Desde la derrota

Puede que a partir de cierta edad sea sano ventilar nuestros fracasos, reflexionar desde la derrota que el hombre posmoderno asimila el ámbito doméstico. Porque en este espacio, antes que darse de bruces con el desconsuelo o el pavor que suelen nublar el entendimiento, se forja conversaciones donde surgen motivos tan delicados como la soledad o la vejez. Como sabemos, el momento más temido e incómodo de las conversaciones se produce en medio de los silencios, especialmente desazonadores son aquellos que un ser dialoga consigo mismo, en soledad. Partiendo de estas premisas Vicente Velasco Montoya publica Conspiraciones desde la entropía (InLimbo Ediciones), un libro de poemas que se enfrenta a los fantasmas de un ser maduro que asume, honestamente, ese silencio desde la derrota.

Se trata de la cuarta entrega lírica, después de llevar publicando poesía una década casi. Parece que el escritor cartaginense dilata sus publicaciones unos años hasta dar con libros que valen la pena releer: Ningún Lugar (2012), Principio de gravedad (2015), Con todo este ruido de fondo o el imperio de las luciérnagas (2018) y Conspiraciones desde la entropía (2020). Lo que podría sugerir que, de seguro, aún tiene mucho qué decir.

El último libro de Velasco Montoya, director de la librería La Montaña Mágica, no puede ser más sorprendente: apenas una cincuentena de composiciones repartidas en seis secciones, cuyos inicios corresponden a breves explicaciones de distintas teorías científicas, a lo que habría que añadir un aparato textual diverso junto al empleo de palabras inglesas o latinas; un crisol donde se funden experiencias recordadas y otras diluidas, una simbiosis personal de maneras de vida. Ante ello, el lector, tal vez, se encuentre desorientado; sin embargo, se emocionará una vez haya perdido el miedo a tener y perder, y habiendo encontrado las claves, desperdigadas por todo el volumen, que conectan disciplinas tan dispares como literatura, música y ciencia. A priori, un conglomerado de difícil unión. A propósito vendría a cuenta la pregunta de si acaso no es el escritor un perseguidor de retos, más aún hoy día.

Entrando de lleno en los motivos temáticos que vertebran Conspiraciones desde la entropía, en la voz que nos propone Velasco Montoya puede verse que la certidumbre es posible adquirirse tras las secuelas que dejan los días, como sugiere «revelación #2»: «Haremos ciencia de la rutina / y destruiremos los relojes / para poder gritar las horas». La creencia de que las cosas no van a pasar parece una creencia de un ingenuo o un niño, de ahí que escriba: «Y, claro, el desierto nunca se detiene». En el poema dedicado a los editores de Chamán, el sujeto, cada vez más pragmático, da otro paso al frente en busca de certezas que tengan validez para el día a día: «y yo, hombre por la borda, renuncio / y cedo a naufragar bajo la luz de las luciérnagas». En «nivola» es revelador en tanto distingue el dolor no como un elemento extraño sino como compañero de viaje: «Recuérdate como la herida, / el hierro oxidado que nunca ha de cicatrizar». Solo sabe el caminante cuál es el camino si tiene claro el punto de partida.

Como puede verse, ya desde los versos citados, el discurso poético del cartaginense no trata la circunstancia sino la esencia, tan incierta como nunca hallada, interrogando a su propia conciencia, recurriendo a imágenes que el lector identificará ágilmente. Sus poemas no evocan la complejidad, no son enredos, aunque en los títulos busque sorprender, sino que sugieren la grandeza de un tiempo vivido, notas hiladas a las palabras, como sucede en «efecto doppler»: «estático el tiempo / deslizándose entre notas / de un piano ahogado / en una partitura de Jazz». De hecho, el libro contiene citas musicales de varios estilos. Aconsejaría al lector que deje sonar una lista de canciones (tracklist) de Miles Davis, Chet Baker, Billy Holiday y John Coltrane, mientras se embarga por estos poemas. La evocación melancólica a veces se refugia en el tabaco o en el alcohol; la música, al igual que la literatura, son entornos que envuelven una intimidad tediosa en uno de esos poemas que vale la pena leer dos veces, «peek-a-boo»: «No has resuelto nada y vuelves»; y otras composiciones entre las que se extraen estos versos: «Sigues sin saber quién es el culpable; «Pero el cansancio guillotina los recuerdos» –concluye. Léase el poema memorable «partículas elementales». Esa es la batalla: luchar por la permanencia de lo vivido. Y Velasco Montoya lo consigue gracias al empleo de las palabras tan menudas como bien hiladas. Así de sutil expresa el resultado del desamor en otro poema magnífico, «las ecuaciones irreconciliables»; o en el inolvidable inicio de «dios es igual a cero»: «Hay una mujer vestida con tus recuerdos». Ahí encontrarán ejemplos del poder de la imagen poética.

Otra parte de este escrito podría dedicarse al afán que mueve al sujeto en torno al campo semántico de la literatura (libro, cuadernos, páginas, papel, hojas, tinta, poema, versos…). Como se dijo anteriormente, sirve esta rama artística de resguardo, lugar donde sentir la herida, pero espacio, también, generador de incertidumbres y lugar de absoluciones: «Dejemos la escritura por un tiempo»; o: «Dedico las horas a esquivar libros»; y en otra: «Lo último que me apetece / es leer un libro de poemas». Más adelante, «y me digo que las metáforas / –la poesía, en definitiva– / no hacen justicia». Que duda cabe: nada mejor como apurar el instante y beber de la copa de la noche, antes que leer; sin embargo, curiosamente, la voz no deja de verter ese soplo y estamparlo antes que la memoria logre desvanecerlo. Por eso tacha los propios versos de «escuálidos / pinceles, secos y quebrados», o considere sinónimos a «poema» y «celda».

Llegados al final, todo cuadra en Conspiraciones desde la entropía. Esta desconfianza en el mecanismo poético, fruto del desconsuelo es, pese a lo dicho, una forma de dar presencia a lo ausente. Al fin y al cabo, el recuerdo constituye lo único que puede resguardarnos de la pérdida, y la poesía, entonces, un trazo entre la pérdida y el hallazgo. Es la poesía de Vicente Velasco Montoya de exploración de los interiores, subversiva, aceptando lo cotidiano desde la derrota.

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