Madrid: una escapada (III)

—¿Qué gigantes? —dijo N.

—Aquellos que allí ves —respondí—, los de los muchos ojos y la gran altura. Y si tienes miedo, quítate de ahí, y ponte en oración, que yo voy a entrar con ellos en fiera y desigual batalla.

—Mira Jose —respondió N.—, que aquellos que allí se aparecen no son gigantes, sino rascacielos, y lo que en ellos juzgas ojos no son sino pisos y ventanas.

Esta conversación, claro, jamás tuvo lugar, pero —siempre con un poco de imaginación— podría haber acaecido perfectamente cuando N. y yo surgimos de la Estación de Chamartín y nos enfrentamos al gran icono, futurista y arrogante, del Madrid actual: las Cuatro Torres (que en realidad son cinco).

Estos terrenos —al final del Paseo de la Castellana— pertenecieron al Real Madrid C. F. En su momento, se recalificaron y, poco después, se vendieron, con el visto bueno de la Administración Pública, a una corporación de constructores. Así pues, quieras que no, no dejábamos de estar ante todo un (paradigma) gigante de la cultura del ladrillo y del pelotazo.

El complejo empresarial (Cuatro Torres Business Area), inaugurado en 2009, cambió sustancialmente el skyline madrileño. Hace pocos días se ha unido al conjunto una flamante quinta torre, Caleido (“de bella apariencia”), aunque —al ser bastante más sencilla (solo 181 metros)— queda semioculta y eclipsada por los otros cuatro gigantes.

La cuatro torres madrileñas.                                                                                               Foto: José Rasero Balón.

Las torres (Cepsa, PwC, Cristal, Espacio) acogen en su mayor parte oficinas de grandes empresas, aunque también hay cabida para un hotel de cinco estrellas, un jardín vertical, algún restaurante gourmet, la casa del dueño de uno de los rascacielos —Juan Miguel Villar Mir— e incluso una capilla católica, la cual ostenta el nebuloso título de “Sagrario más alto de España”: planta 33, a 135 metros de altura, de noche se puede ver un gran semáforo, en verde o en rojo según esté abierta o no. También la Torre de Cristal (al principio, por error de cálculo, la más alta fue considerada Cepsa), con 249 metros de altura y 52 plantas, es la más alta de España. Se diría que las grandes dimensiones obsesionan mucho por estos lares.

N. y yo estuvimos un sábado y, excepto el hotel, lo demás estaba cerrado. Así pues, ni siquiera pudimos observar en acción a la especie dominante de este curioso hábitat: ejecutivos en mangas de camisa dando rápida cuenta de alguna hamburguesa o similar. Salvo sentirse uno muy pequeñito y hacer fotos poco más había que rascar.

Por cierto, en el cartel del último remake de la película Robocop (2013) aparecen las 4 torres y se ve claramente sobre una de ellas el logo de la empresa de los malos, OmniCorp. Por algo será.

De regreso por el paseo de la Castellana nos topamos con otro símbolo, este de los años noventa, con el que se nos anunciaba la llegada (una Nochebuena) del Maligno en la secuencia final de El día de la bestia, la delirante película de Álex de la Iglesia: las torres KIO o Puerta de Europa, entonces aún en construcción, serían posteriormente sede de Cajamadrid y, más tarde, de Bankia. Junto a ellas, en el centro de Plaza Castilla, el monumento a Calvo Sotelo (de 1960) y el obelisco de Calatrava, inaugurado en 2009…

Demasiados iconos y demonios para una sola mañana.

Huimos.

Escapar de la escapada. Suele suceder. Tenemos tendencia a ello. Pillamos un Cercanías y nos dejamos seducir por el espléndido Jardín de la Isla, en Aranjuez, junto al Tajo y al Palacio, que estaba cerrado. Paseamos junto a magnolios y plátanos por senderos sombreados, estanques, fuentes de época (el Niño de la Espina, Venus, Baco…) y recodos de elegante belleza. Nada más adecuado para ahuyentar iconos y demonios.

El niño de la espina.                                                                                                                                        Foto: J.R.B.

Comimos en el Rincón de Ríos —frente al Palacio y los Jardines—, en la Plaza de las parejas, a los sones (gracias al móvil inteligente) del Concierto de Aranjuez (escrito en 1939 en París por Joaquín Rodrigo). Arroz cremoso con verduras y picaña a la parrilla (la picanha de ternera es un corte muy utilizado en Brasil, conocido en la parrilla argentina como tapa de cuadril, y en España como rabillo de cadera).

