La sorprendente actualidad de Alejandro Jodorowsky

Por motivos varios, que van desde las polémicas que provocan sus tweets –hace poco, uno de ellos fue malentendido como una justificación del incesto– a su patronazgo sobre cineastas jóvenes o su vuelta al cine, del que parecía haberse despedido en 1990, con una trilogía autobiográfica cuya primera parte –La danza de la realidad– se estrenó en 2013, seguida de Poesía sin fin (2016) y, al parecer, una todavía innominada tercera parte en proyecto, el ya casi nonagenario Alejandro Jodorowsky (Iquique, Chile, 1929) sigue dando que hablar y despertando el interés de nuevas generaciones de seguidores. Nadie hubiera dicho que este icono de la psicodelia de los años 70, y asociado, por tanto, a modas, estéticas e incluso concepciones filosóficas que muchos daban ya por definitivamente periclitadas, iba a conocer en la segunda década del siglo XXI esta especie de resurrección.

Pamela Flores y Brontis Jodorowsky en una escena de 'La danza de la realiad

Pamela Flores y Brontis Jodorowsky en una escena de ‘La danza de la realiad

Cabría incluso articular una explicación sociológica de esta rediviva actualidad: el eclecticismo “posmoderno”, el esteticismo sin alma, la inanidad de la cultura-espectáculo, tienen poco que ofrecer a un público que de pronto vuelve a necesitar la iconoclastia como estética de contestación a un contexto de crisis económica, empobrecimiento de amplias capas de la población y reducción generalizada de derechos económicos, sociales e incluso políticos. Sea como sea, el cineasta contestatario que, en su película de 1973 La montaña sagrada hizo mofa del capitalismo –una de las escenas más hilarantes de la película es una especie de conciliábulo de poderosos que parecen divertirse arrojando enormes sumas de dinero a una pira–, del militarismo, de los mitos nacionales –famosa es la escena en la que representa la conquista de México como un combate entre camaleones y sapos– y de otras formas del moderno poder político y social, sigue teniendo cosas que decir al público contemporáneo; aunque sea –quizá por imperativos de la edad– en clave de introspección autobiográfica. La danza de la realidad, la esperada película que supuso su vuelta al cine después de un largo paréntesis dictado por las ásperas realidades del mercado, pudo parecer a muchos, en efecto, un paso atrás, por cuanto que el cineasta psicodélico y surrealista de los años 70 y 80 dirigía ahora una mirada compasiva y hasta cierto punto nostálgica al mundo de su infancia. Y aunque no faltan en esta película toques genuinamente jodorowskianos –desde la aparición, en la estela de Buñuel, de numerosos tullidos y enanos al sadismo con el que el padre intenta inculcar a su hijo el principio de resistencia al dolor físico, pasando por la caracterización de la madre, interpretada por la soprano Pamela Flores, como un personaje que se expresa siempre con recitativos de ópera y encarna una poderosa sensualidad protectora y absorbente–, el director parece inclinarse finalmente a tratar a estas figuras de su pasado en su complejidad de seres humanos determinados por circunstancias históricas y sociales concretas –al final, el hilo narrativo que termina articulando la historia se refiere al empeño militante del padre por asesinar al dictador Ibáñez–, y no como deshumanizadas figuras totémicas.

Alejandro Jodorowsky y su hijo Brontis, en 'El topo'.

Alejandro Jodorowsky y su hijo Brontis en ‘El topo’.

Es posible que Jodorowsky ya hubiera intentado antes esta mirada conciliadora: en Tusk (1980), por ejemplo, una fábula casi infantil sobre el afecto entre una niña criada en la India y un elefante nacido el mismo día que ella, Jodorowsky hace que la figura del padre, inicialmente autoritario y racista, vaya poco a poco condescendiendo a aceptar el extraño vínculo entre su hija y la fiera, e incluso que, sorpresivamente, renuncie a su condición de hacendado colonial y se convierta en un santón en busca de iluminación… No siempre es posible dilucidar hasta qué punto estos inesperados giros argumentales son simples humoradas o, por el contrario, suponen llamadas serias a un tipo de espiritualidad que, en otros contextos, el sanador y maestro de meditación que también es Jodorowsky defiende como alternativa al modo de vida del hombre contemporáneo. En cualquier caso, no hay una ininterrumpida evolución lineal desde el Jodorowsky irracionalista, iconoclasta e incluso violento de El topo o La montaña sagrada –que, por otra parte, también se presentan como historias de iniciación y búsqueda interior– al autor más conciliador de otras películas.

