‘Joker’: algunas preguntas que había que hacerse respecto a un mito

No resulta especialmente novedoso ni sorprendente que se haya hecho una película sobre el antagonista de un conocido superhéroe: la cantera se agota y los guionistas exploran los viejos tebeos de la Marvel o de D.C. Comics en busca de nuevas vetas que explotar. En cualquier caso, la proliferación que el género ha conocido en los últimos lustros se ve abocada ya al estancamiento; y ni siquiera el recurso de explorar el lado conflictivo de determinados superhéroes parece que vaya a dar mucho más de sí. Los wésterns, primero, y luego el cine de antihéroes de los años 70 nos han acostumbrado a la idea de que, si bien los héroes de ficción suelen ser siempre, a la postre, defensores del orden imperante, a la luz de los hechos cabe suponer que el núcleo que gobierna ese orden no es homogéneo, y que dentro de él hay quien juega al margen de las reglas que la mayoría de la población da por buenas; y que, por tanto, una misión fundamental del héroe es desenmascarar y derrotar a esos poderosos anómalos, en beneficio de los otros; de lo que se deduce también que esos malvados encumbrados harán también lo posible por, primero, utilizar a su favor al superhéroe de turno; y, si eso no resulta, por desacreditarlo y destruirlo. La trama se repite una y otra vez, en una película y otra, y lo sorprendente es que el público no se canse y que el filón siga generando beneficios. 

En cualquier caso Joker, la película que acaba de estrenar Todd Philips y protagoniza magistralmente Joaquin Phoenix, parece responder a un cuestionamiento más profundo de los resortes del género. Ya desde sus orígenes el conocido antagonista de Batman, el hombre-murciélago, respondía a un arquetipo curioso: el bufón de la baraja, avatar extremo del personaje del payaso melancólico que evoluciona hacia payaso asesino, al modo del protagonista de Pagliacci, la conocida ópera de Leoncavallo, estrenada en 1892, y que a su vez es una reencarnación de otro arquetipo, el del artista atormentado, quizá incomprendido, que se entrega a la más absoluta misantropía y actúa en consecuencia, casi siempre al amparo de una máscara, hasta que es descubierto y derrotado.

Una escena de ‘Joker’.

El propio Batman, tal como fue inicialmente concebido por sus creadores, Bob Kane y Bill Finger, presentaba algunos de estos rasgos: su afán justiciero obedecía a un impulso de venganza y frecuentemente desembocaba en el puro asesinato de los ocasionales “malvados” que le iban saliendo al paso. No es de extrañar que, por mera lógica narrativa, el atormentado superhéroe acabara encontrando un antagonista que venía a ser su exacto reflejo. Cuando Tim Burton llevo a ambos a la gran pantalla en 1989, no dudó en ofrecer un convincente relato melodramático que articulara la relación entre ambos: en su pasado como mero maleante callejero, el delincuente que acabaría erigiéndose en archienemigo del superhéroe protector de la ciudad de Gotham (Nueva York) había asesinado en un callejón a los padres de su futuro antagonista, lo que eventualmente llevó a éste a dedicar su vida a combatir el crimen.

La película de Burton no explica el origen de la fortuna de la que se vale el futuro Batman –que en la vida civil es el millonario misántropo Bruce Wayne– para desarrollar los diversos artilugios y recursos tecnológicos que lo convierten en un luchador formidable. A diferencia de otros superhéroes, recuérdese, Batman/Wayne no es un mutante que haya desarrollado poderes extraordinarios, sino un hombre normal que ha dedicado inagotables recursos a potenciar sus habilidades acrobáticas y su fuerza física. En cuanto a los poderes, equivalentes, de su enemigo, éstos se deben, como es de prever, a su ingenio diabólico, que le lleva a diseñar toda clase de bromas letales –por ejemplo, la flor que luce en el ojal suelta un chorro de ácido a la cara de quien se acerca a olerla–; aunque también es muy posible que haber sobrevivido a una caída en un tanque de ácido –a lo que debe la mueca facial que lo caracteriza, resultado de la defectuosa cirugía plástica con la que le han reconstruido el rostro– le haya dejado también, como secuela, una especie de inmunidad adquirida hacia toda una gama de agentes letales.

En realidad, nada de lo que antecede concierne a la película de Todd Phillips. Su protagonista –interpretado por un impresionante Joaquin Phoenix–  adoptará el nombre de Joker y en su camino se cruzará con un chico llamado Bruce Wayne, cuya biografía coincidirá en algún que otro detalle con el Bruce Wayne que ya conocíamos. Pero, más allá de esos buscados cruces, nada hay en la película que haga pensar que el atormentado personaje que le da nombre, cuya vida transcurre dentro de los parámetros de un sobrio realismo urbano, vaya a llegar a ser el antagonista de un futuro superhéroe a quien tampoco se menciona.

Todd Phillips (derecha) da instrucciones a Joaquin Phoenix durante el rodaje de la película.

Como ocurre en la también reciente Érase una vez en Hollywood de Quentin Tarantino, que juega con la certeza de que el espectador sabe que la estrambótica matanza con la que se cierra es el exacto reverso de la que, en la vida real, llevaron a cabo los secuaces de la secta Manson, la de Phillips presupone que el espectador sabe que el Batman de otras ficciones se oculta bajo la identidad de un millonario llamado Bruce Wayne y que su futuro archienemigo se llamará Joker. Y en ambos casos cabe preguntarse por la solidez de un argumento cuya plena apreciación por parte del espectador depende de un dato externo a la película; aunque cabe pensar, en descargo de los guionistas de una y otra, que su público asiste a ellas armado de conocimientos contextuales muy parecidos a los que, en su tiempo, daban a los espectadores de una tragedia griega la información necesaria para no perderse en el laberinto de estirpes, mitologías, conexiones familiares y demás datos que debían conocer para la plena apreciación del espectáculo, incluyendo versiones anteriores de la obra en cuestión.

