La voz discreta de Ion Arretxe

La literatura testimonial en castellano ha tomado algo de velocidad durante el último año con la publicación de algunos títulos que pretenden reinventar el género, o desempolvarlo, al menos. Varias son las propuestas que aspiran a la confesión y otras a tomar el pulso a un momento histórico con el conocido adagio reporteril que viene a defender que hablar de uno mismo es un medio eficaz para retratar el tiempo en el cual vive o ha vivido el firmante que aparece en la cubierta. Paralelamente, desde hace algunos años, otros creadores han pretendido revisar el realismo en literatura desde posicionamientos críticos que impugnen la historia, poniéndola contra las cuerdas, pero sin descuidar la pulsión estética que debe investir toda obra de arte. Quizás en la intersección de ambas tendencias haya que situar la obra literaria del polifacético Ion Arretxe, quien también destacó como dibujante, director artístico, guionista, actor, siempre poeta.

Ion supo pulir un estilo propio, crear un mundo narrativo singular a base de jirones de una vida, la suya, que permiten representar un fragmento de la Historia de España y de Euskadi. Su valentía fue irradiada por el silencio, las amenazas, los insultos con que saludaron las incómodas cuestiones que visibilizó con su presencia, pero también por la adscripción incondicional o la reivindicación de su figura por parte de quienes, lamentablemente, se marcaban otros objetivos a la conciliación que pregona su obra.

Ion Arretxe.

Con Intxaurrondo, quedó finalista del Euskadi de Narrativa en 2016, un libro que tardó treinta años en escribir y trasciende las críticas feroces, y cada vez más comunes, al realismo tras aceptar un modelo que bebe tanto de la escritura autobiográfica cuanto del estilo fragmentario de la greguería y de un sentido del humor sin el cual las escenas que resultan enternecidas en su presentación literaria causarían en el lector una profunda indignación, dotando asimismo al texto de una sugerente capacidad persuasiva, alejada de la trivialización. Estilo que ya había ensayado en sus dos libros anteriores: Parole, Parole y Los mismos bares, este último publicado póstumamente a principios de este 2018. A lo largo de poco más de doscientas páginas, Ion Arretxe cuenta un episodio traumático de su vida: en la madrugada del 26 de noviembre de 1985 fue secuestrado por el aparato policial, acusado falsamente de pertenecer a ETA y torturado. Durante años, guardó silencio sobre ese horror que le provocaba insomnio. El relato es estremecedor en tanto en cuanto revela la arbitrariedad de estas prácticas impropias en un sistema de representación parlamentaria, que a su juicio reúnen un componente disciplinario y disuasorio, pero en especial porque asegura en varios momento de su testimonio que siempre tuvo claro las líneas rojas que no podían traspasarse, las trazadas por las armas y los explosivos y la integración en ETA. Ofendido, su nombre adquirió cierta relevancia pública cuando publicó varios tuits y concedió alguna entrevista para denunciar la elipsis con que fue ninguneada la tortura en la serie de televisión El padre de Caín, basada en la novela homónima de Rafael Vera, condenado por su implicación en los GAL. Jean Genet afirmaba que el espionaje es tan vergonzante que los países lo ennoblecen precisamente por ello.

Tiro en la cabeza (Bat Buruan), dirigida por Jaime Rosales e interpretada por Ion, es el reverso de Intxaurrondo. En esta desasosegante propuesta, que puede entenderse como una reflexión acerca de la violencia y el diálogo sordo que la sostiene, es representada la integración del crimen –las prácticas de normalización–, por parte de una serie de etarras, en su día a día, como una actividad más. El espectador no entiende lo que dicen los personajes y asiste impertérrito a su comportamiento cotidiano, en bares y calles y casas, y al desenlace temible: el asesinato. Con su papel protagonista de miembro de un grupo activo de ETA, y la publicación de Intxaurrondo, Ion presenta un fresco global de su crítica a la violencia en cualquiera de sus manifestaciones. Solo una palabra hacia el final del metraje. Txacurra. Txacurra. Txacurra. Disparos. Aquí, Ion destaca de nuevo la centralidad del lenguaje, la facultad de nombrar, que, como veremos, para él ocupa un papel rector en la formación de la personalidad, el reparto de filias y fobias, las inclusiones y exclusiones de aspectos de la realidad y, en fin, la construcción del otro.

