Madrid: una escapada (I)

Caen gotas esporádicas sobre Madrid cuando llegamos a Atocha. Por un momento se me antoja —todo lo que nos rodea— también esporádico, azaroso, incierto. Es un día extraño. Bochornoso, encapotado y gris. Parece amenazar, no sé, cualquier cosa. Extreme las precauciones. Demasiado tiempo sin viajar. Y tantas y aceleradas ganas. La escapada ha comenzado y los acontecimientos se pueden precipitar de un momento a otro —reímos—, y nos precipitamos al Metro.

Uso de mascarilla obligatorio.

«Hay besos que calcinan y que hieren, hay besos que arrebatan los sentidos, hay besos misteriosos que han dejado mil sueños errantes y perdidos…»

Son besos y versos de Gabriela Mistral. Viajan en los vagones —junto a nosotros y a la multitud de embozados— y nos dan la bienvenida a la gran urbe.

Me gusta —hay veces que asusta— este universo subterráneo y laberíntico. Lugareños, paneles informativos, turistas, trabajadores, familias, grupos de amigas, escaleras mecánicas inverosímiles o no, indicaciones, flechas, máquinas expendedoras de tarjetas, tornos, andenes, músicos y gentío de todo pelaje. Un universo atiborrado de historias reales o aleatorias o ficticias que se cruzan a la velocidad del rayo de estos tiempos —y más en este mundo del subsuelo, en el que todo son prisas.

El metro es un gran invento —comentaba Johnny Carter, el saxofonista de «El perseguidor» de Cortázar.

A mí también me lo parece. Y un buen lugar para ejercitar —o estás perdido—la agilidad mental. Y para la lectura veloz. Leo que el Metro de Madrid es el segundo más grande de Europa y el más densamente poblado del mundo. Leo que tiene doce líneas. —líneas que se bifurcan y que expanden de forma vertiginosa la imaginación, bosquejo—. Leo que Cuatro Caminos, en la línea 6, es su estación más profunda. Son casi 50 metros desde la superficie. La altura de un edificio de 20 pisos. Impresiona.

Se anda mucho —y se desanda, igualmente— cuando vas en Metro y hace tiempo que no vas en Metro. Hay que reaprender —de modo intensivo— a moverse en el Metro. Brotas al exterior, te apartas presuroso la mascarilla y respiras como si llegaras a un oasis prometido.

Metro de Madrid.                                                                                                                                                      Foto: José Rasero.

Ese oasis —por ejemplo, si brotas en la Estación del Arte— es el Paseo del Prado. Nos cuenta Carlos Herrero Álamo (Paseo literario por el Madrid de Larra. Edic. La Librería. 2009): “El Salón del Prado era el lugar de paseo de todo Madrid: de las clases altas y de las bajas, a pie, a caballo o en coche… En el Salón del Prado se alquilaban sillas para el reposo de los paseantes cansados”.

Somos unos paseantes cansados. Por suerte, el actual Paseo no alquila sus bancos y podemos buscar resguardo —es nuestro segundo día y luce un sol de justicia— bajo la sombra de algún chopo o acacia. Y leer la prensa. O mejor, no. Según defiende el propio Carlos Herrero, el suicidio de Larra fue su respuesta —amén de al desamor de Dolores Armijo— a la terrible desesperanza que le producía al escritor romántico la situación política, económica y cultural de España.  Esto último, claro, nos suena demasiado. Así que —es preferible—, dejemos de lado periódicos y omitamos la actualidad. Vayamos al Museo. Al fin y al cabo, nos decimos, estamos escapando.

Tengo la entrada al Museo del Prado dentro de un móvil inteligente. Es algo insólito para mí. Hace tan solo unos días me aviaba con uno simple, anticuado y, al parecer, estúpido. Ahora llevo un smartphone adosado a la mano. Me leen la entrada o, más bien, me asisten —soy neófito— para que pueda ser leída. Me recuerdan amablemente que me ajuste bien la mascarilla. Me toman la temperatura. Tanto N. como yo damos 36,4ºC. Todo contribuye a mi estupefacción.

Estupefacción que, ya en el interior de la pinacoteca, se convierte en mirada abierta y disfrute.

“Cuando uno se siente muy sucio por dentro debido a la pegajosa realidad de la vida, una visita al Museo del Prado es como bañarse en una fuente clara de la que se sale siempre limpio y purificado”, afirmaba Manuel Vicent no hace mucho en El País.

Desde «El triunfo de la Muerte» (Pieter Bruegel, el Viejo), «El jardín de las delicias» o «La extracción de la piedra de la locura» de El Bosco, Pedro Berruguete, Murillo, «Las tres gracias» de Rubens, Tiziano, Tintoretto, Caravaggio, José de Ribera, Zurbarán, «Las hilanderas», «Las Meninas» o «El jardín de la Villa Medici en Roma» de Velázquez, las excelencias pictóricas se suceden por los pasillos del edificio que en 1785 se diseñó como futuro Gabinete de Ciencias Naturales, se destinó al cabo a la creación del Museo Nacional de Pintura y Escultura y se denominó a la postre Museo Nacional del Prado, abriendo por primera vez al público en 1819.

Un espectáculo sublime, conmovedor —resumo— al que hubimos de dedicar dos mañanas y al que siempre se habrá de regresar.

Estatua de Velázquez en el Paseo del Prado.                                                                                 Foto: José Rasero.