Entre Tusk, en efecto, y el que fue su último filme antes de su resurrección, El ladrón del arcoiris (The Rainbow Thief, 1990), Jodorowsky escribió y dirigió la que podemos considerar la más redonda y sorprendente de sus creaciones fílmicas, Santa sangre (1989). En ella aúna su talento para la puesta en escena imaginativa e inquietante con un excelente pulso narrativo y un argumento que parte del cine clásico de terror –no en vano, el productor fue Claudio Argento, colaborador con su hermano Dario en algunos de los títulos señeros del cine giallo italiano– y de otras influencias –Buñuel, Fellini, Hitchcock– para poner en pie una tremenda historia de voluntades cautivas, fijaciones edípicas y enajenación, ambientada en el mundo del circo, pero referenciada en la violenta realidad mexicana de su tiempo como símbolo, a su vez, de un universo nihilista que recuerda también el que retratan las películas de David Lynch. En un decadente Circo Americano que actúa en México D. F., una equilibrista, de la que también sabemos que es la líder de una secta que rinde culto a una niña violada y asesinada, sorprende a su marido, lanzador de cuchillos, en pleno adulterio con otra figura del elenco, la Mujer Tatuada. La equilibrista trata de vengarse rociando a los amantes con ácido, pero el lanzador de cuchillos logra reducirla y le corta los brazos, para luego suicidarse… La estética impostada del cine giallo, con su estridente colorido, su recurso a la música obsesiva y envolvente y su característica falta de contención, crea una atmósfera de irrealidad en la que el espectador asume que estas barbaridades no solo son posibles, sino que tienen carta de naturaleza. En ese universo primario, el hijo de la mutilada terminará prestando a ésta sus brazos y convirtiéndose, por tanto, en artífice de la venganza de su madre contra la arquetípica figura de deseo con la que la engañaba su marido, encarnada ahora en todas las mujeres hacia las que el hijo se siente atraído.

Cristóbal Jodoroswky y Blanca guerra, protagonistas de 'Santa Sangre'.

Cristóbal Jodorowsky y Blanca Guerra, protagonistas de ‘Santa Sangre’.

A diferencia de otras películas suyas, en ésta Jodorowsky renuncia a culminar la trama con un final disparatado o una simple reducción al absurdo de las situaciones planteadas: a diferencia de lo que ocurre con El Topo o Tusk, por tanto, el espectador no se siente tentado a  despachar lo visto como una simple broma más o menos cargada de intención. Como en Psicosis de Hitchcock o La Strada de Fellini, los hechos, por extraños o absurdos que parezcan, son irrebatibles y fuerzan al espectador a reflexionar sobre los resortes de la personalidad humana y el entorno social que los han motivado. La individualidad, suele decir Jodorowsky en sus múltiples intervenciones públicas, no existe como tal, es una mera construcción de la familia y de la sociedad, de la que conviene emanciparse en aras de un vivir más auténtico. Cabe interpretar Santa sangre como una cruda puesta en escena de esta cuestión; como lo son también, en mayor o menor medida, todas las películas del chileno; solo que casi en ninguna de ellas concede a sus personajes, a diferencia de lo que ocurre en ésta, la libertad de actuar por sí mismos. Paradójicamente, esa libertad resulta de un guión cerrado y de un planteamiento narrativo clásico. En el contexto de una trayectoria como la de Jodorowsky, esta solución puede entenderse como un experimento más: el más radical de todos.

José Manuel Benítez Ariza

Autor/a: José Manuel Benítez Ariza

José Manuel Benítez Ariza (Cádiz, 1963) vive escribiendo y escribe sobre la vida: un poco cada día, un poco de todo, en una profusión hecha de muchas brevedades. Narrador, poeta, traductor y articulista, el hilo conductor de esta aparente dispersión de fuerzas es su "diario abierto" Columna de humo, en el que trata de explicarse.

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