funcionará?

Parece alterada la mujer. Parece gritar algo. Me acerco al armatoste urbano. Grita. Una y otra vez. Ningún sonido, en cambio, escapa al exterior. Intento leer sus labios. Es raro. Aparenta exclamar: ¡Bah!

Veo gente en bicicletas y monopatines. Veo parejas de la mano. Miro hacia el cielo, apagándose. Al llegar a casa mi señora me da un beso sin carmín y sin lengua. Comenta distraídamente que ha preparado una cena fría. Cuelgo la chaqueta en el perchero de la entrada y cuando me dispongo a sentarme a la mesa algo vibra en mi bolsillo. Alcanzo el móvil y leo la pantalla: número oculto. Lo había olvidado por completo.

¿Bud? —respondo, ante la hermética sonrisa de mi señora.

José Rasero Balón

Autor/a: José Rasero Balón

José Rasero Balón (Alhucemas, 1962). Soy autor de los blogs 'E la nave va!' y 'Humanos' (www.joserasero1.com) con fotografías realizadas en Holanda, Hungría, República Checa, Eslovaquia, Austria, Italia, Alemania y diversas poblaciones de la geografía española. He publicado las novelas 'Laila' (1997), 'Badián no es un anís' (2012) y 'Áticos y viento' (Ediciones Mayi. 2015), así como el poemario 'Brochazos' (2001). Vivo en La Viña.

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