Cromos de la infancia y bares de la adolescencia

Pero a esta exquisitez en el tratamiento artístico del crimen hay que yuxtaponer la introducción de ramalazos de su peripecia en la Rentería de los ochenta  que permiten reconstruir las aristas del día a día en esa localidad vasca –otros hablarían de cultura–, una tentativa que ensaya con acierto en su primera obra, Parole, parole, publicada en 2013 también por Garaje, en cierta medida la primera aproximación a ese otro libro que quería escribir y culebreaba, resistiéndose a tomar forma. Parole, parole es una evocación de su infancia y adolescencia primera en el barrio de Galtzaraborda de Rentería, donde creció, y adelanta el estilo que forjó y alcanza una expresión brutal en Intxaurrondo. Su último trabajo y el primero que escribió, el ya citado Los mismos bares, narra con idéntica técnica su adolescencia. Entre Robert Walser y Ramón Gómez de la Serna, salpica el texto de greguerías, palabras y relatos que acompañaron esa etapa de la vida del narrador, consciente de que su primera juventud “coincidió con la adolescencia de todo el país, esa época incierta a la que, con mucha rimbombancia y énfasis, gustan llamar transición”. Quiere, necesita contar para evitar que los hechos se pierdan en las aguas heladas del olvido. Evoca grupos musicales tales como Itoiz, The Clash, Kortatu, Derribos Arias e Ilegales, Amaia Zubiria, Ruper Ordorika, a quien llama el Lou Reed de Oñate. La música como otro personaje más en ese microcosmos que constituía el mundo del niño que fue Ion Arretxe. Y la heroína que le arrebató a buenos amigos en sus años de juventud.

Tejida con juegos de palabras que expresan un sentido amor por la lengua, humor, mucho humor, y un tiempo narrativo que desafía toda linealidad cronológica, su opera prima es una suerte de aprendizaje de la decepción. Todos esos relatos que ha escuchado, relatos que recuerda, relatos inventados, asociaciones que operan en su memoria a modo de catarsis, alertan sobre la importancia de las palabras en la socialización, la formación de la personalidad, palabras que entonces no sabía lo que significaba el narrador, pero que formaron parte de su vida diaria cuando niño (ETA, amnistía, tetas, follar), palabras que se condensan “para formar la realidad”.  Significantes que intentaba asociar a un significado, muchas veces sin acierto. Significantes autorreferenciales.

Un joven Arretxe con Carlos Pérez Merinero.

Entre el lirismo y la eficacia narrativa

Hoy circula una convención más o menos hegemónica que fija el entretenimiento como la función principal de la literatura. Jacques Rànciere recuerda la carta de Keats a John Reynolds en la que sugería que la poesía es una manera de vivir, pensar, actuar, comunicar y hacer comunidad. Creo que esta cita define mejor a Ion.

Formó parte de esta clase de autores que buscan entre líneas a la caza de un estilo sin olvidarse de mirar en su abismo para descubrir al otro. La acertada afirmación de Burroughs. Le apasionaba Bergamín y el teatro de Alfonso Sastre. Fue capaz de mantener un equilibrio entre el lirismo y la eficacia narrativa, sin caer derrotado. Cinceló una voz.

Ion Arretxe falleció con tan solo cincuenta y dos años el 18 de marzo de 2017. Fue una desaparición rápida e inesperada que revela la fragilidad de la vida y las torcidas decisiones, en ocasiones despiadadas, que encarna ese yo que es nuestro organismo, siempre traidor. Quedarán sus libros, y su recuerdo, y cierta presencia en las calles y los bares que frecuentaba, como un velo difuso que puede tocarse, tras el cual florece una sonrisa. Sus trabajos como dibujante y director artístico. El alcalde de Rentería, durante el primer homenaje que Bildu brindó a las víctimas de ETA, leyó un pasaje de Intxaurrondo. Quizás este sea su mejor epitafio. Y el recuerdo de esa capacidad de improvisación y empatía con el público, que reía a carcajadas con sus anécdotas, esa envidiable habilidad de convertir en notables y al tiempo divertidas sus intervenciones. Su trato suave, su mirada transparente, casi infantil. Su cordialidad.

Carlos Rodríguez Crespo

Autor/a: Carlos Rodríguez Crespo

Carlos Rodríguez Crespo (Madrid, 1971) se doctoró en Periodismo en la Universidad Complutense. Trabaja como periodista, investigador y profesor. En febrero, fue publicada su obra de ficción Ventanas cerca de Mireia (Garaje Ediciones, 2017).

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