A Toledo subimos en taxi y bajamos a pie. Es una ciudad “rompepiernas”. Un casco urbano que nos encantó y que merece una visita más pausada. Estuvimos en la plaza de Zocodover —antigua Alcaná—, que es donde el narrador de las andanzas de Don Quijote de la Mancha compra a un joven unos “papeles viejos” que, al cabo, resultarán ser la historia escrita por Cide Hamete Benengeli. También tuvimos tiempo para visitar el Museo del Greco. Doménikos Theotokópoulos, pintor renacentista cuya obra dejó de gustar tras su muerte. Su reivindicación y redescubrimiento llegaría a finales del XIX, con el movimiento romántico. Y hasta hoy. Después almorzamos en la Campana Gorda, supongo que bien. Olvidé apuntar y hacer fotos. Y la memoria…

Aquí no hay playa. De nuevo en Madrid, un chapuzón en una piscina se presentó como destino inapelable. El calor apretaba. La Estación de Lago, en plena Casa de Campo, nos resultó toda una sorpresa. Los andenes están al aire libre, e incluso nos pareció que —con sus paredes decoradas con azulejos blancos— anunciaban la placentera atmósfera de esos baños a los que nos dirigíamos. El edificio que alberga la estación también es peculiar, con un aspecto entre lo rural y lo folclórico —estilo regionalista se llama—, un amplio vestíbulo, un exterior circular rodeado de arcos de medio punto y un reloj en la torreta —con una veleta con forma de locomotora—, cual iglesia o casa consistorial de pueblo.

Jardín de la Isla en Aranjuez.                                                                                           Foto: José Rasero Balón.

N. y yo no tenemos suerte cuando preguntamos a jovencitas. En este caso, estando al lado de la piscina que andábamos buscando —algo que descubriríamos más tarde— dos chavalas, con una sonrisa ¿delatora? en los labios, nos mandaron justamente en la dirección contraria. ¿Por qué? Algo similar ya nos sucedió en Izmir (Turquía) hace unos años. Misterios —y contratiempos— que nos persiguen.

En cualquier caso, aquel no era nuestro día. Había que reservar —nos informaron en la piscina, una vez que dimos con ella— las entradas vía Internet con al menos dos días de antelación (cosas del Covid). Nuestro gozo en un pozo.

Pusimos algo de remedio tomando un reparador café en una de las terrazas que da al estanque artificial —de origen renacentista— de la Casa de Campo, con preciosas vistas.

“El flamenco te revuelve las entrañas y a la vez te sacude la tristeza”, explicó en una ocasión Jorge Pardo, músico de jazz y flamenco.

Fuimos a comprobarlo —N. iba convencida, es una gran aficionada y practicante; yo, lo he catado poco, con expectativas— al Tablao Flamenco Cardamomo, en la calle Echegaray del Barrio de las Letras, por el que suelen pasar grandes como el propio Jorge Pardo, Antonio Carmona, Estrella Morente, Tomatito, Antonio Canales o Raimundo Amador, entre otros muchos.

N. en la puerta del Tablao Flamenco Cardamomo.                                                                                       Foto: J.R.B.

La sala es menuda, acogedora. Con la entrada puedes tomar una consumición o incluso cenar. Nos decantamos por la cerveza.

En el escenario, también pequeño, se va instalando —apretadillos— el cuadro flamenco: dos guitarras, un cajón, tres cantaores (también al jaleo y las palmas), una bailaora y como artista invitado: el Yiyo, bailaor de Badalona de 25 años, toda una referencia —según los entendidos— en el flamenco de hoy.

Grandioso.

Las guitarras, el cante, el jaleo, la percusión. La atmósfera. La profesionalidad. El corazón. Tangos y bulerías fueron dueños de la escena. Especial mención —el espacio, ya os digo, era ínfimo— a la bailaora y al Yiyo, todo fuerza, calidad, bravura, virtuosismo.

Salimos con las entrañas revueltas, la tristeza olvidada y un deslumbramiento —ciertamente— hondo.

Lo comentamos —y lo celebramos— en una terracita de la calle Cuchilleros. Tortilla de patatas y jamón.

Y con sabor de huapango, bulería y jaleo regresamos al día siguiente a Cádiz, la esfera de nuestras vidas, ay, escuchando —gracias al móvil inteligente— aquella bulería de Camarón: «…al compás de mi guitarra / canto alegre este huapango / porque la vida se acaba / y no quiero morir soñando / ay, como muere la cigarra…»

Autor

  • José Rasero Balón

    José Rasero Balón (Alhucemas, 1962). Soy autor de los blogs 'E la nave va!' y 'Humanos' (www.joserasero1.com) con fotografías realizadas en Holanda, Hungría, República Checa, Eslovaquia, Austria, Italia, Alemania y diversas poblaciones de la geografía española. He publicado las novelas 'Laila' (1997), 'Badián no es un anís' (2012) y 'Áticos y viento' (Ediciones Mayi. 2015), así como el poemario 'Brochazos' (2001). Vivo en La Viña.

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