La ermita

Si un lugar puede definirse como lugar de identidad, relacional e histórico, un espacio que no puede definirse ni como espacio de identidad ni como relacional ni como histórico, definirá un no lugar. En el anonimato del no lugar es donde se experimenta solitariamente la comunidad de los destinos humanos.

(Marc Augé, Los no lugares, espacios del anonimato)

Le expliqué que todas las ermitas, en su origen, habían sido lugares mágicos: bien porque brotara agua desde el suelo, inexplicablemente, bien porque allí, sólo allí, creciera cierta yerba de virtudes curativas. «Antes, por lo tanto, fue el milagro -le dije-, y luego ya vinieron los mercaderes, los de siempre, a montar el negocio, a levantar el templo y a cobrar por los favores». Pero aquella ermita estaba a salvo, no iba a venir nadie a sacar renta, nadie iba a atreverse a montar un quiosco de estampas y souvenirs en su umbral, así que no tenía sentido desmantelarla, dejarla sin exvotos, asearle la magia.

Felipe me escuchaba entre perplejo y molesto. Hacía apenas un mes que era el nuevo director de la unidad de nefrología del hospital y el día anterior, por fin, había conseguido que las encargadas de la limpieza metieran mano y lejía en aquel cuarto. Y ahora venía yo a reclamarle las estampitas, a reprocharle su falta de tacto con los pacientes.

Ilustración de Teresa Chacón.

La ermita había ido haciéndose: en unos años –los quince que llevaba la unidad de nefrología ubicada en la última planta- la habitación destinada a los desechos de la diálisis se había llenado de imágenes de vírgenes y santos que cubrían, del techo al suelo, las paredes del pequeño cubículo, de apenas cuatro metros cuadrados. Alguien, en algún momento, había colgado de la tubería una trenza de pelo rematada por un lazo malva, y a eso le siguieron otros objetos singulares que, pendiendo de aquel tubo herrumbroso, eran metonimia de personas que se habían asomado a la muerte: chupetes de bebé, relojes, collares, medallas, una corbata, cinturones, unas flores disecadas, una chaqueta de pijama, unos calcetines tejidos a mano, un cirio a medio consumir, otra trenza de pelo… Algunos de los exvotos colgaban hasta casi alcanzar el grifo de la pileta. Allí estaba el agua, el origen mágico de la ermita. Los pacientes entraban de uno en uno, volcar en la pileta la solución acuosa de su diálisis era algo privado, había que hacerlo en la intimidad; una vez realizada la operación, se detenían unos segundos frente a alguna de las estampas, musitaban algo, un rezo, una súplica, se persignaban y volvían sobre sus pasos, hasta la habitación donde una cama y unas fotos familiares sobre la mesita auxiliar eran sus únicos acompañantes en la espera del milagro.

«Para ellos el trasplante es un milagro -seguí diciéndole-, así que no creo que sea ninguna buena idea quitarles la esperanza». No sé si convencida del todo por mis palabras, mi madre añadió: «Y no tiene nada que ver con la religión, yo me paro, cada vez que paso por allí, en la capilla del Señor de la Puerta Real, y me funciona, y aquí pasa igual, fíjate».

Ilustración de Teresa Chacón.

Del 15 de julio al 15 de agosto los hospitales se convierten en un intenso latido de espera. La nada que reina en las vacaciones de los de afuera es, para los de dentro, el todo. La angustia que habita los días del resto del año desaparece, sustituida por una esperanza rotunda, la esperanza de la muerte de otro, porque la muerte siempre resucita a alguien, como decía mi abuelo, como mi madre repetía, comprendiendo ahora las razones de su padre para decir aquello cada vez que recordaba el tiempo de la cárcel, «la muerte tiene siempre ese poder, puede que sea un cuento eso de la resurrección de los cuerpos, pero de lo que no cabe duda es de que la muerte de unos transforma siempre, y a veces resucita, a otros, a los que quedan vivos».

La mañana siguiente la dedicamos, con el permiso de Felipe, a reponer las estampas que pudimos recuperar, las que una de las mujeres de la limpieza había decidido guardar en su taquilla, «antes les quité el polvo, me daba no sé qué tirarlas». Fue el verano en que trasplantaron a mi madre.

Ilustración de portada: Teresa Chacón.

Autor

  • María Jesús Ruiz

    María Jesús Ruiz (Día de San Juan de 1962) es profesora de la Universidad de Cádiz, investigadora y escritora. Colabora en CaoCultura desde sus inicios con artículos sobre patrimonio cultural inmaterial, muchos de ellos recogidos en los volúmenes 'El mundo sin libros' (Lamiñarra, 2018) y 'Lo contrario al olvido' (Lamiñarra, 2020). 'Culantrillo llama a la puerta, poética del romancero infantil' (UCLM, 2023) recoge sus últimas investigaciones sobre literatura de tradición oral. Ha editado parte de la obra teatral y poética de Alejandro Casona, y es autora del libro de relatos 'La música me hacía llorar' (Versátiles, 2022) y de la novela-ensayo 'Higinia: Pardo Bazán, Pérez Galdós y el Crimen de Fuencarral' (Huerga y Fierro, 2024). Más información en: https://asonante.webnode.es/

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