Mala noche

Ahora sé que aquella mujer jamás estuvo en mi habitación. Lo descubriría al amanecer, cuando carecía de respuestas para mi rostro, para mi mano, para nada, para nadie, todavía aturdido al otro lado del espejo. Del agrietado espejo de un bareto recién amanecido al que entré para calmar mi desconcierto. No había respuestas, pero sí una decisión. O un agotamiento. Pagué al camarero el coñac que había succionado para no caer allí mismo rendido a sus pies, para sobrevivir a aquella noche que ahora intentaría reconstruir. De vuelta en la calle determiné despejar las ensoñaciones que se debatían en mi mente, sustraerlas y arrojarlas al mar temprano de la Alameda. Expulsarlas todas hasta que solo una certeza se abriera paso —triunfadora— y cesaran de una vez la angustia y la zozobra con que había convivido las últimas horas.

—¿La señorita subió a su habitación?

Pero la certeza no aparecía. Miré al mar y dejé que el aire fresco de la mañana me envolviera con sus caricias invisibles. La idea de fumar aventajó a cualquier otra, pero no encontré cigarrillo alguno en mis bolsillos. Entonces la vi abrir su bolso rojo de mano y ofrecerme un rubio americano. Y nos vi aspirando y expulsando el humo en silencio, recostados en la arena, observando el océano anochecido, en calma. El bullicio de gentes y música de la barbacoa parecían decrecer como la luna, agazapada entre nubes viajeras. Nadie nos había presentado, y es posible que ya nos hubiéramos intercambiado los nombres y algunas palabras improvisadas, al tiempo que nos analizábamos sin prisas, dejando que los acontecimientos fluyeran por sí mismos.

—¿Otra copa?

La respuesta siempre fue que sí y nos llevó en algún momento a unirnos al grupo que danzaba torpemente sobre la arena. Sonó en la noche un bolero desvencijado y triste y nuestros cuerpos se abrazaron en el baile, nuestros rostros se acercaron cómplices, y nos dijimos cosas al oído.

Decidí al fin comprar una cajetilla y zambullí mis pasos en el laberinto de calles del centro de la ciudad. Deambulé un tiempo incierto en el que la imagen de la mujer tendida en el centro de mi habitación volvió a golpear mi cerebro, como un destello seco, repetido y terrible.
Comprendí que la única certeza me mostraba con claridad el camino —impostergable— de regreso a mi habitación.

La máquina dejó caer el paquete de cigarros y escupió las monedas de la vuelta. Pedí una cerveza para acompañar al cigarrillo, que puse en mis labios, y entonces la vi ofreciéndome fuego de su mechero plateado, ocultando del viento la llama con una de sus manos blancas y alargadas. Y nos vi caminando en la madrugada, abrazados por la cintura, dibujando eses solidarias en nuestro avance. Reíamos etílicos, absurdos, inestables, y es posible que alguno de los dos dijera:

—¿La penúltima?

Y la respuesta siempre sería que sí, y entraríamos en un local decadente y novelesco, en el que pediríamos la copa de marras entre risas y arrumacos.

Inicié pues el camino de vuelta a mi habitación mientras la ciudad parecía aún aletargada, y las tiendas desperezaban sus barajas con un chirriar cansino y monótono. En los escaparates se reflejaba mi figura fantasmal, y notaba el cansancio aturdir mis pasos, y sentía la mano dolorida, y la podía ver a ella en el bar quimérico jugando con sus faldas, jugando con mis gafas, jugando con mis labios. Y sería yo quien dijo:

—Vivo aquí cerca, ¿subes?

Cuando doblé la esquina y caminé sobre la calle de mi habitación pude ver el alboroto justo ante el portal. Y la vi a ella extraer un objeto de su bolso rojo de mano, mostrándome de repente un metal afilado, amenazando mi suspendida sonrisa, una mezcla de desafío y súplica en sus ojos de madrugada, blandiendo el arma punzante sobre mi vientre.

Una sirena anunciaba la ambulancia que rompió en dispersión veloz los murmullos expectantes. El revoloteo planeó de nuevo sobre el vehículo sanitario al detenerse, cual una bandada de pájaros negros. Una mujer yacía en el asfalto, una navaja abierta a su lado. Vi las marcas en su cuello, sentí mi mano dolorida, el dibujo de sus uñas escarlatas en mi pómulo.

Un grupo de soñolientos curiosos rodea el cadáver.

Ilustración de Manuel Martín Morgado.
Ilustración de portada: Manuel Martín Morgado.

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