Dos poetas norteamericanos en trance de reevaluación

Charles Bukowski. Amor. Edición y traducción de Abel Debritto. Visor Libros. Madrid, 2016. 454 pp.

AmorSe deja leer muy bien la poesía del norteamericano Charles Bukowski (1929-1994) en esta antología temática, muy atinadamente elegida y excepcionalmente bien traducida por Abel Debritto. Bukowski escribió mucho y abusó un tanto de su personaje malhablado y cínico; lo que con frecuencia redundaba en libros demasiado parecidos unos a otros, siempre desbordados e informes; lo que incluso se contagia en ocasiones a algunas de las selecciones temáticas de sus escritos que se han publicado tras su muerte, como la que el propio Debritto armó en torno a los gatos (Gatos, Visor Libros, 2015). Amor, sin embargo, es otra cosa. Es un recorrido por la obra poética de Bukowski desde sus primeros poemas, muy cercanos al tono y la dicción de la poesía de la Beat Generation, de quienes toma una cierta ampulosidad declamatoria y una clara querencia hacia el irracionalismo de raigambre surrealista, a su poesía de madurez, anclada eficazmente en el laconismo del lenguaje coloquial, para terminar en los hermosos y despojados poemas que escribió en sus últimos años. A pesar de estas modulaciones, que delatan a un poeta mucho más consciente de las exigencias de su oficio de lo que algunos pudieran pensar, Bukowski es siempre Bukowski: individualista, descreído y cínicamente desengañado de los ideales colectivos, materialista y sensual hasta llegar a lo obsceno e incluso a lo escatológico. Habrá lectores a quienes no les guste esa crudeza ni esas actitudes irreverentes, e incluso quienes, más allá del escándalo, juzguen que el abuso de esos recursos delata una patente pobreza expresiva y temática. No es así: la amplia muestra que Debritto recoge en este libro incluye certeros retratos de la intimidad entre dos sometida a examen –véase el espléndido poema dialogado titulado precisamente “amor”, plagado de exabruptos pero también de certeras observaciones sobre la psicología del deseo y las coartadas en que se basa la convivencia–, alguna que otra irónica toma de temperatura a los ideales protestatarios de los años 60 y 70 –“nos llevamos bien”, por ejemplo–, un puñado de declaraciones de reticente amor paternal (“2nd Street cerca de Hollister, en Santa Mónica”), e incluso algún sorprendente poema sobre la relación entre un autor y su editor (“enredaderas y espaldares”). Un poeta, en suma, poseedor de un mundo propio  y de un registro original con el que expresarlo; y que, desde su aparente desvergüenza, invita a la complicidad y a la sonrisa. Muchos poetas redichos no consiguen ni la mitad.

Archibald MacLeish. Conquistador. Traducción de Francisco Alexander. Edición bilingüe. Visor Libros.  Madrid, 2017. 226 pp.

ConquistadorLlama la atención que el traductor de este monumental poema asegure que “Conquistador no es, ni en su realización ni en su intención, un poema épico: es demasiado subjetivo, demasiado psicológico”. Más bien cabe afirmar lo contrario, que este espléndido logro del norteamericano Archibald MacLeish (1892-1982) es un poema épico precisamente por incorporar a la poesía de aliento narrativo la enorme novedad que supuso la visión fragmentaria, caleidoscópica, entrecortada y presuntamente “objetiva” que habían desarrollado en los lustros anteriores –Conquistador se publicó en 1932– los “modernistas” anglosajones, y muy especialmente Ezra Pound y T. S. Eliot. MacLeish, a diferencia de éstos, no se embarcó nunca en un programa vanguardista radical, pero aprendió bien la lección derivada de los logros de sus coetáneos. Su poema es una trasposición imaginativa, personal, de los asombrosos hechos que narra el aventurero español Bernal Díaz del Castillo en su Historia verdadera de la conquista de Nueva España; pero, como habían enseñado Pound y otros poetas “imaginistas” coetáneos, MacLeish eliminó de su texto las transiciones innecesarias, el andamiaje retórico de la pura narración, los artificios encaminados a lograr la ilusión de una secuenciación temporal de hechos distinta a la simultaneidad con la que éstos se hacen presentes en la conciencia del narrador. El resultado es una especie de alucinada sucesión de imágenes, estado de conciencia, secuencias descriptivas –MacLeish viajó a México para seguir los pasos de Díaz del Castillo– y breves acotaciones que marcan la distancia entre los hechos recordados y el presente del narrador: “Así llegamos al fin del valle: linternas: / Paredes inclinadas: montones de argamasa: olor de los / ancianos: los perros dispersándose: / El anochecer en esa calle: / La luna tímida…”. Se entiende que este uso de la poesía para ensayar una especie de objetividad que excluyera la presencia abrumadora del yo lírico fascinara a poetas que, como el español Fernando Quiñones, en algún momento de sus vidas sintieron esa misma necesidad de poner voz a la conciencia colectiva: las “crónicas” del gaditano son una eficaz asimilación de los descubrimientos tonales y expresivos del singular poeta norteamericano. Tal vez por ello, porque conocemos una lograda trasposición a la poesía española de este modo de decir, la presente traducción de Francisco Alexander se nos presenta como un tanto laxa y aquejada de arritmia; útil, en todo caso, para allanar los posibles obstáculos que el lector con conocimientos de inglés encuentre en el texto original. El esfuerzo, en cualquier caso, bien vale la pena.

Imagen de portada: Nighthawks, de Edward Hopper.
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Autor/a: CaoCultura

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