‘La llegada’: ciencia ficción austera y reflexiva

Como suele suceder a menudo, a priori, con películas prometedoras, las opiniones al respecto tras el visionado de La llegada (Arrival) de Denis Villeneuve son de lo más dispares. Bien es cierto que cuando decidí ver la película había leído varias críticas que vertían elogios sobre ella, también críticas negativas, pero éstas eran mucho menores. Entre las positivas, por ejemplo, leí a mi apreciado Pedro Vallín: “[…] incontestable obra maestra de la ciencia ficción”. O José Manuel Sala: “La llegada” podría representar (simbólicamente) el principio de un nuevo modelo de ciencia-ficción en el cine”. Ante tales afirmaciones no dudé en abordar su visionado desde una perspectiva más seria y reflexiva a lo que es habitual en cintas de este género.

Para empezar, me llamó la atención la rapidez del comienzo, una presentación escueta del personaje principal que se limita a decirnos que es una de las mejores lingüistas del mundo y ha perdido a su hija. Dicha rapidez, por muy circular que sea el pasillo del hospital en ese plano kubrikiano, es insuficiente si tal y como afirman algunas opiniones de la película, esta pretende ser emocional.

Amy Adams, protagonista de 'La llegada'.

Amy Adams, protagonista de ‘La llegada’.

El momento de la llegada de esas doce misteriosas naves (cascos) tampoco es filmado, nuestro contacto visual empieza con los objetos flotantes ya dispuestos, cada uno en un país —no por casualidad son potencias mundiales—, a pocos metros del suelo. Nadie advierte a la doctora Louise Banks (Amy Adams) de aquello a lo que va a enfrentarse, teniendo en cuenta que no es la primera persona en tratar de comunicarse con esos seres, no costaba mucho prepararla previamente para evitar un impacto psicológico.

Por si fuesen pocas las elipsis narrativas, el hecho de “amenaza mundial” que la aparición de estos objetos representa, se limita a imágenes de noticiario una y otra vez, algo que a las personas acostumbradas a películas de naves espaciales y criaturas extraterrestres les parecerá demasiado sobrio. Las supuestas decisiones y acciones que van tomando los diferentes países amenazados se reducen a una frase que pronuncia alguien agarrado a un teléfono.

Para no desentonar con este recital de economía visual, la entrada y llegada al lugar de contacto con los visitantes, también es rudimentaria. Una (cutre) plataforma elevadora, de esas que se utilizan para cambiar las bombillas en los centros comerciales, es lo que utilizan los científicos para ascender a la nave. Dentro de ella, la gravedad es distinta a la que soportamos en la tierra y por temor a algún tipo de radiación utilizan trajes especiales. La raza humana ha soñado, fabulado y esperado durante mucho tiempo un contacto así, y la visionaria arquitectura de Villeneuve lo reduce todo a un rugoso pasillo vacío con una sala luminosa al fondo. En dicha sala, los científicos aguardan la llegada de esos seres separados de ellos por una especie de cristal (espejo, en la novela). Para colmo, apenas puede verse a las dos únicas criaturas que contactarán con ellos entre una espesa niebla, dos calamares gigantes que escriben símbolos escupiendo tinta. Creo que lo más trascendente que pronuncia el personaje encarnado por Jeremy Renner es: “los llamaremos About y Costello”. Todas las escenas del interior de la nave son desarrolladas en la misma sala y el mismo pasillo, nada cambia en el transcurso de los días, excepto en el momento culminante, en el que Villeneuve decide añadir (¡tachán!) dos focos más de luz y un ventilador.

Amy Adams y Jeremy Brenner, en una escena de la película'.

Amy Adams y Jeremy Brenner, en una escena de la película.

Flashback y flashforward, son junto a la elipsis, los recursos cinematográficos que el cineasta utiliza para poner imágenes a la historia de Ted Chiang. Adams no está mal en su rol de traductora atribulada, pero ningún personaje más es digno de mención. La música compuesta por Jóhann Jóhannsson, anterior colaborador de Villeneuve y nominado al Oscar en los dos últimos años, tampoco es muy destacable, cumple dignamente su contribución enfática, aunque a mi parecer, apoyándose demasiado en la frialdad new age de sintetizadores y efectos enlatados,  por lo que los mejores momentos musicales de la película son al principio y al final, cuando suena On the Nature of Daylight de Max Ritcher, pieza dramática interpretada a cuerda, de delicada ejecución y bella intensidad.

De poder haber llegado a ser una gran película, La llegada no alcanza más que a ser una película interesante, a la que debemos agradecer el hecho de no haber enfocado una visita extraterrestre a la pobre manera comercial a que nos tienen acostumbrados. Su planteamiento inicial pone de manifiesto la descentralización real de un mundo que se hace llamar global. La especie humana no se pone de acuerdo y carece de un protocolo razonable para situaciones así, lo cual, sería un buen pretexto para ponerse a ello. En la cinta se plantea el problema de tratar con una especie que no tiene un único líder, una civilización separada. Lo que debería ser un motivo de unión mundial y una madura prueba de crecimiento, se convierte en un despropósito y un caos que a punto estará de arruinarnos como especie.