También el argumento del Joker de Todd Phillips parece el resultado de haberse formulado, a propósito de otras películas en las que sí aparecen el Batman y el Joker con los que estamos familiarizados, las preguntas pertinentes. No basta, en efecto, con decir, como se hace en el Batman de Tim Burton, que Joker –allí interpretado por un espléndido Jack Nicholson– es un psicópata y tiene a sus espaldas un importante historial delictivo. La realidad normalmente es más compleja, y por ello el guión al que se atiene Phillips prefiere que Arthur Fleck –tal es el nombre de su protagonista, antes de adoptar la personalidad de Joker– sea un desgraciado que trabaja como hombre-anuncio disfrazado de payaso y que llega al crimen porque unos gamberros le han robado su cartela en plena calle y le han dado una paliza y un compañero de trabajo aprovecha esa circunstancia para venderle un revólver, que fatalmente utilizará en el siguiente altercado en el que se vea envuelto…

Quiere el azar que sus víctimas, en esa ocasión, sean ejecutivos de una odiada empresa que los ciudadanos pobres de Gotham ven como responsable de la degradación de la ciudad, por lo que de inmediato el payaso justiciero que ha matado a tres explotadores se convierte en un icono popular. En ese contexto, cobra pertinencia el detalle que quedó sin clarificar en la película de Burton: ¿de dónde proviene la fortuna de Bruce Wayne? Aquí se aclara: su padre es el dueño de la mencionada empresa; y por ello no deja de ser oportuno, dentro de los códigos de justicia poética que rigen en las fábulas, que sea también víctima de la violencia desatada por la propia desigualdad social de la que es responsable. El propio Fleck, enloquecido por las circunstancias, ve cumplido su sueño de aparecer como cómico en un popular programa de televisión –al que, en realidad, ha sido llevado como objeto de burla– y aprovechará la ocasión para presentarse bajo su nueva y desaforada identidad de Joker y actuar en consecuencia…

Joaquin Phoenix caracterizado como Joker.

Más allá de este desenlace –del que esperamos no haber desvelado demasiado– una cosa sí parece quedar clara: las confiadas ciudades que, en las películas convencionales de superhéroes, encomiendan su salvación a esos entes cuasi sobrenaturales, únicos capaces de enfrentarse a villanos igualmente dotados de sobrehumanas capacidades, no son, en el fondo, sino comunidades sujetas a conflictos sociales de muy sencillo diagnóstico, aunque quizá de no fácil solución. En ese escenario, un pobre hombre enloquecido se convierte en héroe popular –y en villano a ojos de la ley–, mientras que el hijo de una de las víctimas provocadas por la ola de conflictividad social que sacude Gotham queda emplazado, a los ojos del espectador familiarizado con la historia más o menos canónica de Batman, a convertirse en la esperanza de quienes desean la restauración del orden.

Se trata, como se ve, de una historia que tiene mucho que ver con el estado de ánimo contemporáneo. La Gotham de la película de Phillips es, como París bajo las algaradas de los “chalecos amarillos”, Barcelona bajo las recientes protestas independentistas o La Paz y Santiago de Chile bajo las manifestaciones contra las subidas de precios, una ciudad en pleno estallido social, provocado por largos años de recortes de servicios sociales –el propio Fleck, que está bajo tratamiento psiquiátrico, verá cómo una reducción en los presupuestos municipales le priva del cuidado médico que tanto necesita– y por la impunidad que la ley parece conceder a ciertos operadores económicos que actúan en perjuicio de la mayoría. Y es sin duda a esa obvia conexión con la realidad contemporánea a lo que la película debe su cualidad de diagnóstico desmoralizador, de parábola sombría e incluso terrorífica.

He ahí la paradoja: Joker deja en el ánimo la impresión de una desasosegante película de terror. Pero lo que da miedo de ella no es su desgraciado protagonista –por más que tenga más de un rasgo en común con el inquietante Norman Bates de Psicosis, por ejemplo– ni sus aparatosos crímenes, sino el desesperanzado trasfondo, tanto en lo que concierne a la historia del propio personaje, sin redención posible, como a la de la ciudad que lo ha engendrado, paradigma de las decenas de capitales que hoy mismo conocen escenas de ira colectiva muy similares a las que se ven en la película. De ahí que ésta no deje indiferente a nadie. Tampoco, por supuesto, a sus muchos detractores; o a quienes ni siquiera irán a verla, quizá porque han oído o leído en alguna parte que contiene escenas demasiado violentas –no tantas como otras películas– o, simplemente, porque sospechan que su obvia filiación a determinado ciclo de historias de superhéroes la convierten en una obra baladí. Y no es el caso. Como tampoco lo era en la que quizá sea la única película cercana que puede comparársele: la excelente Birdman o la inesperada virtud de la ignorancia (2014) de Alejandro González Iñárritu,  también oblicuamente relacionada con el asunto de los superhéroes, una mitología contemporánea cuyas implicaciones merecen ser exploradas.

José Manuel Benítez Ariza

Autor/a: José Manuel Benítez Ariza

José Manuel Benítez Ariza (Cádiz, 1963) vive escribiendo y escribe sobre la vida: un poco cada día, un poco de todo, en una profusión hecha de muchas brevedades. Narrador, poeta, traductor y articulista, el hilo conductor de esta aparente dispersión de fuerzas es su "diario abierto" Columna de humo, en el que trata de explicarse.

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