Dos maestros y dos maestras no tan lejanos

La voluntad de perdurar. Poemas 1949-1964. Ángel Crespo. Edición (selección y prólogo) de Jordi Doce. Fundación Ortega Muñoz. Badajoz, 2016. 117 pp.

La voluntad de perdurarComo se sabe, no siempre el prestigio erudito o académico de un escritor redunda en el buen entendimiento y recepción de su obra. Ha ocurrido hasta cierto punto con la poesía de Ángel Crespo (1926-1995): en la misma medida en que el poeta, traductor y profesor manchego se convertía en una presencia casi insoslayable en los medios literarios españoles, se iba constatando el distanciamiento respecto a su obra de las nuevas generaciones de poetas y críticos, hasta el punto de que muy pocos escritores de la edad de Jordi Doce, editor de la selección que motiva estas líneas, habrían incluido al poeta manchego entre sus preferencias. Es evidente, no obstante, que Crespo merece una revisión atenta y una reconsideración de las distintas fases de su amplia y polifacética obra. Y esto es lo que ejemplarmente lleva a cabo Jordi Doce en este librito de apenas cien páginas: en su relectura de los cinco primeros libros del poeta manchego, publicados antes de la “raya en la arena” que supuso su decisión de dedicarse plenamente a la poesía a partir de 1964, el antólogo soslaya los aspectos más coyunturales de aquellos libros de juventud y primera madurez para espigar un puñado de poemas verdaderamente notables, en los que se conjuga la dicción llana y realista preconizada por los poetas “sociales” del momento con un cierto panteísmo de raíz juanrramoniana y una evidente cualidad visionaria, expresada en intensas y originales metáforas que recuerdan los inicios “postistas” de la poesía del manchego: “El olor de las vacas es un gato / que viene a mí, me lame las narices, / me araña la solapa / y busca su comida en mis bolsillos”. Evocan estos poemas de Crespo un entorno rural en el que la huella humana –el rastro de los personajes evocados, pertenecientes al entorno campesino familiar– convive con un paisaje eficazmente interiorizado (“Tal como caen las sábanas, las mantas, / en la cama bien hecha, con amor / modelada, caía / la oscuridad en sucesivas capas / sobre nosotros”) y unas presencias animales casi totémicas que no necesitan renunciar a su condición de seres reales (“los esquivos conejos”, “las perdices temerosas”) para erigirse en vívidas criaturas de la imaginación, como el lobo evocado en estos versos: “Cuántas noches en Dios he querido creer / como alguien que va por el monte y espanta / al aullador y, en los corrales, / se detiene a lamer a las ovejas”.

Los sueños, el amor, las intenciones. Obra poética completa I y II (dos tomos). Carlos Álvarez. Edición de José Luis Esparcia. Editorial Adeshoras. Madrid, 2016. 495 y 515 pp.

los-suenos-el-amor-“Mis libros en España han ido publicándose (…) según la tolerancia administrativa permitía o rechazaba que pudieran ser conocidos por posibles lectores”. Con estas palabras explica Carlos Álvarez (Jerez de la Frontera, 1933) su anómala trayectoria editorial y el hecho de que su primer libro se publicara en traducción al danés en 1963, mientras su autor estaba en la cárcel por razones políticas, y solo un año más tarde conociera una edición en castellano en París, y que hasta 1969 no se editara un libro suyo en España. Su carrera poética se extendió luego hasta 1993, fecha de publicación de su último libro y a partir de la cual ha mantenido un prolongado silencio. Además de las razones personales y literarias que quepa aducir para justificarlo, es lícito pensar que la poesía de Álvarez era ya a mediados de los 90 una curiosa anomalía en el panorama literario español. Su sostenido tono de disconformidad y protesta cívica, por ejemplo, eran absolutamente inhabituales en la poesía que se escribía y publicaba entonces (“Para que vieras que la sangre es roja / la cabeza corté del rey don Carlos. Y el viento preso en la Bastilla pudo, / porque abatí sus piedras, darle al cielo / la carcajada de su cabellera”); por más que en ese último libro, Memoria del malentendido, hubiera también inflexiones autobiográficas e incluso un cierto acercamiento a la estética de inmediatez urbana de los poetas más jóvenes: “Mi pensamiento se perdió en el metro. / Yo no quería transbordar en esta / desolada estación”. También en sus entregas anteriores la poesía de Álvarez dialogaba a distancia con lo que sucedía en el panorama poético español: sus poemas de andadura neoclásica se trufaban, como los de los novísimos, de escogidas referencias literarias y cinéfilas; pero, a diferencia de sus coetáneos, el poeta jerezano se reafirmaba en su discurso de protesta política, permitiéndose solo algún que otro “divertimento en tono menor”, como el melancólico Reflejos en el Iowa River (1984), uno de sus mejores poemarios –curiosamente, la frase entrecomillada, añadida parentéticamente al título del libro, no aparece en la presente compilación–. Cabe decir que en Álvarez la urgencia política y la querencia hacia una poesía más depurada y personal mantuvieron siempre una cerrada pugna, de la que quizá se resintió el valor del conjunto. Pero también que su controvertida apuesta poética sigue siendo necesaria; y que es muy posible que, en los tiempos que corren, en los que vuelve a propugnarse la necesidad del compromiso político en la poesía, algunas voces pudieran, o debieran, reivindicar su no tan lejano magisterio.

