Fuera de casa en casa

Hoy no ha madrugado, quizás por el cambio de hora, pero siempre está ahí, muy temprano tomando café, con un cigarro que adivino en la distancia entre sus dedos, y el pelo corto y zanahoria, o no, más bien teñido de un rojo fuerte, que destaca entre el blanco de las paredes y las ventanas y el marrón del parapeto.

A veces, rojo.

Otras, añil.

Tal vez alguna mecha gris.

Tendrá sesenta años.

Aplaude al filo de las ocho aunque no todos los días, es el capricho del favor regalado, y mira más allá por las mañanas, el cielo que se cierra en nubes templadas o se abre en un celeste muy claro, el de Madrid, y quizás el giro de cabeza, el movimiento de la silla hacia atrás, los brazos sobre el alféizar, mis torpes maneras de alguien que es incapaz de encontrar su lugar en un espacio de cincuenta metros, y quizás fuma demasiado.

Y esta soledad que me inventa como un quinceañero.

Esa no la ve.

Pero la imagen que devuelve el espejo es un hombre que ya comienza a envejecer, y ha abandonado el rock’n’roll, o el rock’n’roll le ha traicionado por alguien más joven, alguien que ha dejado la casa  y le ha llamado perro entre perros, ha hecho las maletas y ha dicho, vete, no vuelvas, como esa mujer que se cansó de tardes de pesimismo y de aburrimiento, vida hogareña y pocas salidas.

Y le pidió que se fuera.

Prefiero escuchar a Chick Corea, a Bill Evans, a Sony Rollins tras Dizzie Gillespie, y reconocerme igual que un viejo de quince años que sueña con dorar las ramas de este árbol que tengo enfrente, y quiere saltar a las farolas como serenos humillados, y el verde circundado por una tira de amarillo y negro, que nadie cuida, el parque cerrado.

Escucho una voz que me dice que en quién pensaba.

Pensaba en ti, a menos de cinco kilómetros de reproches, en esta semblanza de ciudad clausurada donde todos han olvidado el crujido de los zapatos al pasear.

Pero hay más rincones y más miradas a los que me desplazo como tomado por una fiebre de jazmín y tormentas de marzo, consciente de que abril llega pronto y el tiempo de Aries declina nada más despuntar con la primera lluvia de este lunes. Ignoro qué signos del zodiaco le sucederán, ni cuál es hoy el ciclo de la luna.

Mañana nevará.

Quedan los vecinos.

Los vecinos que me acompañan.

Por ejemplo, un joven con barba y el pecho desnudo que hace fondos en el salón, mientras su novia le mira. Quiero pensar que es su novia. No lo sé. Quizás por la noche hagan el amor.

Tras la ventana, un hombre maduro parece masturbarse frente al ordenador.

Esa chica que poda en la terraza flores que ojalá fueran gardenias. Y esa mujer que viste a su hijo en una habitación pequeña e iluminada, ella en bata, con el pelo desgreñado y la expresión dispersa de quien está acostumbrada a cuidar. Veo su figura gruesa, como los enlatados en las playas de Cádiz, y una lucidez me dice que de otra vuelta al salón, que cierre los ojos y aspire el mar, que mi sitio no está aquí, sino más abajo, entre pechos adolescentes y vientres maduros, en los cristales verdes que escupe el mar y una línea de luz que acompaña el anochecer, fuera de Madrid, la sitiada.

Cómo nos prostituimos.

Yo no quiero estar aquí.

Dónde la playa, dónde el mar, dime Madrid.

Ya no contestas con estruendo de coches y polución de tubos de escape, humo de calefacción.

Llegaba a La Cortadura sobre la una, ya lo he dicho en otra parte, y buscaba el pedazo de arena donde apoyar las toallas entre los cuerpos esquivos, la playa ausente, y bronceados de carrera que entraban en el Atlántico sin espuma, y golpeaban los muslos agrietados, y las espaldas firmes, los brazos fláccidos, las nalgas caídas de una británica tomando el sol, y hacían desperezarse este deseo de soledad que, hoy, me hace crecer sobre las estaciones, un marzo incapaz de romper las estrellas bajo las cuales desfallezco, y me pide que olvide la primavera.

Dime, Madrid, por qué estoy tan cansado, por qué siento una presión detrás de la oreja, por qué a veces sangro, por qué olvido palabras.

Por qué no puedo ir a urgencias.

Es la cuarentena. Sanidad colapsada. Muertos jóvenes y ancianos muertos.

Solo nos queda el recuerdo de días que pasaron, y, con los ojos entornados, estiro las manos, e intento investigar la caridad que hay en tu cuerpo en los pliegues de las axilas, en la voluntad de esta pestaña que cae, y al descubrirlo me invento como un torpe creador de ficciones que no son tú, y me envilecen.

Ahora las más tontas cosas son extrañas. Hacer la compra en veinte minutos. Ponerte esos guantes de plástico siempre grandes. Escuchar a un vecino que ha dejado de beber, que cocina y baja a fumar a la calle.

A otro que se le cae la casa encima.

Que nada volverá a ser igual.

Y quizás sea cierto.

Apenas salgo a comprar.

Me conformo con la barra, y la presencia blanca del calefactor, y estos libros, que son mi biografía.

Y los discos, a modo de testamento.

Mi día a día es una colecta de ficciones que abusan de la persona real, conversaciones telefónicas donde siempre miento, un vino que se revela afrutado en el paladar, lectura de distopías, de crónicas, entradas sobre el virus, citas médicas que fracasan.

Estoy cansado.

Me falta el sueño.

A veces río con un video en el móvil, otras me sobreviene un breve llanto, me irrito y cuelgo el auricular del fijo, con tanta sobrecarga informativa, tanto oportunista de salón.

Vence la ansiedad.

Pero es tan raro tenerte lejos, a tantos kilómetros de tu arena que se fundía con mis pies, la voluptuosidad de tus cuerpos en decadencia y el culotte que jamás tuvo permiso para reclamarme un gesto de gratitud, y es, entonces, pensando en la brisa fría de la tarde, y en todos tus desnudos forzados, en los gratuitos y los que nadie espera, en esa cara de niña que se acopla a su madre, cuando un océano de luz me dice que queda poco, que la primavera cesará y vendrá un julio y un agosto de fresco y luz, cefalópodos a la plancha, y ortiguillas, y caballa con piriñaca.

Solo entonces es cuando entiendo que tú me salvas entre esta orgía de golpes inclementes que veo a diario.

Quiero tu flamenco antes de sentarme frente a La Caleta.

Sentado frente a la bahía, como Otis Redding.

Junto a los cañones de la murallas de San Carlos.

Y estiraremos la toalla, aguardaremos solos a que el último rayo de sol se encoja más al fondo, con un vino blanco en la mano y la conciencia cierta de que estarás allí.

Esperando con paciencia a que el levante arrastre arena y pareos y chanclas.

Y nos devuelva la confianza entre tanta soledad.

 

Carlos Rodríguez Crespo

Autor/a: Carlos Rodríguez Crespo

Carlos Rodríguez Crespo (Madrid, 1971) se doctoró en Periodismo en la Universidad Complutense. Trabaja como periodista, investigador y profesor. En febrero, fue publicada su obra de ficción Ventanas cerca de Mireia (Garaje Ediciones, 2017).

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