Me detendré, con todo, en la sala de las Pinturas Negras (realizadas por Goya con 73 años, entre 1819 y 1823, al óleo, directamente sobre la pared, en los pisos de su morada de la Quinta del Sordo, junto al río Manzanares) y, en concreto, en dos de las obras:

«Perro semihundido» —cabeza de un perro hundida sobre un plano inclinado de ocre oscuro y un espacio vertical más claro— y «Duelo a garrotazos» —dos hombres luchando a bastonazos en un paraje solitario enterrados hasta las rodillas— son esas dos obras (las podréis visualizar, por conocidas).

Pues bien, unos 50 años después de la muerte de Goya los óleos (14 en total) fueron arrancados —de manera descuidada— de las paredes, trasladados a lienzo y posteriormente restaurados tal como los he descrito más arriba.

Las pesquisas y teorías sobre su simbolismo envolvieron a estas obras durante mucho tiempo, hasta que aparecieron en escena las fotografías en blanco y negro de Jean Laurent (en 2009, cuando se terminó el proceso de recuperación y digitalización de las viejas y dañadas placas), uno de los más importantes fotógrafos que trabajaron en España en el XIX. Las fotos (realizadas en 1874) permitieron contemplar las enigmáticas pinturas en su forma original, cuando permanecían en sus muros hace casi siglo y medio.

El «Perro semihundido», en realidad, no se hundía: observaba dos pájaros detrás de una loma, pero la restauración hizo que se perdiera el paisaje original. Y en «Duelo a garrotazos» el restaurador enterró las piernas de los contendientes —tal como las contemplamos hoy— en una especie de barrizal, cuando en el original las pantorrillas se desdibujaban entre la hierba.

—¿Y a qué viene esta historia?

A saber, la verdad. Quizás resulte que del Prado se sale —además de como afirmaba Manuel Vicent— también dándole vueltas uno a las manías, obsesiones o caprichos que se le han ido dibujando en la mente durante la visita.

Tras abandonar el Museo, limpios, purificados y cada cual en su mundo interior, nos plantamos (vía Metro) en Casa Valiño, cerca de Callao. Pedimos gazpacho, ensalada de salmón y cachopos de ternera.

La estupefacción regresó a mí cuando, al tomar café y echar mano al inteligente móvil, entré en Facebook. Allí estaban. Jean Laurent y Francisco de Goya. Cuando una fotografía antigua desveló el misterio de una de las pinturas negras de Goya. El artículo lo acababa de compartir mi amigo Manuel Ruiz Torres.

A Madrid, tanto N. como yo, la hemos ido conociendo —y lo que nos queda— paulatinamente. Jamás hemos residido en ella. Nuestras estancias han sido, o bien de paso, en dirección a variados destinos, o bien en breves escapadas como la que nos ocupa, de apenas días o una semana. Puede que sea la razón de que, a veces, esta tan colosal urbe nos induzca a cometer colosales despistes.

Nuestro deseo y tentativa era ir al Teatro Alcázar.

Busqué su ubicación en mi flamante e ilustrado móvil. Calle Alcalá. (La calle Alcalá es, con sus 10,5 km y sus 544 portales, la más larga de la Villa y Corte y la tercera de España). El móvil será inteligente pero su pantalla es escasa. No me acostumbro. No veo bien según qué cosas. Y menos en un mapa. Alcázar y Alcalá son dos palabras fácilmente confundibles. Izquierda o derecha adquieren significados aventurados.

Nos pateamos nuestros buenos dos kilómetros —que es como se conocen las ciudades— en busca del teatro Alcázar. Y a buen ritmo, pues íbamos muy justos de tiempo. Pudimos ver el edificio neomudéjar de la Casa Árabe; dejamos atrás, a nuestra derecha, el parque del Retiro y, al fin, con la lengua fuera, contemplamos la fachada clásica del Nuevo Teatro Alcalá, que no Alcázar. Estaba cerrado, pero anunciaba —próximamente— Grease, el Musical, en su cartelera.

Estatua del pintor Francisco de Goya en Madrid.                                                                                                Foto: José Rasero.

Una vez comprobado el fiasco continuamos circulando como si nada hubiera sucedido, a un ritmo ya más sosegado y, como avispados paseantes cansados, ocupamos al poco un banco en la intersección de la calle Goya (¡sí!) con Alcalá. Divisamos un Corte Inglés —o dos o tres— y, una vez reanudada la caminata, conocimos la Plaza de Manuel Becerra, donde finalmente —con una sonrisa cómplice en los labios— cenamos al modo piscolabis.

La mañana siguiente desayunamos en el café La Pecera, del Círculo de Bellas Artes, también en la calle de Alcalá. Churros, tostadas y capuchinos. Arquitectura neoclásica. Mesas, sillas y lámparas de araña de coleccionista. Una selección de obras de gran formato cuelga de sus paredes. Una escultura yacente y una coqueta barra con una colorida variedad de botellas. Muy cerquita —ya lo habíamos descubierto— se encuentra el Teatro Alcázar. Sacamos la entrada. Esta vez en papel. Esa tarde iríamos a ver Deje su mensaje después de la señal.

Autor

  • José Rasero Balón

    José Rasero Balón (Alhucemas, 1962). Soy autor de los blogs 'E la nave va!' y 'Humanos' (www.joserasero1.com) con fotografías realizadas en Holanda, Hungría, República Checa, Eslovaquia, Austria, Italia, Alemania y diversas poblaciones de la geografía española. He publicado las novelas 'Laila' (1997), 'Badián no es un anís' (2012) y 'Áticos y viento' (Ediciones Mayi. 2015), así como el poemario 'Brochazos' (2001). Vivo en La Viña.

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