Toco la tierra. Letanías. Ángela Figuera Aymerich. Editorial Páramo. Valladolid, 2015. 63 pp.

Toco la tierraTambién en la poesía de la bilbaína Ángela Figuera Aymerich (1902-1984) ocupan un lugar importante los condicionamientos políticos y sociales de nuestro controvertido siglo XX. Coetánea de Cernuda y Alberti, su andadura poética sin embargo no se inicia hasta 1948, año en el que publica Mujer de barro, un ambiguo canto al regreso a la intimidad de quien había conocido los horrores de la guerra y las dificultades de la posguerra. A este tardío estreno literario siguió el machadiano Soria pura (1949), una última tentativa de ampliar los horizontes de aquella esfera intimista y delicada que habría de saltar por los aires cuando la poeta entabló contacto con Blas de Otero, dieciocho años más joven que ella, y otros poetas de la flamante generación contestataria y disconforme que habría de imponer su voz en el panorama literario español de su tiempo. Convertida ya en “poeta social”, en su poesía no deja de apelar, sin embargo, al sustrato íntimo de la persona que la escribe, a su religiosidad, incluso al matiz estrictamente femenino de su sensibilidad. Como otros poetas que vivieron esa agotadora pugna, no es extraño que Figuera optara tempranamente por el silencio. Su último libro, que es el que comentamos, es una excelente muestra de los términos en los que su autora se planteaba la cuestión: la autobiografía (“Hacia los treinta y tantos años de mi edad / éramos los poetas tan felices”) y las inflexiones íntimas (“Cuando nace un hombre / hay un olor a pan recién cocido / en los pasillos de la casa”) parecen pugnar con la impostación retórica que exigen las “cuestiones palpitantes” del momento: “Con llanto y hiel y cólera en las venas, / con un puñal clavado entre los ojos, / contemplo, tierra mía, tus rastrojos / y el largo repertorio de tus penas”. Por suerte, Ángela Figuera dominó un repertorio amplio de recursos y tonos, que le permitieron conjurar en la mayoría de las ocasiones esa deriva impersonal: el don de la imagen  (“La calle es larga y negra por la noche. / Hay que llevar el sol en la solapa. / O, al menos, una estrella de bolsillo”) y la capacidad para situar los grandes asuntos en una esfera de intimidad (“Señor, si no te canto, no te enojes. / Ya ves, no tengo tiempo para nada”). Toco la tierra. Lejanías fue una espléndida despedida de la poesía –aunque no del todo; su autora siguió escribiendo poemas para niños–, así como una excelente carta de presentación de cara a la posteridad. Su reedición no puede ser más oportuna.

Amor sin fin. Claribel Alegría. Editorial Visor. Madrid, 2016. 73 pp.

Amor sin finEn este su último libro publicado, Amor sin fin, la nicaragüense Claribel Alegría (1924) ensaya una especie de poema único estructurado en seis cantos que recrean en términos imaginativos la experiencia amorosa transmutada en visión. La poeta no ignora el paso del tiempo (“Mi mirada está llena / de recuerdos / de cenizas / de azar. / Estoy / despidiéndome de mí”), pero celebra también la posibilidad de reconsiderar el pasado desde el conocimiento y la capacidad de dilucidar las sucesivas revelaciones que aporta el vivir: desde el descubrimiento de la sexualidad (“Todas las noches / frente a un espejito / que le robé a mi madre / me escudriñaba el sexo”) a la conciencia de haber vivido un tiempo histórico difícil, marcado por la violencia. El poemario se estructura como un recorrido de la mano de una presencia amada (“Hice anoche / contigo / un viaje largo / no  importa si fue en sueños / o me lancé al vacío”) que termina en el regreso al “mismo lugar / donde empecé” y donde se consuma una especie de mística unión que apela al balbuceo (“Tartamudeo / tiemblo”) y a la posibilidad de una revelación donde se unen “la serpiente / y mi sombra”, bajo el encantamiento de una cancioncilla infantil que se cita repetidamente a lo largo de esta inhabitual propuesta poética.

Imagen de portada: Mujer leyendo. Henri Matisse.
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Autor/a: CaoCultura

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