Conforme la película va desarrollándose nos adentramos en el principal valor de su guion —mérito de Chiang—, la reformulación y puesta en práctica de la Relatividad Lingüística o Teoría de Sapir-Whorf. Sin este factor, la película se derrumbaría como un castillo de naipes.

Y es que, no solo del materialismo vive el ser humano. Así pues, y basándose en la conjetura de Sapir-Whorf, los alienígenas “entregan el arma” a Louise Banks, es decir, enseñan su idioma a la traductora —un pasaje del que se podría haber sacado mucho más partido—, y con él, algo muy valioso. A medida que la protagonista va descifrando sus códigos, la esencia expresiva de un hermoso lenguaje circular —uno de los indiscutibles baluartes de la película—, va siendo testigo de imágenes pasadas y futuras de su propia vida que la turban y desconciertan. La pérdida de su hija Hannah (palíndromo no casual) la sume en una grave tristeza, pero al tiempo se observa felizmente enamorada y con más descendencia, por lo que tras sucesivos flashes de emociones entremezcladas, llega a la conclusión de que el aprendizaje de aquella lengua lleva consigo una percepción panorámica del tiempo, es decir, se es consciente de la vida en diferentes tramos temporales de forma simultánea, rompiendo con ello la coherencia lineal de nuestro punto de vista temporal y de toda convención asociada a ello.

La lengua de estas criaturas difiere por completo de su habla (sonidos ininteligibles hasta teniendo contacto visual con el hablante), lo cual hace más complicado el proceso de traducción. La idea de un lenguaje capaz de modificar el pensamiento es muy romántica, a la par que posible. La escritura apareció como tal hace miles de años en la tierra, en lugares diferentes, de forma simultánea y nadie sabe por qué. Tal vez nuestro pensamiento esté articulado en base a este lenguaje en que expresamos la duda o el miedo, reflexión o fantasía condicionados por un pasado y un futuro que no existen.

Una imagen promocional de 'La llegada'.

Una imagen promocional de ‘La llegada’.

Tomamos el lenguaje como herramienta para comunicarnos pensando que es un canal por el que expresar nuestras ocurrencias, cuando podría tratarse de un caudal de información evolucionado que utiliza sus canales (nosotros) para comunicarse y cuestionarse hasta su propia existencia.

Quizá nuestro confinamiento en el lenguaje sea consecuencia de la tragedia babélica que supuso la confusión a gran escala debida a la aparición de multitud de lenguas. Quizá debamos recuperar ese protoidioma universal, pre-babélico y motor para que la especie humana actúe —verdadera y sanamente— como una inteligencia de enjambre de conciencia renovada.

El idioma alienígeno representado en la película es una especie de escritura semasiográfica parecida a una versión del Test de Rorschach. Eric Heisserer, guionista de la película que se mantuvo diez años detrás del proyecto, trabajó junto al diseñador Patrice Vermette y los asesores científicos Stephen y Christopher Wolfram con el objetivo de crear un “código analítico del logograma”, algo para lo que utilizaron programación y codificación y consiguieron diseñar con éxito cerca de cien logogramas “con componentes capaces de mutar”.

El famoso Dilema del Prisionero —juego de suma no nula—, desarrollado por los matemáticos Merrill M. Flood y Melvin Dresher, también está presente en la película. La idea de cooperar con otras fuerzas —en teoría, enfrentadas— para cambiar lo que sería una pérdida para ambos en lugar de confrontarse, por una ganancia y evolución compartidas por el hecho de colaborar, es otra visión positivista —poco realista para algunos cuando hay desigualdad tecnológica— de una tesitura de estas características. Villeneuve, en una de sus muchas licencias con respecto a la novela corta de Chiang, decide que la raza humana sea indispensable para la supervivencia de la raza alienígena en un futuro muy lejano y ello justifica su visita y la importancia —nada altruista— de su regalo.

En cualquier caso, y para contrarrestar algunas opiniones blasfemas que no solo comparaban este film con Interstellar (Christopher Nolan, 2014), sino que la situaban muy por encima de ella cinematográfica y argumentalmente, no llega, ni mucho menos, a la altura de la tesis cosmológica contemporánea de Kip Thorne. Sin embargo, no deja de ser una película interesante, de agradable —aunque a veces lento— visionado, que aporta su granito de arena a ese grupo de no muchas películas que se toman en serio eso de la ciencia ficción.

José Antonio Olmedo López-Amor

Autor/a: José Antonio Olmedo López-Amor

José Antonio Olmedo López-Amor (Valencia, 1977) escritor, poeta, crítico literario y cinematográfico, ensayista, cronista y articulista. Ha publicado los libros 'Luces de Antimonio' (2011), 'El Testamento de la Rosa' (2014) y 'La soledad encendida' (2015). Ha participado, además, en diversas antologías entre las que destaca 'Cartografías de Orfeo' (2014). Mantiene el blog Acropolisdelapalabra.

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