Cinco horas sin Mario

Ilustración de Caridad Soto.

Ha entrado mi hijo Juan, el pequeño, y nos ha reñido. La verdad es que estábamos muertas de risa, mi hermana Maru, la prima Dolores y el primo Paco, a Paco se le caían las lágrimas, otra vez a cuenta de la bata de Rafaela, de aquella fiesta… A ti no te hizo nunca gracia, yo creo que porque fuiste tú quien se limpió el culo con la bata, eso es lo que piensa todo el mundo, para que te enteres, que como tú no te reías, pues que fuiste tú, así que te llevas el secreto a la tumba, igual era eso lo que buscabas… Total, que por eso los demás se han ido al patio y me han dejado sola aquí contigo, se lo he pedido yo, que se fueran, que de otro modo no se me iba a pasar la risa. Porque no he llorado, Mario, lo siento, no he llorado. Lloré mucho cuando te pusiste enfermo, pero sin que tú me vieras, lloraba por mí más que por ti, hay que tener mala suerte, me decía, con las necesidades que hemos pasado, tantas fatigas y tanta hambre, y ahora, cuando te dan una paga de jubilado, vas y te mueres, tiene cojones. Lo que yo habré llorado por el dinero del racionamiento, veía cómo guardabas las cartillas, claro que te veía, qué te crees, las guardabas para ti, para tus cosas, para las mujeres, vaya, así las conseguías, las que tú quisieras, tú el hambre no la conociste. En fin. Pero mira por dónde, ahora yo me voy a olvidar del hambre, del hambre y de las humillaciones, de tus vergüenzas, de las vergüenzas mías que tú siempre me has ido trayendo, mejor dicho, y voy a arreglar el patio y la cocina, para tenerlos limpios siempre, para que tú no me los pises, para que no me pises más. Qué valientes Juanito y Alejandra, ellos te han amortajado, son los dos más serios, los que más se parecen a mi padre, ¡ay!, pero valiente hechura de mortaja que te han hecho, pareces Franco, hijo.

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